4 de noviembre de 2017



Mamá tenía un concepto muy extraño sobre la violencia, al menos en lo que concernía a los programas de televisión en los años noventa. Yo era un niño pequeño, que contaba con cinco o seis años a lo mucho, asiduo a ver la programación del canal 5 cuando regresaba de la escuela primaria. 

Mi serie favorita era sin duda Power Rangers*, que hablaba sobre un grupo de adolescentes que defendían al mundo de repugnantes monstruos extraterrestres enviados por una villana con ansias de conquista mundial, combatiendo cuerpo a cuerpo primero, y una vez que las cosas se complicaban, a bordo de un robot gigante.

Para quien no ha visto dicho programa le hago un pequeño resumen: los capítulos apenas se diferenciaban los unos de los otros, repitiendo la fórmula de "llega monstruo-hace destrozos-los héroes se reúnen-combate-monstruo aumenta de tamaño y se hace gigante-héroes a bordo de naves-forman robot gigante-combaten-triunfa el bien". Había espacio, eso sí, para el drama, el romance, el humor, y sobre todas las cosas, para la acción. 

Los combates entre megazord, que era como se llamaba el robot gigante formado por la unión de distintos robots piloteados cada uno por un ranger (el alter ego enmascarado y enfundado en un vistoso traje a cuerpo completo de los adolescentes justicieros), y el monstruo (cada uno de los cuales tenía apariencia y habilidad distintas), eran el cénit del capítulo. 



La ciudad como campo de batalla, el intercambio de golpes, las luces y la pirotecnia producto de los ataques (¿mágicos, tecnológicos?), así como los cambios de planos para ver lo que sucedía a los alrededores, con un tema musical trepidante de fondo, eran motivos que se repetían capítulo tras capítulo, suficientes para conformar un entretenimiento que me mantenía inmóvil frente a la televisión por media hora, cinco días a la semana.

Nada sabía yo de que aquello era un refrito gringo de programas japoneses, en este caso de Ultraman y el género Kaiju, al que pertenecen Godzilla y otros monstruos de proporciones titánicas. Y aunque lo hubiera sabido no hubiera hecho gran diferencia, porque para mí, que no era exigente en cuanto a tramas narrativas y efectos especiales, era grandioso el despliegue multicolor de héroes y villanos que se reanudaba cada día frente a mis ojos al llegar la hora de un nuevo capítulo.

Pero mamá no comprendía que detrás de mi entusiasmo por la lucha de bien y mal de aquel programa había algo burdo, grotesco si se quiere, pero a final de cuentas mera teatralidad inofensiva. 

Por el contario, ella prefería emitir sus juicios en base a lo que ella creía que era todo aquello: violencia gratuita y sin sentido, capaz de transtornar a su primogénito y producirle pesadillas que lo acosarían durante sus tiernos años de infancia. En pocas palabras, se tomaba todo aquello demasiado en serio.

Cuando no se hallaba ocupada por los quehaceres cotidianos (que eran muchos) en el momento que transmitían la serie, y apenas se percataba que yo la veía, mi madre se acercaba a la televisión, y sin decir palabra apagaba el aparato, invitándome con una mirada que no admitía réplica alguna a salir a jugar al patio, o bien quedarme ahí en casa en compañía de mis juguetes... pero sin ver Power Rangers.

Y yo sufría verdaderamente, porque tendría que perderme un nuevo despliegue de fuerza, valor y combate de mis héroes enmascarados, que sentía tan cercanos a mí, aunque no tuviera nada que ver con ellos (yo, secretamente, albergaba deseos de poder ser el líder ranger, al igual que todos los niños de mi edad en ese entonces).

Sobra decir que los Power Rangers eran lo menos belicoso de una barra vespertina de caricaturas y series transmitidas en el canal 5, pero eso mi madre no lo sabía, ni estaba dispuesta a escuchar explicaciones de un niño pequeño, de sentarse a observar detenidamente toda la programación, hacer una comparativa y sopesar qué de todo era conveniente y qué no. 

Porque ¿qué porcentaje de madres está dispuesta a permanecer por su propia voluntad viendo caricaturas y series para niños al menos por media hora diaria en televisión? Máxime cuando, como ya he dicho, apenas si se daba abasto con los quehaceres hogareños.

