26 de febrero de 2010

Último intento


Un día cualquiera de mi adolescencia me enamoré de torpes ideales del tipo de los que no se desbaratan con la lluvia. Finalmente, después de muchos años, he terminado por aborrecerlos. Y así también, un día cualquiera, emprendí la tarea de deshacerme de ellos. Por desgracia hasta ahora no lo he conseguido. Las tentativas han sido numerosas: Los he sacado a pasear, a calles húmedas, en horas nocturnas, intentando perderlos entre la confusión de la gente que avanza de un lado a otro sobre las aceras. Allí los abandono, a su suerte, pero no sé cómo todavía… siempre terminan encontrando el camino de regreso a mi habitación. 

Entonces elaboro torpes excusas; para hacer que se vayan les hablo de calamidades, de pesadillas fantásticas, de tragedias mitológicas. Incluso he apelado a mi locura, lo cual no es del todo una mentira. Cuando menos me doy cuenta me encuentro en escenas siempre parecidas: todavía despierto al amanecer, en vela desde altas horas de la noche. La garganta reseca de tanto hablar con ellos, de tanto discutir, de tanto susurrarles mis historias. Pero nada.

Ya estoy harto de ellos. Quisiera poder ahogarlos en piletas de agua inconmensurables, verlos hundirse poco a poco, hasta perderse en las tinieblas abismales. Desafortunadamente tal empresa sólo es posible realizarla en el terreno de los sueños.                                                 También he pensado, a la inversa, poder dejarlos a su suerte en un desierto infernal e inhóspito para que se mueran de sed, de hambre. Calcinados por el agobiante sol del mediodía, carroña de buitres e insectos, únicos moradores de aquellos parajes. Esta de más decir que esta empresa también resulta infructuosa.

Y así fantaseo con el día final de mis ideales de los cuales tuve la fatalidad de enamorarme, sin poder darles muerte o siquiera perderlos de vista. Borro una y otra vez mis huellas sobre el asfalto, tanto así que hasta me he acostumbrado a caminar del revés. Por miedo de encontrarlas en todas partes es que me he alejado del mundo. Evito las amistades, mis parejas formales y las informales. Ya no habito los cafés, las librerías de viejo ni las tertulias literarias. Los parques dominicales, las estaciones de autobuses… todo: seres humanos y lugares se han convertido en escenografías y maniquíes de cartón que he dejado arrumbados en el recuerdo de mi antigua vida cotidiana.

Pero tampoco el volverme un pinche ermitaño ha dado resultado. Cansado de seguir así, durmiendo, despertando, respirando, comiendo codo a codo con esos estúpidos ideales, he decidido probar un último intento, sin duda alguna desesperado. Ya nada importa, he perdido toda esperanza en una pronta cura. Damas y caballeros, ruego a ustedes que no intenten en casa lo que están por leer a continuación. Si tienen hijos pequeños o padecen alguna enfermedad del corazón, les pido los alejen de esta sala.

El siguiente acto que van a presenciar es sin duda alguna verídico. Me arrojaré a la siguiente hoja en blanco de mi diario. Acto seguido, me prenderé fuego. Tengo fe en que una vez que desaparezca en cuerpo y alma de este mundo, ellos no tendrán ya razón de ser. Se irán conmigo.   Mis últimas palabras las reservo para otras vidas, que sin duda alguna serán más prometedoras que esta que a punto estoy de terminar. Hasta luego. 

Música, maestro…

21 de febrero de 2010

Sobrevivir

Mi rostro pegado contra la ventana del metrobús. Yo dormido. Afuera la ciudad que regresa a la normalidad, después de una semana terrible de caos, de furia. Omito los sonidos de fuera. Esta vez sólo escucharé mis pensamientos.

 No tardo en encausar mis divagos. Los temas salen tarde o temprano, sólo es cuestión de esperar. Esperar a que una semilla crezca más rápido que las otras, a un ritmo casi siempre veloz. Listo, ya tengo una raíz, ahora hay que hacer que el tallo crezca. 

 Se asoma por la superficie, decido seguir adelante. Se me ocurre que todos estamos sobreviviendo, mentalmente, físicamente. Sobrevivimos a todo cuanto existe, llámese crisis o maremoto. La cuestión es sobrevivir. Ya lo demás es una cuestión extra. 

