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4 de noviembre de 2017



Mamá tenía un concepto muy extraño sobre la violencia, al menos en lo que concernía a los programas de televisión en los años noventa. Yo era un niño pequeño, que contaba con cinco o seis años a lo mucho, asiduo a ver la programación del canal 5 cuando regresaba de la escuela primaria. 

Mi serie favorita era sin duda Power Rangers*, que hablaba sobre un grupo de adolescentes que defendían al mundo de repugnantes monstruos extraterrestres enviados por una villana con ansias de conquista mundial, combatiendo cuerpo a cuerpo primero, y una vez que las cosas se complicaban, a bordo de un robot gigante.

Para quien no ha visto dicho programa le hago un pequeño resumen: los capítulos apenas se diferenciaban los unos de los otros, repitiendo la fórmula de "llega monstruo-hace destrozos-los héroes se reúnen-combate-monstruo aumenta de tamaño y se hace gigante-héroes a bordo de naves-forman robot gigante-combaten-triunfa el bien". Había espacio, eso sí, para el drama, el romance, el humor, y sobre todas las cosas, para la acción. 

Los combates entre megazord, que era como se llamaba el robot gigante formado por la unión de distintos robots piloteados cada uno por un ranger (el alter ego enmascarado y enfundado en un vistoso traje a cuerpo completo de los adolescentes justicieros), y el monstruo (cada uno de los cuales tenía apariencia y habilidad distintas), eran el cénit del capítulo. 



La ciudad como campo de batalla, el intercambio de golpes, las luces y la pirotecnia producto de los ataques (¿mágicos, tecnológicos?), así como los cambios de planos para ver lo que sucedía a los alrededores, con un tema musical trepidante de fondo, eran motivos que se repetían capítulo tras capítulo, suficientes para conformar un entretenimiento que me mantenía inmóvil frente a la televisión por media hora, cinco días a la semana.

Nada sabía yo de que aquello era un refrito gringo de programas japoneses, en este caso de Ultraman y el género Kaiju, al que pertenecen Godzilla y otros monstruos de proporciones titánicas. Y aunque lo hubiera sabido no hubiera hecho gran diferencia, porque para mí, que no era exigente en cuanto a tramas narrativas y efectos especiales, era grandioso el despliegue multicolor de héroes y villanos que se reanudaba cada día frente a mis ojos al llegar la hora de un nuevo capítulo.

Pero mamá no comprendía que detrás de mi entusiasmo por la lucha de bien y mal de aquel programa había algo burdo, grotesco si se quiere, pero a final de cuentas mera teatralidad inofensiva. 

Por el contario, ella prefería emitir sus juicios en base a lo que ella creía que era todo aquello: violencia gratuita y sin sentido, capaz de transtornar a su primogénito y producirle pesadillas que lo acosarían durante sus tiernos años de infancia. En pocas palabras, se tomaba todo aquello demasiado en serio.

Cuando no se hallaba ocupada por los quehaceres cotidianos (que eran muchos) en el momento que transmitían la serie, y apenas se percataba que yo la veía, mi madre se acercaba a la televisión, y sin decir palabra apagaba el aparato, invitándome con una mirada que no admitía réplica alguna a salir a jugar al patio, o bien quedarme ahí en casa en compañía de mis juguetes... pero sin ver Power Rangers.

Y yo sufría verdaderamente, porque tendría que perderme un nuevo despliegue de fuerza, valor y combate de mis héroes enmascarados, que sentía tan cercanos a mí, aunque no tuviera nada que ver con ellos (yo, secretamente, albergaba deseos de poder ser el líder ranger, al igual que todos los niños de mi edad en ese entonces).

Sobra decir que los Power Rangers eran lo menos belicoso de una barra vespertina de caricaturas y series transmitidas en el canal 5, pero eso mi madre no lo sabía, ni estaba dispuesta a escuchar explicaciones de un niño pequeño, de sentarse a observar detenidamente toda la programación, hacer una comparativa y sopesar qué de todo era conveniente y qué no. 

Porque ¿qué porcentaje de madres está dispuesta a permanecer por su propia voluntad viendo caricaturas y series para niños al menos por media hora diaria en televisión? Máxime cuando, como ya he dicho, apenas si se daba abasto con los quehaceres hogareños.

Fue hasta que, años después, cuando los canones de mamá se habían vuelto más flexibles, y quizá porque su hijo había crecido lo suficiente como para dejar de creer en monstruos o fantasmas, de tener tantas pesadillas por las noches y, sobre todo, de sentirse menos solitario por tener una hermanita, volví a sentir el mismo delirio por un programa televisivo, ahora sí con la anuencia materna. Se trataba de Dragon Ball Z, una serie animada que se tramitía diariamente a las ocho de la noche, también por el canal 5.

Otra vez se trataba de una historia surgida del país del sol naciente, aunque ahora sin intermediarios gringos que suavizaran los pormenores del combate, pues en este caso sí había sangre y muertes incluidas (en Power Rangers, cuando un monstruo era vencido, simplemente explotaba, sin dejar rastro alguno que delatara la violencia de dicho acto), con la violencia gratuita ocupando un espacio predominante en la trama y dejando mucho menos espacio para el humor, romance o cualquier otra cosa que no fuera pelear. 

