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10 de abril de 2013




En la anquilosada sabiduría del líder de la tribu, subsistían ciertas corrientes subterráneas, riachuelos diminutos, goteras de su alma magnífica. Pocos advirtieron la necesidad de peregrinar en su búsqueda. La mayoría se detenían distraídamente para admirar su meditación, escuchar perplejos los aforismos que pronunciaba cada mañana mientras paseaba por el pueblo.

Cuando el líder cayó presa de una fiebre contraída en algún punto de su longevidad centenaria, esa mayoría se limitó a elogiar la fuerza, entereza y coraje de espíritu que había conservado hasta sus últimos momentos de vida. Sólo un chiquillo al que todos creían estúpido, notó la sonrisa de alivio esbozada por el viejo al momento de expirar. 

Como un chiste que nadie más podría volver a escuchar. Mucho menos a comprender.




2 de diciembre de 2012



Le gustaba ser sombra, amaba ser una sombra colgada en las paredes de habitaciones ocupadas por amantes furiosos, yendo y viniendo entre los caminos que una lamparilla oscilante, trepidante, señalaba; amenazando caer al suelo y reunirse con la oscuridad (siempre tranquila, siempre insondable) que vivía de continuo bajo las camas. 





27 de noviembre de 2011

... también [debes saberlo] hay lunas intimidatorias que aparecen repentinamente en mitad de la noche. Uno se asoma por la ventana buscando inspiración en el cielo estrellado y se las encuentra:

parecen mirarnos a la cara con detenimiento, explorando en nuestra mente minuciosamente, como si quisieran provocarnos pensamientos pesados que nos saquen de quicio, hacernos desdeñar las seguridad de nuestro lecho durante el resto de horas antes del amanecer.

1 de junio de 2011

En una ocasión los tigres no salieron de su escondite. Pude ver que dormían profundamente. Inmediatamente, impulsado por una emoción incontenible, corrí en dirección a tu caverna. Me olvidé de que las historias antiguas, celosamente guardadas por los ancianos de la tribu, hablan de tretas en las cuales algún animal acecha a que los incautos salgan, olvidado el temor, creyéndose a salvo…

Por fortuna no pasó nada malo. A la mañana siguiente estaba feliz, tanto que al salir de la clínica los empleados se sorprendieron de que esbozara una sonrisa tan real, porque por lo regular siempre salía hostil, como buscando pelea con todo mundo a la menor provocación.

Es caro pagarles a esos sujetos para que me induzcan sueños fantásticos. Más aún lo es el contratar un paquete de onirismos a detalle. Tengo que conformarme con el precio más barato, ese de los sueños aleatorios, que incluyen siete sueños por semana, uno cada noche, y entre los cuales sólo encuentro ensoñaciones hermosas un par de veces si bien me va. Las demás son pesadillas, o solamente épicas que tienen lugar en pasados remotos.

Por ello trato de guardar bien tu rostro en mi mente, que es de las pocas cosas que me evaden del infierno de los días en la oficina. Malaquías se molesta cada vez que le hablo de ti en los descansos. Renuente a este pasatiempo extraño mediante el cual te conozco me dice “Son porquerías amigo. Bien sabes que eso no es real. Y encima vas y gastas tu dinero en esa droga desde hace, ¿qué, seis meses?”

No me importa. Además de hablar de ti por las mañanas, de pensarte de camino al trabajo, hago otras cosas. Ayer en la biblioteca leí sobre costumbres cotidianas de décadas anteriores. No me sorprendí de los divertimentos con los cuales se enajenaban los hombres en aquellos tiempos: partidos de fútbol, charlas cibernéticas, redes sociales primitivas en la red, la televisión… Al contrario todo esto pareció justificarme plenamente, como si la historia siguiera tranquilamente en cada uno de nosotros los habitantes solitarios, agobiados, que caminan entre la prisa y la duda en pleno siglo XXII.

Hoy por la tarde iré como de costumbre a la clínica. El azar puede depararme tu rostro y tu cuerpo otra vez. ¿En cuál de todos los escenarios, en qué tiempo, en qué lugar? Eso no lo sé, acaso es algo sin importancia. Vengo en el túnel, dentro de una cápsula que se desplaza a la velocidad del pensamiento. Las paredes pálidas, los murmullos que se asemejan al hastío, los rostros parcos de mis conciudadanos: todo esto que me rodea no hace más que aumentar mi gozo por las posibilidades reales de soñarte pronto.

12 de marzo de 2011

Inversión

Ciertos dioses niegan la posibilidad de mi existencia. No los culpo: sus altares me son inaccesibles cuando sueño.