 Cada quien decide qué hacer con ese extra. Algunos andamos siempre allá arriba, asomados desde la azotea en una casi perpetua reflexión hacia todo lo que se mueve abajo, en la superficie. Otros se contentan en recorrer las calles y avenidas que pueblan el universo. Eso está bien, de alguna forma todos hacemos ambas cosas. 

 Cuando se tiene asegurado el siguiente minuto se decide en que gastarlo. El problema es precisamente el aseguramiento continuo de ese lapso. De nada valen las escoltas o los poderosos remedios farmacológicos, los amuletos sagrados o las plegarias continuas hacia distintas deidades.

 Pisamos a cada momento terrenos pantanosos, la premisa es divisar bajo nuestros pies la siguiente piedrecilla que nos permita seguir adelante. Sabemos, por otro lado, que algún día ya no habrá más tierra firme en donde pisar. Ese día será el que, dicen muchos, tendremos que echar examen hacia atrás para ver que tal anduvimos. 

 Juzgar, inspeccionar. ¿Acaso importa? Para muchos si, por ello se asegurar de pisar con cuidado, de sobrevivir de manera elegante y honrosa cada jornada. No importa procurarse el pan solamente, importa el cómo procurárnoslo. 

 Para otros la cuestión es más difícil. Dicen otros más, y dicen no sin cierta mirada profética, que conforme pasa el tiempo a nuestra civilización le va importando menos el cómo que el hecho mismo. Después de todo esta es una guerra perpetua contra el universo, en la que estamos muchas ocasiones en franca desventaja. 

 Suelo recordar, relacionado con esto último, aquella vieja historia en la que se les va obsequiando a cada animal un don que le permita sobrevivir  en su andadura por el mundo. Dudo si el nuestro fue uno bueno o si no hubo trampa al momento de la repartición.

 La humilde garra del felino, la agilidad de la liebre, la coraza del armadillo, el veneno del reptil…  ¿qué nos hubiera convenido más? ¿Darnos la caballeresca desventaja frente a los otros animales del globo terráqueo? O dicho de otra forma, ¿qué le convendría más a este planeta? ¿Darnos las blancas o jugar primero ante el homínido destructor?

 Cuestión de apreciaciones. La polémica persiste, ya que mientras para unos somos el centro de todo cuanto existe, cuyo destino y bienestar está más que asegurado en el horizonte del progreso humano; para otros estamos como insomnes, aguardando caer de un momento a otro en la pesadilla, igual que cualquier otra especie.

Despierto en mi asiento, dentro del metrobús. Afuera los autos y edificios me dan la bienvenida con sus rumores vespertinos. Dentro de unos momentos me lanzaré con ellos en una épica cuyo propósito es el de ocupar un espacio, no importa si pequeño o grande. Ya sea de manera activa o intelectiva hay que empezar. Suficiente, es hora de la supervivencia…

10 de febrero de 2010

Animales de los espejos


En algún tomo de las Cartas edificantes y curiosas que aparecieron en París en la primera mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la Compañía de Jesús, proyectó un examen de las ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el Pez era un ser fugitivo y resplandeciente que nadie había tocado, pero que muchos pretendían haber visto en el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el trabajo iniciado por su pluma quedó inconcluso; ciento cincuenta años después, Herbert Allen Giles tomó la tarea interrumpida.

Según Giles, la creencia del Pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la época legendaria del Emperador Amarillo.

En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y se salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.

El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.

En el Yunnan no se habla del Pez sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas.


Jorge Luis Borges, Manual de Zoología Fantástica.

28 de enero de 2010

Real de Catorce


No comprendía del todo sus canciones cuando comencé a escucharlos al ser todavía  un niño, pero el caso es que las oía constantemente. Porque al grupo Real de Catorce, referente del blues por más de 15 años en México, lo conozco desde niño. Si, desde niño, porque mi tío y mi madre lo escuchaban desde que yo era pequeño. Les hablo de principios de los 90's, hace ya 20 años. De ahí pa'l real, crecí escuchando a Real de Catorce.