Y estas notorias diferencias, que hubieran horrorizado todavía más que con Power Rangers a mi mamá cuando yo tenía cinco años, ¿eran de su total conocimiento? Yo creo que no. Para mi fortuna, quizás ahora sucedía el caso contrario en su modo de actuar. ¿Qué lo produjo? No lo sé. Lo que no había cambiado era la manera en que esa nueva serie capturaba diariamente mi atención, llenando mis días de emoción y entretenimiento.

Pero la del alienígena con cola de mono que defiende a su planeta adoptivo de criaturas despiadadas utilizando técnicas grandilocuentes basadas levemente en las artes marciales, es una historia que merece tener su relato aparte.


_______
* Me refiero aquí a Mighty Morphin Power Rangers (1993-1995), serie de la que se sucederían nuevas versiones que nunca alcanzaron el impacto mediático que la primera produjo entre el público televisivo.

28 de junio de 2016

Lot





Lo que le causaba asombro de la existencia no era tanto el que la suya particular fuera a terminar algún día, en el futuro, sino que en el preciso momento en que él estaba ahí leyendo a Demóstenes, ya habían transcurrido miles de años de civilizaciones, y en ellos millones de seres humanos habían desesperado, deseado, sentido y pensado. Era el terror del “demasiado tarde para empezar a vivir”, como si el flujo del tiempo avanzara a empellones, arrastrando consigo la sangre de otros que igual a él no habían hecho otra cosa que vivir, disponiendo de lo que tenían frente a sí, de un pedazo muy particular de mundo y acontecimientos. Y él podía percibir eso, por más que hubiera querido desentenderse. Le tocaría deshacerse contra la tierra poco a poco, reviviendo en su carne el drama mudo de la existencia humana, que no podía cuantificarse ni compararse de ningún modo. Era su turno, pero también era un poco ya todos los fracasos inevitables de generaciones anteriores, de las cuales no quedaba ni siquiera polvo. Vivía, pero sólo hasta cierto punto. Del otro lado del espectro él ya estaba condenado, incluso antes de haber nacido. La historia siempre lo pulverizaría cuando tratara de asomar la cabeza para cerciorarse de la magnitud de la corriente que lo arrastraba, de si ésta tenía fondo o alguna orilla donde poder reposar y encontrar verdades esenciales. Y era tanto como negarlo, imaginar que todavía estaba sucediendo el juicio a Sócrates; que un campesino se levantaba con el primer destello de una mañana radiante de Thermidor; o que cierta familia contaba historias del origen del mundo alrededor del fuego, una noche interminable en el desierto del Sahara. Bastaba también con cerrar los ojos para remontarse y desmontarlo todo, instante por instante. Sentir nuevamente la cualidad de liviana que puede tener la vida, sin tener que acumularse en inconmensurables piletas metafísicas. Quizás era por eso que soñaba, para desahogar un poco su angustia y elegir la otra perspectiva, esa que al contacto con los objetos deja un momentáneo sabor a sal en la piel, permisiva para proseguir con la seguridad de no quedar convertido por completo en estatua cada vez que quisiera volverse para mirar y desandar el camino.




14 de enero de 2014




Cada noche al recostarme en la cama, decidido a dormir hasta que el sol se levante otra vez sobre La Tierra, me asaltan decenas de ideas poderosas, cada una de distinta envergadura, todas ellas pidiéndome atención, como si al hacerlo alguna pudiera salir para realizarse.

Pospongo el momento propicio para el sueño. Me levanto y enfilo en dirección a mi escritorio, donde un par de hojas blancas se muestran sorprendidas ante la aparición repentina de su sueño. Inquietas, agitándose en la oscuridad, parecen preguntarme: “¿Qué haces aquí? ¿Algo anda mal? ¿Vienes acaso a dictarnos algún pensamiento apesadumbrado, cierto padecimiento que aqueja tu alma de anciano solitario?”

Rodeo con cuidado el rectángulo de madera, sin perder de vista la diminuta superficie blanca que ondea como una llama purificando la noche. Contemplo aquella densidad etérea hasta que cae, como si alguien le diera la orden de extinguirse, y ya con la ventana de mi habitación completamente cerrada, sin corriente de aire que surque la habitación y maliciosa otorgue vida a mis pertenencias, me acerco a la silla acolchada color negro eternizada en su postura recta, esa que ha recibido tantas veces a este cuerpo indisciplinado sin lograr apaciguarlo o al menos conducirlo a destinos más prominentes (funcionario público, administrativo en alguna oficina empresarial).