Fue hasta que, años después, cuando los canones de mamá se habían vuelto más flexibles, y quizá porque su hijo había crecido lo suficiente como para dejar de creer en monstruos o fantasmas, de tener tantas pesadillas por las noches y, sobre todo, de sentirse menos solitario por tener una hermanita, volví a sentir el mismo delirio por un programa televisivo, ahora sí con la anuencia materna. Se trataba de Dragon Ball Z, una serie animada que se tramitía diariamente a las ocho de la noche, también por el canal 5.

Otra vez se trataba de una historia surgida del país del sol naciente, aunque ahora sin intermediarios gringos que suavizaran los pormenores del combate, pues en este caso sí había sangre y muertes incluidas (en Power Rangers, cuando un monstruo era vencido, simplemente explotaba, sin dejar rastro alguno que delatara la violencia de dicho acto), con la violencia gratuita ocupando un espacio predominante en la trama y dejando mucho menos espacio para el humor, romance o cualquier otra cosa que no fuera pelear. 

Y estas notorias diferencias, que hubieran horrorizado todavía más que con Power Rangers a mi mamá cuando yo tenía cinco años, ¿eran de su total conocimiento? Yo creo que no. Para mi fortuna, quizás ahora sucedía el caso contrario en su modo de actuar. ¿Qué lo produjo? No lo sé. Lo que no había cambiado era la manera en que esa nueva serie capturaba diariamente mi atención, llenando mis días de emoción y entretenimiento.

Pero la del alienígena con cola de mono que defiende a su planeta adoptivo de criaturas despiadadas utilizando técnicas grandilocuentes basadas levemente en las artes marciales, es una historia que merece tener su relato aparte.


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* Me refiero aquí a Mighty Morphin Power Rangers (1993-1995), serie de la que se sucederían nuevas versiones que nunca alcanzaron el impacto mediático que la primera produjo entre el público televisivo.

21 de octubre de 2017


Me cuenta una serie de cosas en las que apenas si pongo atención, porque yo lo que quiero es llegar a casa, meterme a la cama y masturbarme pensando en sus senos, ese par de promontorios que hacen las delicias de mis más profundos deseos. Pero, ¡ay!, soy un adolescente poco atractivo, con mi corte de cabello escolar, rostro grasoso y baja autoestima. Si hoy salimos al cine fue porque ella me buscó, quizá por nostalgia del compañero de clase conocido en la primaria, confidente por mucho tiempo de sus vivencias cotidianas. Y me martilla el pensamiento de que yo no soy el intrépido muchacho que se atrevería a robarle un beso, a tomarla de la mano mientras diga cumplidos simples como qué bonita te ves hoy, me gusta mucho salir contigo, ¿nunca te he dicho que eres la niña más linda que conozco? Por el contrario, no sé qué hacer ni qué decir, percatado de que ella me percibe como lo que realmente soy: el tímido adolescente con un absurdo bigote, que no sabe vestirse bien; un "niñito de mamá", en pocas palabras. Si supiera que por las noches, encerrado en mi habitación me convierto en hombre, con las paredes como mudos testigos de mi ascensión; arropado por mis ensoñaciones, mi nave dirigida por el enhiesto mástil que surca las aguas de la hombría; insignias todas como viva muestra de que soy alguien distinto al que ahora aparece  ante ella: este yo tan niño, flacucho y de voz aflautada que no sabe dónde esconder la cara. Ella está tan segura, porque es bellísima. A pesar de que sus cejas, mejillas y labios danzan continuamente, lo hacen siguiendo un patrón, como una armonía que la naturaleza fijó sabiamente para que admiráramos el género humano. Y yo me siento afortunado de tener ese espectáculo frente a mí, redondeado por su cabello-hierba fresca cayendo sobre sus hombros, la blusa como el firmamento en que me gustaría unir constelaciones utilizando las yemas de los dedos, piernas que son las columnas de Hércules, más allá de las cuales se encuentra lo desconocido. Pasamos varias calles a bordo del camión. Ni siquiera tenemos asiento. Mejor así. Me gusta alternar entre su imagen y la de la tarde cayendo frente a nosotros, deslizada por las ventanas, con esas luces artificiales de la calle en tránsito continuo. "Fugacidad, ella escapa de ti", me digo.