Fue años después cuando comencé a definir mis gustos musicales, al principio de la adolescencia, que no dudé ni un momento en escoger, por mi propia voluntad, a Real de Catorce como uno de mis grupos predilectos. Las  razones son las mismas por las cuales sus fanáticos escogen a Real de Catorce como parte fundamental de sus vidas: la personalidad musical tan fuerte que emana del vocalista, José Cruz en cada canción. La combinación elegante, potente de sus letras y de su música. Mi tío y mi madre solo me ayudaron a conocerlo.  

Si hablar de una buena banda de rock en México es difícil, imagínense si hablamos de una buena banda de blues en México... La trayectoria de Real de Catorce es legendaria. Discretos y sin hacer tanto ruido, sus integrantes se erigieron como, ya lo decía, un referente de la música en México. Comenzaron un camino que no existía, allá a finales de los 80's, cuando no había bandas de blues en nuestro país. 

Canciones suyas emblemáticas, la legendaria Azul de su primer disco, Real de Catorce: "Azul, azul. /Y en sus ojos refleja un hilillo de luz, /su vestido perlado de noche, /el cigarro encendido en un beso carnal, /una copa de vino, /una lágrima rota que rueda al final." O que tal La Medicina: "Consígueme esa medicina /que me ayude a vivir, /tengo las manos más frías /que la cruel soledad." Por solo nombrar fragementos de algunas canciones poderosas de su brillante carrera.

Letras que nos hablan de la soledad, de amores que nacen en tabernas lúgubres y que se transforman en poesía apenas los arrebata el tiempo de nosotros. De placeres y dolores, de anhelos y amigos muertos. Todo acompañado con blues que prende y apaga según sea lo que quiera transmitirnos. Por que eso sí, la música de Real de Catorce nos transmite, no nos deja en paz. Nos sigue a donde quiera que vayamos. 

Es también la música del derrotado, del paria, del inadaptado que se reconforta al fuego de un amor momentáneo, que no tiene nada más que su voz, una armónica, un bajo o una guitarra para exorcizar sus demonios. "tu ardiendo en un beso de ginebra/ tendida en el anochecer / horas nuevas, frases incendiadas por algo más que la pasión... /viendo amanecer, oyendo el mismo blues /antigua soledad de bares /y sin emabargo estoy /hiriéndome la voz con finas notas cual puñales /eras tú o era el mal de tenerte en mí /en el fuego del amor se quemó mi porvenir" (Beso de Ginebra, en Contraley)

Para nada es melodramático o cursi una canción de Real de Catorce. El blues es así, es alegre, reconfortante a la vez que triste. El blues es como la vida, con sus altas y sus bajas. Eso si, combinado con una maestría que sólo pocos pueden tener. Real de Catorce por fortuna, lo tenía, de sobra. A través de letras que no le piden nada a la poesía, porque en si sus canciones ya lo son. Y la música, ese blues sublime que también es poesía, poesía musical y poesía hablada se funden en misticismos únicos. 

Tuve la fortuna de asistir hace algunos años a muchos de sus conciertos que celebraban cada aniversario del grupo en el Teatro Mteropolitan, conciertos que se llenaban de conocedores de la buena música. Por desgracia Real de Catorce se desintegró hace un par de años, por pleitos entre los integrantes de la banda y su líder José Cruz, separación que coincide con la esclerosis múltiple, que por desgracia contrae este último. 

Se cerró así una etapa grandiosa en las vidas de muchos de nosotros. Porque a los que tuvimos la suerte de escuchar tocar a Real de Catorce en vivo nos cambio la vida. Experiencias que no se comparan con otras, creánme. O no, mejor no me crean. Escuchen a Real de Catorce y, como les he dicho siempre que les recomiendo una banda, juzguen por sí mismos. 

Mañana, José Cruz da comienzo a su carrera como solista, presentando su disco "Lecciones de Vida" ante un nutrido número de incondicionales que se daran cita en el Teatro Metropolitan para revivir antiguas glorias, haciendo a un lado los problemas de salud que esta enfermedad le ha provocado, y que gracias al apoyo de sus fieles seguidores ha podido sobrellevar. Mañaña José Cruz retoma su poesía, su harmonica y su guitarra para deleite del buen blues. Se abre una nueva etapa en la breve pero intensa historia del blues mexicano.