Y mis piernas tiemblan como hacía mucho no temblaban, mientras acomodo la espalda por completo en el respaldo. Mi cuerpo es recorrido por un extraño escalofrío al posar las manos sobre el escritorio, cual si presintiera que algo malo está por suceder. Pero la habitación permanece en silencio, completa es su calma. Solo rechinan de vez en cuando los muebles, que de tan viejos resisten el paso de la humedad, el calor y las heladas a la manera de los gestos inmóviles de las estatuas de héroes. Los vidrios de las ventanas se cimbran en la noche, frágil frontera de los reinos que anuncia los bailes perpetuos del viento. Cada uno de estos accidentes vienen a saludarme, y mi alma les responde con un gesto humilde, piadoso.

El bolígrafo se apodera de mis dedos, siento como si de su oblonga superficie salieran invisibles tenazas que aprisionan la piel, completando la continua ilusión labrada por mi mente y de la cual no he logrado sustraerme hasta ahora de que existe una conexión fantasmagórica entre ciertos objetos y mis instintos más sediciosos. ¿Debería resistirme? ¿O más bien esperar para ver hasta dónde llegarán mis voliciones? Luego, ¿gritar? ¿Correr aterrado para refugiarme en mi lecho, cubrirme con las sábanas y tratar (de una vez por todas) de dormir?

Sí, todo sea para aumentar las posibilidades de poder dormir. Me digo “vamos ya, de prisa”, como si fuera un conjunto de actos impostergables. Comencemos. Escribo: “Hace varios días que no consigo cerrar los ojos…”





7 de mayo de 2013

Crónica de un interregno


  



Así mejor nos quedamos, sin salir de casa. Satisfechos los dos, acostados en la cama el uno junto al otro. Estando y no estando en la habitación. A veces escuchamos nuestros latidos del corazón, las manecillas del reloj con su marcha de ciempiés en la pared, los ruidos de los automóviles que transcurren con pereza por la avenida. Otras nos alejamos a contemplar las imágenes evanescentes que surcan nuestro interior, rodeados de la calidez que emana la proximidad del cuerpo del otro. Dormitando…



… De pronto una corriente de aire frío se cuela por la ventana, sin pedir permiso a las cortinas azul claro que cubren un poco de esa película luminosa llamada tarde, avanzando con rapidez hasta donde estamos, posándose en mi costado, amenazando con ir más allá, directo hacia tus mejillas.



Es en ese momento que caigo en la cuenta del sentido de la palabra protección: cómo te cubro del exterior, como si quisiera imitar una casa, aunque estas paredes que la conforman tiemblen cuando las rozas con tus piernas, aunque por sus cimientos las recorran cientos de preguntas, y estén sujetas a la misma contingencia semanal de mis ocupaciones laborales, cuando confuso, malhumorado, me muevo por los espacios reducidos, llenos de puertas con vistas opacas a ninguna parte, siempre marcadas por la cronometrada persistencia de la huída…



… Yo creo que mejor deberíamos levantarnos y salir un rato, para distraernos. Tomar un poco de ese aire sabatino que llena los parques y plazas públicas de despreocupación, en vez de permanecer aquí, inmóviles. Vivir como los demás, aunque duela. Separarnos un momento de nuestro amor indisoluble, a ver qué se siente. Pero no te preocupes, te tendré cogida de la mano durante todo el camino, no creas que te soltaré, permanecerás a mi lado. Es más, cuando tú me lo pidas nos regresamos, no hay ningún problema. Es una cosa que debemos lograr poco a poco, gradualmente…



… Dejémoslo a la suerte: águila nos levantamos. Sol, nos quedamos. Pero espera, nada de trucos. Yo me sé muchos, e igual podría usarlos, pero prefiero que sea la suerte pura, y no un mero simulacro de mis deseos. Que pase lo que tenga que pasar, que sufra lo que tenga que sufrir…



… Permanezco sin hablar un momento, esperando que digas algo. A veces cierro los ojos y estoy a punto de caer completamente dormido. Pero reacciono a tiempo, vuelvo a jugar cuidadosamente con tus cabellos, no quiero que te des cuenta. Todo debe ser espontáneo, nada planeado. Forzarte a una palabra sería imperdonable. He dejado de creer que un cuerpo en reposo es sinónimo de silencio, está el sonido acompasado de tu respiración, por ejemplo.



Mentira que me guste cuando callas, quiero escucharte gritar y reír en alguna cima, apenas unida a mí por el miedo al vértigo, sostenerte cuando caigas súbitamente y vuelvas poco a poco a la normalidad, más nunca al silencio completo. Estarás imaginando lugares, personas, objetos, cosas por hacer; sin atreverte a soñarlas o a realizarlas. Solo estás aquí, vulnerable, una potencia misteriosa e incalculable capaz de desatarse en cualquier momento con solo un movimiento. Mientras tu alma no deja de moverse, ese rostro tuyo, que permanece oculto a mi vista, es en su delicada sencillez la fantasía de algún artista…



… Canta un pájaro allá afuera, ¿lo escuchas? ¿Se parece a algún otro canto que recuerdes desde que vives aquí? No lo creo, cada uno tiene algo de diferente. Estará anunciando que el día (este día y no otro) muere lentamente, canto fúnebre para ese tiempo perdido que nunca volverá a manifestarse en el brillo de las hojas de los árboles y en la figura de ciertas nubes; solemne canto antes de regresar a refugiarse a su nido en espera del nuevo amanecer. Ven, vamos a besarnos, porque si se da cuenta que nos fijamos en él puede que se avergüence y deje de cantar…



… Este amor laberíntico en que hemos entrado en algún momento indeterminado de nuestras vidas, sin contar con algún hilo de Ariadna para orientarnos; amor construido con paredes elevadas e impenetrables, que coartan cualquier posibilidad de hacer trampa, sin poder saber en qué parte estamos, si en su corazón o en alguna de los extremidades. ¿Habremos de quedarnos aquí dentro para siempre?