25 de agosto de 2016

El reloj de Horacio





Todavía se escucha, todas las mañanas, la alarma del despertador en la habitación de al lado. Elisa me dijo que esto era absurdo, pero yo insistí en que era como un homenaje. Más allá de mi voz burlona, se encuentra cierta nostalgia por las lejanas noches en que Horacio, sin levantarse de la cama, estiraba el brazo en dirección a su buró para tomar el reloj y girar el mecanismo con el cual se programaba la alarma. Siempre puntual, a las cinco de la mañana, oíamos el estallido atroz que marcaba el límite definitivo entre el sueño y la vigilia de todos los habitantes de la casa. Y era otra vez las imprecaciones de Elisa y Santiago, incorporados en el pasillo, dispuestos a arrojarle el endiablado reloj a su dueño, ridículos en sus pijamas celestes, dispuestos a regresar e intentar reanudar el sueño aunque fuera sólo unas pocas horas más, porque aquello era sencillamente imposible. Yo toleraba esta práctica innecesaria porque disfrutaba de ese rasgo tan tradicional que fracturaba la noche, como si fuéramos capaces de recuperar un poco de ese pasado trágico encarnado en amenazas nucleares, de simulacros expeditivamente realizados por todos nuestros padres, que hubieran sido capaces de salir con lo puesto con tal de salvar a su familia ante el estado de incertidumbre perpetua a causa de la bomba de neutrones y el hongo atómico. Y era mejor todavía, porque con esta cháchara Horacio se reía del progreso, ironizando el fin de la guerra y la firma del tratado de armisticio. 

En un principio aceptamos su solicitud de alquiler porque provenía de una familia acomodada, y el pago de su renta llegaba siempre a tiempo. Luego, algunos compañeros como Leticia y yo, comenzamos a apreciarlo verdaderamente por su incisiva inteligencia, cualidad que tanto escaseaba últimamente en los cafés del centro y que era las delicias de nuestras aburridas vidas, lumbrera alrededor de la cual desfilaban lo mismo discusiones de política que los comentarios de un disco de rock recién lanzado al mercado. Porque a diferencia de la mayoría de nosotros, Horacio era un hombre de ideas, que no sólo abastecía de propósitos a sus compañeros de piso, sino que también se erguía como faro de poderosas influencias que irradiaba a los inquilinos de otros departamentos universitarios, ya fuera en calidad de interlocutores o simplemente espectadores de sus tertulias, los cuales estaban igualmente ávidos de emociones, receptivos ante cada una de sus palabras. 

El reloj de Horacio y su espantosa alarma, capaz de despertar a todo el edificio, eran el símbolo de una marea cotidiana que subyacía bajo las camas bien tendidas de nuestra sociedad, que no iba a desvanecerse simplemente porque un grupo de hombres en levita hubieran inaugurado la era de las instituciones una generación atrás, sino que se alistaba para irrumpir y darles por donde menos se lo esperaban: poniendo en cuestión las benditas costumbres hogareñas por parte de sus hijos pródigos, todos ellos comandados por un desgarbado general de lentes y melena castaña, lector de poetas malditos y teóricos que alimentaban su profética sapiencia en el exilio. Así era en el interior 3-C, de lunes a viernes, cuando Horacio se erigía de golpe en su cama para los ejercicios gimnásticos de rigor, el café barato y el morral de piel. Las reverberaciones del reloj, apagado definitivamente por Santiago después de unos minutos en una segunda expedición punitiva, se continuaban aún en la partida de Horacio, en forma de sus pasos sordos por las escaleras, para luego perderse en la calle entre rumores de camiones recolectores y la oscuridad insondable de la madrugada. 