27 de enero de 2010

Perdido


Estoy perdido en este laberinto de calles cuyo nombre desconozco. El tiempo apremia: si no llego antes de las tres a tu casa, siento que te perderé para siempre. Me dan varias indicaciones los tenderos, los vecinos, los trabajadores de los pocos negocios que se hallan abiertos el día de hoy.

No sirve de nada. Todo se contradice, se superpone e incluso se repite sin ser verdad. Pareciera una de esas pesadillas tuyas, que me contabas con voz pasmosa, aquellas noches cuando dormías en mi casa pero te despertabas de improviso en la madrugada, sudando y gritando a un lado mío.

 Luego volviste a tu vieja residencia, esta que ahora no encuentro. Lo hiciste, según recuerdo, para no perderla. Y esos trámites burocráticos, esas frustraciones tuyas largamente vividas que no quiero recordar las tuviste en estos últimos meses. Al fin me anunciaste, que contra viento y marea, habías divisado tierra firme. “La casa ya es mía, puedes venir a verme”.

Y yo me emocioné, pensando en dormir en tu casa, coronando así largos sufrimientos mutuos. El tuyo tan directo, auténtico. El mío causa del tuyo, por lo tanto interpretado. Pensé en amanecer en tu habitación, que según me constaste era muy pequeña pero cuya luz que entraba por la ventana era suficiente para justificar nuestra presencia.

Pero ahora, desesperado, porque no encuentro la dirección precisada, porque no contestas el teléfono y porque tu amiga no me quiso decir nada (solo acusa que estás enojada, que me has dado una especie de ultimátum), estoy a punto de rasgarme las vestiduras y gritar en mitad de alguna de estas aceras desconocidas. 

¿Dónde encontrarte? ¿Dónde está la calle en que vives? ¿Por qué esta pesadilla absurda en la que me encuentro perdido? Una sola estrategia desesperada, impulsiva acierto a emprender. Gritar tu nombre mientras corro por cada cuadra cercana, deseando que en alguna de ella me escuches y me reconozcas. “¡Esperanza!, ¡Esperanza!”, escupo tu nombre al viento pero nadie me responde. 

21 de enero de 2010

A m'arcòrd di Fefe

(20 de enero de 1920 – 31 de octubre de 1993)

"No hay fin. No hay principio. Hay sólamente la infinita pasión de la vida."

Había una vez un hombre que soñó en nombre de todos nosotros, que se atrevió a gritar de que estaban hechas nuestras vidas, nuestras ilusiones, nuestros deseos ,nuestras tragedias, victorias, y nuestros miedos. Ese grito armonioso, bello y profundo, circula en viva voz de sus películas. Hablo de aquel que ayer cumplió 90 años de nacimiento. De Federico Fellini, el querido "Fefe". 

"No voy a demostrar nada, voy a mostrarlo", dijo una ocasión. Y vaya que mostró todo lo que tenía que mostrar. Mostrar sin tapujos sus propios recuerdos, los más profundos, los más nostálgicos, que aunque muy suyos en el fondo eran comunes a todos nosotros.

Para ello se valió de la mejor forma posible, la que usan los genios y los visionarios: creó una nueva forma de narrar este universo. Las vidas de sus personajes, el ambiente, sus historias. Todo ya estaba antes de que él llegará. Su logro es haber presentado de forma magistral lo más importante, lo más profundo de eso que ya existía. 

Noventa años han pasado desde el inicio de eso, del "yo recuerdo", del "No tener nada que decir", de caminar por una "strada", de esta "dolce vita", de estos "espíritus". Sirva esta breve entrada como un humilde agradecimiento personal al maestro de maestros del cine no solo italiano, sino del cine mundial. 


 



19 de enero de 2010

La estatua

Aquel sujeto vivía en uno de los pequeños departamentos de nuestro edificio. Todas las tardes, sin falta, salía de su casa para dirigirse con paso firme y muy lentamente al mismo lugar. Los chiquillos que jugaban en el patio lo veían desde lejos, y en ese instante, cual hienas que divisan a su presa en la llanura, corrían hacía él.