Vuelvo a abrir los ojos: sigues a mi lado. Nada ha cambiado…



… Las sombras  a nuestro alrededor anuncian el surgimiento de un reino que no nos pertenece; somos intrusos a bordo de una cama que navega a la deriva de la noche, apenas orientados por las luces eléctricas que ya se han encendido en las casas vecinas, soldados de una resistencia condenada a la derrota, exiliados, más bien apátridas porque en el orden natural de las cosas no dormimos ni participamos de la vigilia.



Solo los sonidos de nuestras tripas irrumpen de repente en la austera calma que gobierna la habitación. Gruñen y gruñen como una criatura oculta en el fondo de su guarida. Es un lenguaje real, pero imposible de traducir. Aunque a veces, jugando un poco al adivino, siento que dicen muchas cosas chistosas.



A lo mejor también se ríen como nosotros ahora lo hacemos: primero con cautela, luego conscientes de que nada va a pasarnos si perturbamos la pasividad de esta atmósfera viciada por las huellas térmicas de nuestra presencia, subimos el tono hasta una efusividad festiva, incontrolable. Es como si una llamarada comenzara a agitarse dentro de nosotros…



1 de mayo de 2013

El grito no es sin sentido (o como la palabra debe aprender a gritar)





La propia experiencia cotidiana parece indicarnos que la palabra, bien articulada, estructurada en forma de discurso ordenado, claro y distinto, prima sobre la expresión corporal, un tanto apresurada e instintiva del grito. En la evolución del lenguaje, se nos dice, las palabras son el refinamiento, la perfección de eso que en un principio fue grito.

Gutural es todo aquello que nace de las entrañas. Es la expresión espontánea del dolor, la sorpresa, el miedo, el placer. No necesita sintaxis, gramática, traducción. Acaso la particularidad en la expresión de todas esas gargantas que han gritado desde que la humanidad existe resulta ser en realidad una gran mentira: simbólicamente el grito no conoce tonalidades, avanza en todas direcciones, saltando épocas y culturas con una significación bien definida.

Más que ser un sin sentido, el grito puede interpretarse como lenguaje y expresión subversiva, disruptiva, estandarte universal de aquello que no se puede pero que, no obstante, se quiere decir. Simbolismos aparte, nuestra boca arroja el grito después del largo viaje por la garganta, esófago y pulmones. Sí. Pero podríamos pensar que su camino se gesta en las elucubraciones más hormonales, nerviosas, incluso gástricas de nuestro propio ser. El grito está en la frontera de los pensamientos más racionales, los versos más profundos, los deseos más instintivos y las intenciones más simples, amables, desinteresadas.

Quiero hablar sobre el grito no como un acto meramente fisiológico. Tampoco en su sentido abstracto. Quiero hacer notar las implicaciones que puede abrir la pregunta por el grito en la encrucijada del cuerpo y el pensamiento, así como denunciar la connotación de acto sin sentido que ha primado dentro del universo de lo humano entendido desde su expresión discursiva.

Grito es pedir ayuda, es enarbolar una consigna; primera reacción cuando se llega al mundo, también ante la inminente partida de el. Grito es expresión de gozo y placer. En todas ellas grito es poner nuestra más profunda esencia humana en contacto con el mundo, hacer saber que estamos inmersos en él y que queremos manifestar algo de nosotros en él.

¿Quién, o más bien qué grita desde dentro de nosotros? ¿Gritamos desde el alma, grita la razón, el inconsciente o solo se trata de una vocalización ruidosa en la que el aire pasa a través de las cuerdas vocales con mayor fuerza que la utilizada comúnmente? Haríamos bien en preguntar el origen del grito en su asociación fisiológica y emocional, en ese intento de explicarse, de comunicar al otro esa felicidad, sorpresa, peligro, dolor y placer, pero también en el carácter indeterminado de nuestro ser.

Gritan los simios, los mamíferos. Gritan todos los animales dotados de pulmones. Visto así, el grito humano ¿no tiene nada de especial? Más aún, ¿puede ser el grito algo más que una reacción arracional en el ser humano? En su forma primordial, aquella que no ha cambiado nada desde los hombres nómadas que se refugiaban en cavernas hasta nuestros días ¿el grito está, como en el caso del idiota de Benny Compson “lleno de Ruido y Furia, sin significado alguno”?

En las películas de terror se grita ante la aparición de la criatura monstruosa, del asesino y/o psicópata que viene hacia nosotros. Grito como expresión del temor ante lo desconocido, como alerta ante aquello que atenta contra la preservación instintiva de la vida. Contra aquello que me amenaza.