Yo me deleitaba imaginado secretamente que aquel muchacho salía a conspirar, como parte de un grupo de avanzada integrado por colegas de huesos valerosos y voces vibrantes que nunca conoceríamos, habitantes de inhóspitas buhardillas, poseedores de idénticos relojes clamorosos; y que así una de esas veces todos despertaríamos definitivamente con el sonido de una alarma más estentórea que anunciaría el estallido de una revuelta, dirigida (por quién si no) por aquel rostro cetrino cuyos ojos parecían brillar sin descanso. Pero me había equivocado. Horacio pronto perdió interés en las perspectivas subversivas de esta universidad pública, y apenas hubo terminado la ayudantía de profesor en el seminario de crítica social y económica, abandonó la ciudad sin siquiera pedirnos que continuáramos su tarea inconclusa. De todas formas, ¿cuál habría sido dicha misión? Nadie sabía, aún cuando derrotados en la languidez de nuestras tardes de café posteriores a su partida, todos nos mirábamos a la cara para preguntarnos por la chispa repentinamente apagada y la posibilidad de su resurrección. ¿Dónde encontrarnos más vivos? Quizás haya sido como tentativa de respuesta ante tan apremiante cuestión por lo cual decidí no sólo conservar el reloj olvidado por Horacio, sino continuar la tradición de su molesta chicharra. Tengo fe en que pronto averiguaremos el motivo por el cual despertamos tan temprano, y acto seguido ya estaremos, al igual que nuestro antiguo camarada, enfilados a la calle como almas que lleva el diablo, irrumpiendo con nuestros pasos por las escaleras bajo el influjo de una madrugada delirante que nos llama en una forma tan misteriosa como acuciante.




12 de julio de 2016

Melanoma





Siento cómo crece en mí con lentitud de gusano. Pasa por dentro y me deja la sensación de resequedad, de la cabeza a los pies. Creí que debía esperar a ser un anciano para hallarme convertido en ciruela pasa, pero el intempestivo acontecimiento de hace un par de meses cambió el rumbo de mi vida para mal. 
     Previniendo el temporal fui a la farmacia y compré muchos productos de empaques relucientes; vencí mi miedo a las empleadas de mostrador y expliqué síntomas, que de tan detallados me dieron fama de enfermo, y en un abrir y cerrar de ojos me vi apapachado por dos mujeres, quienes contaron su historia lentamente, para que pudiera percibir la importancia de la tranquilidad en el desastre. Pero yo no quería catarsis y las dejé en plena anécdota, arrebatando con presteza la bolsa de compras. Afuera el sol se complacía en una vanidosa contemplación de automóviles formados en hileras, destinando para mí sólo el saludo ultravioleta que yo no escuché (tan concentrado iba en mi línea de pensamientos). 
     Al llegar a casa Malena me dijo “Estábamos a punto de salir a buscarte. Pensamos que te había pasado algo”, y abrazándome con fuerza, sin esperar a que dejara las compras en el suelo, se soltó a llorar. Nadie me ha dicho todavía que mis palabras y actos están minando mi vida, que debo callarme y quedarme quieto. Sentir el bicho rastrero apagando las conexiones que he formado por años bajo mi piel; fijar la mirada en el espanta espíritus de la alcoba: son actividades más apropiadas para alguien que se está perdiendo a sí mismo. Y lo irónico de todo es que vienen a verme de día y de noche, abrazándome, estrechando sus manos sudorosas, desarrollando un tópico trivial que disfrace el dolor una media hora, por lo menos. Hacen de este rostro ojeroso y pálido un centro gravitatorio que atrae conversaciones, recuerdos, temores, sin pretender alejarse de manera definitiva. Vuelven con asiduidad; algo me dice que también buscan la comprobación, como si en el fondo supieran que esto es mentira, que solamente estoy abandonado a la soledad y pretexto que me estoy muriendo. Quieren que el gusano salte sobre sus piernas y penetre por sus poros; adquirir los filtros sepia con los cuales contemplar futuros tristes para así poder comprobar que no hay nada que hacer. 
     De quienes me rodean sólo a mi sobrina intento tomarle la mano con delicadeza, arriesgando una pregunta impertinente ante mi estado. Sus padres la han traído dormida todo el camino, porque salieron de casa muy de mañana. Encamorrada, se talla los ojos y abraza la muñeca mullida. Luego dirige un gruñido al espectro que le chulea su vestidito. La mamá lo arruina todo, pues a continuación fuerza más la imposible cuadratura del círculo y exige a su hija un agradecimiento por el cumplido, pero la pequeña Sara sólo se retrae más y me arroja una mirada fulminante. Comprendo su enojo, y agradezco ese gesto como ningún otro de cualquiera de mis semejantes durante la última semana. Su espontánea reacción es el fulgor de vida que me quiero devorar rápidamente, por ser el primero recibido en mucho tiempo, para ver si la garganta, ese conducto endurecido de tanto pasar saliva, se me deshace finalmente y deja paso al hueco insondable que quiero sea mi cuerpo. Los brazos de mi hermana y su esposo pescan de la mano a la niña envalentonada; se la llevan con prontitud de puertas que se abren y reproches acallados, hasta desaparecer en la claridad del jardín. Mientras, aquí dentro uno de mis hijos se instala a mi lado para tomar la estafeta de la convivencia, y cortesmente extiende sobre la mesa de centro el enésimo álbum plagado de fotografías en cuya contemplación mi esposa, hijos, nueras y amigos se deleitan. Me gustaría que aquí, rodeado de risas glaciales y ensayadas comodidades, pudiera apagarme de una vez para siempre. Ser un melanoma indistinguible en la penumbra.