La persecución terminaba en la banca del parque. Era curioso ver al habitual corro en torno al hombre, el cual permanecía en silencio e imperturbable. Cualquiera diría que se ubicaba en un plano distinto al de sus perseguidores, cual un fantasma.Más que reflexivo, aquel tipo entrado en sus cuarenta, robusto, alto, con aspecto sucio, descuidado, se mantenía enajenado con respecto a todo lo que le rodeaba, la mirada perdida mientras su cuerpo quedaba inmóvil, ahí, sentado en la banca de uno de tantos parques que existen en la ciudad. 

Una vez ocupado su habitual espacio, la turba de chiquillos que lo seguían entraba en acción. Se acercaban con prudencia en un principio. Uno lo tocaba con una rama en la espalda, otro más, jugaba con sus zapatos, mientras que el hombre no daba muestras de vida. Calado el terreno que pisaban, y ante la negativa del hombre por reaccionar ante las travesuras, los niños desataban a continuación su frenesí. Comenzaban a jugar con él, le agarraban los brazos y los movían en el aire, como si fuese un espantapájaros.

 Otros tomaban su saco y  llenaban de tierra y lodo, unos más  lo jalaban desde la punta de su corbata. Otro niño, sin duda el líder de aquellos micos juguetones, se trepaba en su espalda, se afianzaba jugando al caballito. Mientras tanto el sujeto aquel no hacía nada, se dejaba hacer a voluntad de sus abusadores. Así durante un lapso de tiempo penoso aquel sujeto se convertía en un muñeco de trapo, en un despojo que hacía las veces de una muñeca.  

Pasados unos minutos, una vez cansados de los juegos,  los niños se alejaban en tropel, tal y como habían venido: gritando y saltando. Lo que había quedado del hombre aquel, zarandeado, embadurnado de polvo y tierra, despeinado permanecía unos minutos más. Acto seguido se erguía, regresaba a su departamento. 

Supe después, por oídos de mis vecinos, que para navidades y días de reyes sus hijos (los sucios bribones que molestaban a aquel hombre), habían pedido todos el mismo regalo. Sorprendidos, en tono de burla, sin saber los motivos de aquella extrañe petición que todos los niños tenían en común, repetían una y otra vez:

“Estos niños de ahora. Hay que verlos. Quien sabe de donde sacan estas ideas. Una estatua, quieren una estatua.”

Nunca pude comprender que horribles tormentos, que aflicciones habían moldeado la insoportable pasividad en la que se sumía el hombre que se abandonaba al extremo insólito de volverse una estatua. Volví a saber de él dos meses después, cuando al pasar por fuera de su departamento, supe de boca de la portera la noticia de que había muerto.

8 de enero de 2010

Algo sobre ese río que llamamos tiempo...

Tiempo. Siempre el tiempo. Rio sobre el cual navegamos, del cual no podemos escapar. Aunque el caudal y su curso resultan (en teoría) infinitos e indómitos, nosotros sólo podemos (en la práctica) disponer de un poco de él, lo suficiente como para llenar un insignificante cantaro. El tiempo que todo lo abarca, en donde todo es cierto a la vez que inefable. El tiempo como una luz que, si pudiésemos apreciarla en su plenitud, seguramente podría cegarnos.

Otra vez el año comienza para nuestra civilización. Otro trago más de aquel cántaro que habrá de agotarse por completo. Echamos las campanas al vuelo, felices por celebrar uno año más. Se hacen listas de propósitos, se dejan relucientes las fuerzas de voluntad como si fueran nuevas, planeamos un sinnúmero de cambios que incluyen enterrar el mal sabor de boca que nos dejó el año anterior.

Poco antes de esta celebración, la mayoría de las personas pasa revista al año transcurrido, igual que se hace el inventario de una oficina o se pasa lista a la cuadrilla del regimiento militar. La única intención, creo, es la morbosidad de ver que tan inteligentes o estúpidos fuímos a lo largo de esos trescientos sesenta y cinco intentos por encontrar (o mantener, según sea el caso) la felicidad.

Traen a su memoria tragedias, fracasos, victorias y placeres ya vividos. Algunos constatan, no sin profundos lamentos, que la historia sigue siendo la misma. Que esa listita con propósitos materialistas y espirituales por igual, no se cumplió como se debía. Sigue uno demasiado gordo, demasiado vicioso, demasiado pobre, demasiado mediocre...