Pero el grito también pone en aviso, alerta de otra manera. Parte en dos la pretensión positivista, ilustrada, del mundo ordenado, uniforme, pleno de certezas, capaz de ser explicado por vía de la razón, mismo que encuentra en la economía de libre mercado su modelo más exagerado y pervertido. El grito irrumpe en ese pretendido orden de cosas, esa caricatura contemporánea donde se supuestamente se encuentran las claves para resolver todos los problemas sociales del mundo y alcanzar la “vida buena”.

Más que un sin sentido, el grito es la denuncia, el acto de libertad que es al mismo tiempo manifestación del cuerpo que del pensamiento. El grito condensa la representación del cuerpo y el espíritu, no es completamente ninguno de los dos, pues su materia es audible aunque inasible. Escuchamos el grito y sabemos que detrás de él hay un rostro, ciertos gestos, un puño levantado al aire, pero también que existen en él ciertas ideas, un pasado propio, experiencias acumuladas, una memoria llena de imágenes y sueños.

Todo se agolpa en el instante del grito. En él se recupera la dimensión oculta, visceral del hombre, ese desgarramiento que es condición esencial de la vida y que Nietzsche identificaba con lo dionisiaco: esas fuerzas que yacen en las profundidades de nuestro ser, imposibles de ser representadas, y que para poder sobrellevarlas, soportarlas, fueron sublimadas en el arte y la ciencia.

Así como en los Misterios de Eleusis, ceremonia que solo los iniciados podían presenciar (siempre de manera mediada, nunca directa) Dionisio surge de las profundidades de la tierra para traer al mundo ese carácter subterráneo, terrible, donde vida- muerte y destrucción- creación se funden, el grito surge de las profundidades del hombre para significar aquello que no se puede decir, que solo puede ser intuido.

Es importante ahondar en esa coyuntura del cuerpo y el pensamiento: tiene convicción, pues piensa tanto con el estómago como con los sesos. Se sabe terriblemente terrestre, finito, minúsculo como la hormiga. Sabe que aquello que lo provee de vida alguna vez se pudrirá bajo la tierra. Pero también que su destino es, mientras exista, tenderse a volar con su sonido hacia los cielos, de ser creado como espíritu aéreo, inmaterial, eterno, infinito, dispuesto a codearse con el Topos Uranus; con el orden divino de las ideas en sí. Con la verdad. Son los límites que se traspasan continuamente, sin terminar de transgredirse. Su doble naturaleza es apolínea y dionisíaca.

El grito es el vehículo con el cual el hombre se manifiesta y protesta ante las creaciones multiformes que ciertas elites han ideado con el propósito de poblar el mundo de individuos con cabezas cuadradas. Pero también contra la replicación que esos mismos individuos realizan inadvertidamente en sus relaciones cotidianas con sus semejantes, que heredan a su progenie cual funesta Caja de Pandora.

Es ese carácter contestatario, el modo usual de denuncia en manifestaciones multitudinarias de países como el nuestro, donde impera la miseria, la violencia, la corrupción, la riqueza de unos cuantos a costa del sufrimiento de muchos, (mismas que se convierten, en el mejor de los casos, dentro de las versiones oficiales en anecdotario de periódicos, ediciones nocturnas de noticieros ávidos de la carroña nota-que-vende, pero que no abonan nada).

En el grito se expresa el enojo, la frustración, la impotencia, pero también asoma la energía, la voluntad de seguir repitiendo el nombre de los activistas, hijos-padres-primos-amigos perdidos, renovando su memoria, una y otra vez para recordarnos quiénes somos y por qué luchamos… por qué vivimos.

Así, el grito es otra forma de hablar; frente al discurso cotidiano la palabra se dice de otra manera: la hace decir cosas que habitualmente no diría. Se arriesga. El discurso vocal que usamos de ordinario debería aprender del grito su carácter imaginativo, lúdico, ese que usábamos cuando niños, correteándonos por los patios, llamándonos con numerosos nombres, invocando diferentes mundos, multiplicando espacios en donde ante los obtusos ojos adultos no los había. El discurso debe hacerse niño, y gritar.

Verdaderamente el grito es, como nos enseñaron nuestros padres y maestros: una falta de respeto. El que comienza a gritar se aleja de los demás, llama al sin sentido, es un maldito neurótico. Mas esa falta de respeto tiene su carácter propositivo cuando es una falta ante el falso respeto, ante el respeto que en realidad es temor a disgustar, a incomodar. El grito es reprimido, si nos ponemos psicoanalistas, porque pone sobre aviso sobre una parte de nosotros que no debemos dejar salir si es que no queremos meternos en problemas. La ausencia del grito en nuestras vidas es también, aprendemos a creer, garante de que todo esta bien. Cuando se conversa y se escribe solo, en silencio, somos nosotros mismos, estamos en nuestro elemento. Y así con los demás. Pero llega el grito y todo se sale de control. El caos entra por la rendija, o más bien sale disparado como cientos de murciélagos abandonado su cueva.