28 de junio de 2016

Lot





Lo que le causaba asombro de la existencia no era tanto el que la suya particular fuera a terminar algún día, en el futuro, sino que en el preciso momento en que él estaba ahí leyendo a Demóstenes, ya habían transcurrido miles de años de civilizaciones, y en ellos millones de seres humanos habían desesperado, deseado, sentido y pensado. Era el terror del “demasiado tarde para empezar a vivir”, como si el flujo del tiempo avanzara a empellones, arrastrando consigo la sangre de otros que igual a él no habían hecho otra cosa que vivir, disponiendo de lo que tenían frente a sí, de un pedazo muy particular de mundo y acontecimientos. Y él podía percibir eso, por más que hubiera querido desentenderse. Le tocaría deshacerse contra la tierra poco a poco, reviviendo en su carne el drama mudo de la existencia humana, que no podía cuantificarse ni compararse de ningún modo. Era su turno, pero también era un poco ya todos los fracasos inevitables de generaciones anteriores, de las cuales no quedaba ni siquiera polvo. Vivía, pero sólo hasta cierto punto. Del otro lado del espectro él ya estaba condenado, incluso antes de haber nacido. La historia siempre lo pulverizaría cuando tratara de asomar la cabeza para cerciorarse de la magnitud de la corriente que lo arrastraba, de si ésta tenía fondo o alguna orilla donde poder reposar y encontrar verdades esenciales. Y era tanto como negarlo, imaginar que todavía estaba sucediendo el juicio a Sócrates; que un campesino se levantaba con el primer destello de una mañana radiante de Thermidor; o que cierta familia contaba historias del origen del mundo alrededor del fuego, una noche interminable en el desierto del Sahara. Bastaba también con cerrar los ojos para remontarse y desmontarlo todo, instante por instante. Sentir nuevamente la cualidad de liviana que puede tener la vida, sin tener que acumularse en inconmensurables piletas metafísicas. Quizás era por eso que soñaba, para desahogar un poco su angustia y elegir la otra perspectiva, esa que al contacto con los objetos deja un momentáneo sabor a sal en la piel, permisiva para proseguir con la seguridad de no quedar convertido por completo en estatua cada vez que quisiera volverse para mirar y desandar el camino.




15 de junio de 2016

A.





Los barrios estelares de la ciudad de México acaparan la portada imaginaria de ese folletín turístico que los chilangos nos hemos formado a base de experiencias dominicales a lo largo de nuestras vidas. Histéricas por el inmenso caudal de visitantes que reciben cotidianamente, las edificaciones del Centro Histórico escupen sus amargas siluetas sobre las calles, aumentando considerablemente su altura y magnificencia. Pero ya nada parece sorprendernos. Ha desaparecido el asombro ante el oropel del Palacio de Correos; la sensación de vértigo de la Torre Latinoamericana; incluso la placidez de la Plaza de la Constitución (cuando no está ocupada por algún evento multitudinario) se vuelve rutinaria extensión  que no vale la pena recorrer en su totalidad. Y lo mismo podríamos decir si agotamos las excursiones al Jardín Hidalgo de Coyoacán;  los canales de Xochimilco a bordo de sus trajineras o la peregrinación sin devoción a la Basílica de Guadalupe y al cerro del Tepeyac. 