"Pero este año no, esta vez si cambiaré", se dicen con renovadas esperanzas, dispuestos a todo con tal de hallarse vanidosos al final del año frente a los pobres diablos que no habrán podido cumplir sus propósitos. Gastaran en equipos deportivos que los ayuden a ponerse en forma, en costosos tratamientos para dejar de fumar, se inscribiran en cursos para aprender inglés y superarse profesionalmente...

Afuera de ellos este girar interminable, este vals cósmico que se ha repetido millones de años. Enormes estrellas que estallan y mueren por todo el universo, nebulosas que se condensan para formar nuevas galaxias, generaciones infinitas de insectos que nacen y mueren por todos los rincones de la tierra...

También alguien que escribe un par de párrafos que mañana serán olvidados, sepultados en el fondo del lecho de este río que deviene majestuoso. En fin, el tiempo que viene y que se va.

18 de diciembre de 2009

Encuentro

Estas colinas duras que han formado mi cuerpo
y lo sacuden con tantos recuerdos, me han abierto el prodigio
de aquella que no sabe que la vivo y no llego entenderla

Me la encontré una noche: una mancha más clara
bajo las inciertas estrellas, en la oscuridad del verano.
Percibíase en torno la fragancia de estas colinas
más profunda que la sombra, y de repente sonó,
como si saliera de estas colinas, una voz más limpia
y áspera, a la vez, una voz de tiempos perdidos.

Alguna vez la veo, y se pone ante mí
definida, inmutable, como un recuerdo.
Nunca he podido asirla: su realidad
cada vez se mes escapa y me lleva más lejos.
Si es bella, no lo sé. Es joven entre las otras:
me sorprende, al imaginarla, un lejano recuerdo
de mi infancia vivida entre estas colinas,
tan joven es. Semeja la mañana. Me muestra en los ojos
todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas.

Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz más limpia
que jamás tuvo el alba sobre estas colinas.

La he creado del fondo de todas las cosas
que me son más queridas, y no llego a entenderla.


Cesare Pavese

16 de diciembre de 2009

Aunque sea por un momento...

En un país como este, cuyo calendario esta repleto de fiestas, los inadaptados sociales nos volcamos a escribir en blogs. ¿Por qué digo esto? Ha empezado la llamada época de fiestas decembrinas, en donde muchos despilfarran en regalos, en alcohol, en comida y en frivolidades diversas...
(Fiesta, más fiesta y más fiesta. Celebramos de todo, desde una guerra que nunca ganamos, el nacimiento de un Dios en el que no creemos, la aparición de una virgen que hasta los rockeros aman, el fin arbitrario del calendario gregoriano...)
Permanezco asomado a la ventana, escuchando los gritos y risas de mis vecinos. Imagino los preparativos de una piñata en alguna casa cercana. También la eterna, torpe danza de nuestros amigos borrachos que se avecina. Los niños que mandan al diablo la escuela por un rato, ilusionados con juguetes, con noches de desvelo, con reuniones familiares.
Los buenos deseos que pasan por todas las mentes y que en el fondo nadie cumplirá. Los hombres y mujeres devotos católicos que aún guardan recato y que van a las misas de navidad, que bendicen sus coronas de adviento. El olor tan característico del ponche que se prepara tanto en las vecindades como en las zonas residenciales.
Nuestras calles, nuestra ciudad. Igual que siempre, llena de basura, de congestionamientos, de contaminación. Pero por unos días también llena de luces, de adornos festivos. De comercios más frecuentados que de costumbre. De pliegos y pliegos de envolturas. De anuncios en las esquinas, en la televisión, en el radio, en espectaculares, promocionando artículos diversos.
Y todo es alegría disimulada y buenos deseos. Olvidemos que hemos perdido recientemente al familiar querido, o que la crisis sigue, haciéndonos la vida más difícil cada día. Que vivimos en un país lleno de desigualdad e injusticias sociales, rodeados de delincuencia y faltos de oportunidades para salir adelante. Embriaguémonos todos, al son de las canciones de moda y la vida que no deja de fluir dentro de nosotros; en mitad de la noche somos dioses que crean y destruyen a voluntad. Después, después nos volveremos mortales.