¿No será más bien que evitamos ver que en la tradición que ha creado perspectivas e ideas, en ese corpus del saber, sobre las cuales a la larga, con el objetivo de fundamentar normas, sociedades e instituciones se han ido perdiendo su carácter abierto, libre, infinito de interpretaciones, para tornarse en meros códigos, manuales, monolitos del pensamiento? Es el uso pervertido, amañado de la palabra, que legitima nociones como Estado-nación, competitividad, progreso, ley de oferta y demanda, como si sobre ellas debiera derivarse el mundo y la vida como un conjunto de axiomas, de postulados lógicos inobjetables, claros y distintos. El uso anquilosado, academicista y erudito de la palabra.

Contra ese uso, que nos roba nuestro lenguaje, puliéndolo hasta dejarlo como piedra preciosa cuando en su centro en realidad se presente como hueco y desdeñable, cual anuncio de cartón a la entrada de un cine, contra ese uso del lenguaje y sus respectivos imaginarios antropológicos y políticos (zoon politikon) que buscan uniformizar al ser humano zombificándolo, quitándole su voluntad propia, es que se debe pensar a la palabra como grito. El grito es una actitud, una forma en la cual a la vez se piensa y se siente.

Decimos del grito que tiene un carácter saludable, porque se alza por encima del mar salado que a veces constituye la palabra viciada y su potestad incuestionable, pero siendo a la vez palabra, aunque con la gran diferencia de que sabe nunca llegará a su total realización, ni pretende un entronizamiento. No se entiende a sí misma como la panacea, o la piedra filosofal destinada a resolver los problemas de la humanidad, terminar con el mal, la pobreza y las enfermedades de una vez por todas. Es una palabra ante todo ingenua, porque no sabe a donde habrá de llegar, porque sabe que el mundo no está hecho de antemano a su medida.  

No obstante, habría que preguntarse si solo es cuestión de gritar y ya. Que esa fuerza subversiva, e imaginante, inmune a los designios imperiales, se impone con solo invocarla. Pero no se trata tampoco del grito que se engancha en la impulsividad del momento, grito mongólico que reniega del propio pensamiento y de sus proyectos. No debe pensarse como un regodearse en el egoísmo de su presente, del mero instante.

La actividad del pensamiento debe plantearse como un grito irrumpiendo en tranquilidad de la noche, sí, pero no como una actividad irresponsable, que solo busque llamar la atención, negándolo todo, provocando a todo el que se le ponga el frente nada más por que si. Es el llamado a reconsiderar lo que hacemos cotidianamente, recomenzar con voz propia, atendiendo a las otras voces de las que también somos parte, grito que cobra su propósito cuando se reconoce en sus distintas manifestaciones, en las otras gargantas que exclaman sobre la calle, dentro de las casas, en los campos, al igual que él.

El grito del cual hablo no es el grito testarudo, obcecado, sino aquel que escribe e imagina: aquel que crea y recrea sentidos acompañado de voces en calma, y también del silencio. El reto de hacer hablar a la palabra como grito es saber cuándo y cómo. Pues a final de cuentas, es otra forma de dialogar, desde las trincheras del pensamiento y el cuerpo, una actitud refrescante frente al mundo, frente a los otros, incorporando esa otra palabra que nos constituye desde el principio de los tiempos: la vida.

Escribir con el grito resultaría así (en tanto actividad comprometida con la palabra en una nueva actitud), ante todo, intentar expresar la vida de manera más plena de sentidos. Vivir.




7 de abril de 2013





Hubiera preferido la cálida senda diurna
Jugando con nuestros pies cansados.

Que extraña es la noche de calles vacías.
Se perciben desde el autobús ecos y sombras

Fíjate bien. En aquella esquina no hay nada ni nadie.
No hay nada ni nadie.





30 de marzo de 2013



Hace ya mucho tiempo, cuando era niño, la imagen lo era todo para mí. Amaba el dibujo, el simple hecho de tomar un lápiz y trazar contornos en una hoja de papel en blanco, constituía para mí un gran placer. 

Recuerdo que todo comenzó al contemplar maravillado las ilustraciones de una serie de libros sobre temas científicos editados por la revista Time propiedad de mi abuelo: esquemas de la mente humana, de moléculas, dibujos del cuerpo humano donde se señalaban las glándulas y los órganos internos; edificios monumentales, cohetes espaciales de las diferentes misiones lunares, naves interplanetarias que se especulaba serían construidas en un futuro lejano, planetas, constelaciones, dinosaurios reconstruidos por la imaginación de artistas.

Gran parte del mundo estaba contenido en aquellos dibujos, desde lo minúsculo hasta lo majestuoso, y lo más asombroso es que cabía todo en unas cuantas páginas, que podía aparecer ante mis ojos cuando yo sacaba uno de los volúmenes del librero y los desplegaba sobre la alfombra de la sala.

Podía pasarme horas enteras examinando aquellas imágenes, deleitándome detalle por detalle, construyendo experiencias ficticias, relacionándolo (o intentando) con mi propia vida, con mis limitadas experiencias de niño que no salía de casa en todo el día.