Recordamos entonces que la ciudad es más ancha, integrada por cientos de barrios anónimos que sólo conocen quienes los habitan de continuo. Ante dicha revelación, surge en algunos el espíritu de la aventura, la emoción irrefrenable por internarse por avenidas de nombres poco mencionados en los noticieros televisivos, una cierta disposición a encontrar atracciones modestas, de brillo minúsculo, casi fugaz, pero capaces de alimentar nuevamente la dicha por vivir en la megalópolis cuyos orígenes se remontan a un pequeño islote sobre el lago salobre. 

Entonces esos intrépidos se lanzan a las colonias de la periferia, que no por carecer de ruinas precolombinas o catedrales de piedra tienen una menor edad de ser erigidas. Poco frecuente es pensar que la toponimia de ciertas localidades antecede en edad a la urbe nombrada en honor a Tenoch, como si la historia de una ciudad pudiera escribirse sólo a partir de la fundación de un imperio, olvidando que así como la nación mexicana se integra de gran variedad de pueblos y culturas así también la ciudad capital se ha compuesto por la asimilación de numerosas localidades a través de los siglos, integrándolas a su jurisdicción (que no su identidad o la historia común de sus pobladores). Están, por nombrar algunas de ellas, los pueblos de Tacubaya, Tacuba, Santa Isabel Tola, de Culhuacán o la Magdalena Mixhiuca. Poco queda en pie en cuanto testimonio visual y plástico de sus orígenes, mismos que se hallan recogidos por sus respectivos cronistas, transmisores orales casi anónimos cuyas historias son pasadas de generación en generación, ardua tarea de sostener pequeños cuadrantes que unidos integran el imposible imaginario de la ciudad. 

Asistimos, casi siempre (si es que vamos ahí como curiosos en busca de lo exótico) "desde fuera", a la resistencia que cada uno de esos pueblos denominados “originarios” emprende frente a la voraz urbanización de espacios comerciales y construcción de condominios que amenazan con destruir sus pocos focos de unión comunitaria, al no contar con patronatos o fideicomisos que preserven las áreas comunes donde celebrar las costumbres y tradiciones que dan sentido de identidad a sus habitantes. Alguna vez comunidades a las afueras de la ciudad, con sus propios rasgos culturales, son hoy una denominación administrativa más, equiparable con la de colonias que surgieron hace apenas veinte o treinta años. Los automóviles y los peatones pasan de ellas camino a sus ocupaciones cotidianas, desconocedores de que la ciudad estaría un poco menos sin ellos, sin su plaza pública donde antes se celebraban las verbenas populares o se desarrolló un hecho de especial importancia para los destinos del país, una batalla o la casa donde vivió un personaje notable de la historia de México, etc. 

Y a partir de esta pequeña precisión que casi siempre pasamos por alto (porque incluso rescatarla del olvido y ponerla en práctica sólo en nombre del turismo es lo mismo que ignorarla), es que podemos llegar a enfoques mucho más relevantes para nuestra concepción cotidiana de la realidad social. Hemos contribuido, con este tipo de apreciaciones fáciles, a que la ciudad se vuelva uniforme, continuo trazado de calles y edificios donde rondan las estúpidas proclamas del progreso huero, una de ellas la de “no importa los diversos rasgos que formaron nuestra herencia histórica, cultural y social, pues lo único que importa es el futuro común hacia el que nos dirigimos cada uno de nosotros”. Desde el discurso agresivo del poder político de una oligarquía la diferencia se percibe como una amenaza a una supuesta estabilidad socio-económica. Lo ideal sería, para ese régimen fascista, que llegue un momento donde nadie recuerde de donde ha venido, para que tampoco le importe donde se encuentra ni hacia donde se dirige.



30 de mayo de 2016

1.