Eso y lo que encontraba en la pequeña vecindad donde vivía, rodeado de árboles frutales, gatos corriendo libres por los tejados de cartón de las casas, el cuidado sobreprotector de mis padres y abuelos, las extrañas arrugas y pelo largo, cano como estropajo de una tía abuela cuyos ojos eran tan líquidos como el agua.

Mi soledad de juguetes de plástico, regados en el piso del patio; las caricaturas y películas que veía en televisión; los sonidos de canciones infantiles... Toda la infinita variedad tenía que caber en la hoja de papel, todo ser reproducido en la limitada pero siempre nueva superficie en blanco.

De alguna manera fueron tomando forma esos trazos irregulares, producto de la continua inquietud, del tiempo deslizándose con calma bajo la porción de cielo de que disponía. Repentinamente alguien, sin que yo supiera por qué, se fijo en ellos con cuidado, y como si acabara de hacer un descubrimiento asombroso, dijo: "Mira que bonito dibujó Cachito al gato. ¡Le quedó muy bien!"

Ya no era mi mundo solamente, había entrado en contacto con la visión de los demás, aquellas personas adultas que me rodeaban me reconocían una habilidad vedada para ellos: yo podía "hacer" mundo de lo que ellos solo podían ver.

Percatado de aquel fenómeno tan extraño, me sumí en un súbito terror. Noches de insomnio, que coincidieron con la mudanza obligada a una cama propia por el nacimiento de mi hermana, dejé de ver a los plumones, crayones y lápices de colores que guardaba en una vieja caja de galletas de la misma forma.

Un cambio repentino se había operado en mí. Tenía tan solo seis años.





¿Para qué leemos? ¿Leemos para ser felices, por que creemos que eso nos hará más inteligentes, más cultos, más preparados para la vida, por qué así nos inculcaron nuestros padres o algún profesor? ¿O nada más por qué sí?

Confieso que a veces cuando termino de leer una novela, ensayo, cuento o poesía, me invade una infinita tristeza. Esa sensación placentera persiste en mi ser todavía, pero algo también me impele a alejarme del mundo, como si en él no pudiera encontrar algo que me devuelva a ese estado de fascinación, de sorpresa provocada por mi lectura anterior.

 Quiero volver a esa dinámica de imaginación, de creación de mundo y significados, pero necesito pasar también a la relajación, a un estado de abandono, de recobar fuerzas, como después del acto sexual. Si me acercaran otro libro en ese momento, largamente añorado por mí días antes y me pidieran leerlo, seguramente lo aborrecería. ¿Cómo describir aquello?



4 de julio de 2012

Diferencia



Sería feliz en el otro extremo del mundo
Oculto entre las cenizas, derrotado
Despierto sin más, con los ojos irritados
Exhalando tristemente el aire, resignado

Inspira más la sangre de los muertos
Que un torpe sentimiento vago, apresurado
La certeza de la muerte, antes que la duda
De miles con el cuerpo rebosante, gozosos

Vivos los veo, igual que yo, que vivo les hablo
Escucho con paciencia, echando de menos
El silencio, y las diferencias salen a relucir
Anhelo entonces estar solo, más solo que nunca

Pero no sé porque, me precipito en su búsqueda
Del signo en común, un añadido propio
En sus conciencias, como un símbolo
Tardo en hallarlo, ¿cuándo llegará el día?

En la puerta, tocan, y ya no les abro

23 de mayo de 2012



Quizás los inicios de la vida sean más fecundos artísticamente hablando, pero muy pocos se percatan del poder disponible y lo utilizan. El resto del tiempo que nos queda, en el cual propiamente nos formamos como individuos, es ya demasiado tarde para manifestar nuestros sueños. La vida se inserta en sus múltiples apariciones dentro y alrededor del cuerpo, distrayéndonos con sus rumores inquietantes, sin dar tregua alguna, instándonos a llenar todos los espacios con el pesado yo. Y para no sentirnos mal pretextamos sentencias macabras: que los sueños no son de nadie, que la poesía es una incompletitud, que la imaginación es, ha sido y siempre será la loca de la casa.




2 de abril de 2012

Epifanía No. 37

Y yo, buscando (hace varios años) mi tema de tesis con frenesí, diciéndome que algo debía interesarme más que todas las otras cosas existentes de esta tierra y de este cielo, cuando caigo en la cuenta que tanto mi pasión y mi odio por el surgimiento de las imágenes siempre estuvo ahí, metida en mi propia sangre, en esta carne extraña, quizás en esa conciencia atroz de madrugadas eternas... imaginación, imaginación, siempre fuíste mi único problema por abordar...



19 de diciembre de 2011

Literatura

Esas innumerables voces murmurando en mitad de la noche, que irremediablemente busco, que irremediablemente encuentro; un obsesivo afán, interminable, paralelo a la propia vida, lleno de sugerencias; un caudal que se multiplica con cada decisión, con cada acción, pero también con esas imágenes inconscientes; esa historia cargada de derrotas y de aciertos, que me hace temblar cuando la tomo por una de sus pequeñísimas partes, al sostener un libro, al posar la mirada sobre una sola de sus hojas...

4 de diciembre de 2011

Sombreros

En tu breve historia del mundo sobran los sombreros. Quitárselos a tus mejores personajes, eso es lo que te sugiero que hagas. Detesto tus imágenes tan pobladas de detalles, que si una sombrilla de colores en aquella señora, que si una pipa en el anciano ese...


¿No te das cuenta que en estos días todos andan vestidos de lo más sencillo por las calles? Atrévete a mirar por encima de tu ventana, a cualquier hora del día. Las mujeres ya no usan bolsos, los hombres van a trabajar con un morral de lo más ordinario, incluso los niños que antes se atiborraban de cajas de cartón para caminar con ellas sobre la cabeza o que jalaban latas de aluminio atadas con cordeles, han desaparecido. 


Urgan todos ellos, eso sí, sus bolsillos. Los mueve aquella prisa fastidiosa que se debate por salir de cuadro o permanecer inmóviles en una esquina, optando casi siempre por la primera. Persíguelos hasta donde alcance tu mirada, cuando desaparezcan en el interior de un autobús o detrás de una puerta. Y ahora sí, con aquellas imágenes simples, sencillas, trata de evocarlos en el interior de tu conciencia.


Coge el bolígrafo lentamente, al tiempo que te hundes en los murmullos del presente, esos que nadie puede desechar a menos que comience a pensar en otra cosa. Manténlos un poco, como si contuvieras la respiración. Y ahora sí, mientras das rienda suelta a ese caballo desbocado que has arengado durante largas horas, te percatas de que las palabras salen, con una extraña soltura que no conoce adorno alguno en su apariencia.  




19 de agosto de 2011



Quiero aprender el arte alquímico más exquisito

El de transmutar palabras en universos

Aquel que domina ese ser extraño al cual llaman escritor





16 de junio de 2011




Dormir a cielo abierto.
                                     Imposible.



10 de enero de 2011

I



Las vacaciones o los recesos que duran más que un fin de semana, son para mí interregnos desagradables, en los cuales pierdo el ritmo de vida adquirido a fuerza de la rutina y la regularidad. El tiempo parece estancarse, queda solo una plataforma extraña en la cual se suceden imágenes, pensamientos y sensaciones, a la espera de que el mecanismo de los días con sus horarios y sus deberes se ponga en marcha de nueva cuenta.

18 de noviembre de 2010

Impasse

¿Cuándo vendrá y caerá sobre mí la lluvia que prometieron sus ojos?

14 de octubre de 2010

Sinsentido No. 7

Que absurdo reencuentro el que nos hemos preparado esta tarde
tú y yo, después de tanto tiempo de ausencia
Que absurda esta espera en el andén
este buscar tu rostro entre la gente, cuando arriba el tren a la estación
Que absurdo este alúd de recuerdos
que se avalanzan sobre mí todavía, precipitándome a la desesperanza
Que absurdas las distracciones que trato de crearme
con el propósito de no volver a pensar en cualquier cosa que lleve tu nombre
Que absurdo me veo, así de pie, bajo los anuncios
a merced de un sinnúmero de tics nerviosos que me invaden en este tiempo muerto
Que absurda tu tardanza, que emula nuestras antiguas citas
envías a los minutos como emisarios, desdeñosa, antes de llegar
Que absurdo, e innecesario gasto de ensayos de reencuentro
que preparo mientras llegas, los cuales se desbaratan como papel en el agua apenas los imagino
Que absurda la trivialidad de la que se componen las cosas
los viajes, los pasajeros, los motivos... nada es importante mientras esté sujeto al fluir del tiempo.



7 de agosto de 2010

Time after time...

Este destierro de la razón me sienta bien, abandonarse a las playas del caos me permite recordar todo lo que eres y que no se sujeta a las definiciones, a las palabras. Como una canción de jazz, que en cada interpretación arroja algo distinto, pero que en todo caso se eleva hasta perderse en el horizonte. Apresarte, ¿para qué apresarte? Deja que el tiempo te analice, con su rostro de titán sin saber lo que significas. A mí me basta con cerrar los ojos y escucharte.



3 de agosto de 2010

Júrame...

Que importa que estemos ahogados bajo toneladas de agua, en el fondo de los mares; que nuestros fantasmas se pudran en las paradas de autobuses junto con ramos de flores marchitas,  salpicados por autos último modelo cuya música habla de lascivia y deseo; que los discos LP que escuchamos con fervor acompañados de recuerdos de mujeres, de retratos en blanco y negro perfumados, de suspiros y de sueños  poéticos, que las cartas con caligrafía preciosista, estén todos hechos polvo desde hace mucho tiempo.  Que la estrategia de la conquista con sus galanteos, poemas puros e invitaciones a los parques... esté sólo en libros que estudian los filólogos... Que me importa que el romaticismo y los románticos hayamos muerto hace siglos, que la era de la rapidez y lo superficial nos hayan dado el tiro de gracia... no podía dejar de postear esta bellísima canción. Júrame...