Considerar a la ingenuidad como algo con una finalidad es mero desperdicio. Debe conservar su fondo de pureza inútil, resplandeciente entre el embrollo de contenidos psíquicos que nos conforman hasta el hartazgo. A veces, incluso, no debemos ni siquiera advertir que existe. Saltará cuando, por ejemplo, ante la confidencia ambigua que nos hace un compañero de trabajo, nosotros desconozcamos verdaderamente el fin que persigue con ese acto: si hace mención a una intención clara que sólo entenderá un interlocutor situado plenamente en el contexto o si simplemente se trata de una anécdota que busca contribuir a llenar un espacio de tiempo preciso de cierta conversación trivial. La manifestación de un rostro desprovisto de ideas que tendremos como reacción ante aquellas palabras, nos devolverá a una primigenia cualidad del lenguaje: la de posibilidad infinita. Quitamos los prejuicios y las convicciones personales, que están dadas por nuestras relaciones sociales y afectan el modo en el cual dictamos juicios de valor. Remontamos por el cauce de enlaces para acudir a ese no-lugar donde el lenguaje surge diáfano y cargado de potencias. Sí, sólo se trata de un instante, y puede que regresemos nuevamente de él como si cualquier cosa. Pero el plano propio (por excelencia) de la filosofía, ese curioso pensar sobre el pensar, de la pregunta por el por qué, viene dado por una huida del pueril escenario, donde "he aprendido que el mundo es así, y no puedo cambiarlo", representado hasta en los más mínimos gestos de mi mano cuando sólo creo que estoy alejando una mosca que pasa por mi lugar. No se trata de una abulia del pensamiento, de un estado catatónico ni espiritual. Es sentir plenamente la maraña que nos conforma pero desde otra perspectiva, bocanada de aire fresco capaz de resignificar la trama de la realidad; conciencia de que ante nuestros ojos los trucos, atajos, frustraciones ideológicas de nuestra educación y del inconsciente biológico que nos precede no constriñen nuestra capacidad de crear nuevas alternativas. Si habría que situar en algún espacio a la ingenuidad, sería uno fuera del enajenante molde que utilizamos de manera cotidiana: la búsqueda de útiles, de cosas "x" que nos permitan llegar a "y". Por el contrario, sería una especie de interregno, suspendido entre la causalidad y la intencionalidad, impasse en el que el pensamiento se resiste a ser tratado como mero instrumento y puede mirarse a sí mismo recuperando su capacidad de asombrarse ante lo nuevo.



20 de mayo de 2016

Los últimos días del sitio de Tenochtitlan




Ms. Anónimo de Tlatelolco


Y todo esto pasó con nosotros.
Nosotros lo vimos,
nosotros lo admiramos.
Con esta lamentosa y triste suerte
nos vimos angustiados.

En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.

Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas,
y cuando las bebimos,
es como si bebiéramos agua de salitre.

Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
Con los escudos fue su resguardo, pero
ni con escudos puede ser sostenida su soledad.

Hemos comido palos de colorín,
hemos masticado grama salitrosa,
piedras de adobe, lagartijas,
ratones, tierra en polvo, gusanos . . .

Comimos la carne apenas,
sobre el fuego estaba puesta.
Cuando estaba cocida la carne,
de allí la arrebataban,
en el fuego mismo, la comían.

Se nos puso precio.
Precio del joven, del sacerdote,
del niño y de la doncella.

Basta: de un pobre era el precio
sólo dos puñados de maíz,
sólo diez tortas de mosco;
sólo era nuestro precio veinte tortas de grama salitrosa.

Oro, jades, mantas ricas,
plumajes de quetzal,
todo eso que es precioso,
en nada fue estimado . . .


En Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista, introducción, selección y notas de Miguel León-Portillatraducción de textos nahuas por Ángel Ma. Garibay K.



7 de mayo de 2016

El amor no se dice



María Luisa Puga


Los ojos abiertos, redondos de abiertos y todo a la mano. Nariz, frente, boca, tan cerca, tan tuya, tan tú que yo me perdía, me sumía, me negaba a mí misma y no era una entrega. Es absurda la entrega. Es unión, es fusión, es vivir sin mentira ni frases amables, corteses o dulces. O dulces. El amor no se dice. Se hace. Y la cara refleja la vida que sientes y duele y alivia y roza, acaricia o quema o asusta o deslumbra o se apaga, despierta, te acerca, te lleva, te toca, te ocupa y te mueres, al fin, se te muere la idea que tanto querías y creías que eras tú. Y pensar que luego se enciende un cigarrillo. 


 En Las posibilidades del odio (novela).
 

31 de enero de 2016

El sufrimiento



José Revueltas


El mundo puede ser inconmensurable; pueden existir países y montañas y ríos y ciudadanos.  Pero el sufrimiento humano, aún el más grande, el sufrimiento que no tenga medida, puede caber en sólo un pedacito de la tierra, en un pedacito pequeño, donde quepan un pie o una mirada.


en La conjetura.