7 de febrero de 2011

Inventiva onírica. Primera parte

Mis sueños son desordenados y fugaces. Son, si quisiera compararlos con un objeto bonito, como lluvia de estrellas. Queda bien la comparación: la lluvia de estrellas es una cosa que casi siempre se da en la noche (o que asociamos directamente con la noche), al igual que los sueños (que casi siempre asociamos con la noche); no podemos atraparlos porque apenas llegan se van, o los olvidamos (en el caso de los sueños); y ambos se suceden inmersos en la inconmensurabilidad: en un caso la del espacio, en el otro de la mente. 

Como yo no tengo alma de romántico o de resignado astrónomo, ya que no puedo atar a mis sueños al tiempo y a la narratividad, he decidido inventarme unos. No soy pretencioso. No quiero aprovecharme de la fertilidad de la ficción y así fabricarme sueños grandes, con historias fantásticas; sueños llenos de acción, de heroísmo, florituras y sobretodo belleza estética. 

Quiero hacerme sueños sencillos, comunes. Sueños que cualquier persona en cualquier lugar de la galaxia pueda ser capaz de soñar, no importando sus capacidades o las circunstancias de su vida. Sueños que no sean tan verosímiles que alguien al escucharlos relatar diga “¡Oye! ¡Eso te sucedió, no lo soñaste!”; pero tampoco tan elaborados que me grite mi auditorio “¡Vaya chico! ¡Menudo cóctel de narcóticos se ha preparado anoche!”. 

Sé que viéndolo así, de esa forma, luce como empresa difícil. Me dirán que me exijo demasiado, y quizás no estén tan equivocados si lo ven desde esta perspectiva. Pero es tanta mi necesidad de apresar esas estrellas fugaces, que estoy dispuesto a esforzarme mucho. Si no fuera por esta dificultad, de mí ni tendrían noticia.

26 de agosto de 2010

Qwertyasdf...

A veces se me sale de las manos sin darme cuenta. Es una palabra pequeña, insignificante, que no amenaza con lastimar a nadie ni a nada en el mundo. Si no tuviera un sonido, una forma, pasaría por un fantasma. Tan invisible es que me olvido de ella aún cuando permanece por horas, flotando en la habitación, entre los muebles de colores apagados y llenos de polvo. 

Es una suerte que sobreviva el tiempo suficiente como para que la escuches. Llegas muy cansada del trabajo, pidiendo esquina, a veces vociferas en contra de todo el mundo y me miras con unos ojos color catálogo funerario. No importa. Sentada en el sillón, derrotada por tus propias palabras, adviertes la presencia de la pequeña, que se te acerca con la cabeza agachada sin pedir nada. 

De pronto algo en la casa cambia. No son mis ideas, mis miedos o mis errores. No hay más alegría que la que nos compramos diario ni menos tristeza que la que adeudamos desde hace tantos meses y por la que estamos a punto de que nos quiten nuestros rostros. El departamento sigue igual de sucio, pequeño y oscuro. 

¿Qué es entonces? Sabes lo que es. Sueltas la carcajada, aflojas el cuerpo y te olvidas del mundo. No me dirás. Y la palabrita se extinguió hace unos cuantos minutos. Así, simplemente desapareció. Pudo evaporarse, disolverse, etc. Me siento utilizado. ¿Habré de amenzarte otra vez? No servirá de nada. El concierto de tu delirio termina y como si nada hubiera pasado te marchas en silencio a tu habitación. 

Me quedo en una posición ridícula, de pie frente a la puerta. Es como si estuviera desocupado, desocupado de todo, hueco e inútil. ¿Dejar escapar más palabritas aldrede para ver si se repite el extraño fenómeno? Intento, total que puedo perder. La boca se me traba, salen sólo sonidos guturales, chillidos y onomatopeyas. 

A la media hora esto se ha convertido en un caos. Hiciste bien en encerrarte, porque acá afuera se llena la casa de puras palabras nacidas a medias. Como si se tratara de una venganza, por traerlas al mundo incompletas, tullidas, cercenadas, deformes, se ponen a dar vueltas armando escándalo. ¿Abrir las ventanas, la puerta, para que salgan las malditas? Ya lo intenté. Pero si cuentas con nociones elementales de física y acústica sabrás que es inútil. 

Derrotado elijo la esquina de la alcoba para sentarme. No hay espacio, así que es buen lugar para dormirme en cuanto pienso que hacer. Quizás salgas pronto, impulsada por una emoción extraña. Quizás no. Abro las manos para ver si todavía quedan palabras por salir, pero no. Han salido todas de golpe.

7 de agosto de 2010

Time after time...

Este destierro de la razón me sienta bien, abandonarse a las playas del caos me permite recordar todo lo que eres y que no se sujeta a las definiciones, a las palabras. Como una canción de jazz, que en cada interpretación arroja algo distinto, pero que en todo caso se eleva hasta perderse en el horizonte. Apresarte, ¿para qué apresarte? Deja que el tiempo te analice, con su rostro de titán sin saber lo que significas. A mí me basta con cerrar los ojos y escucharte.



27 de julio de 2010

Lluvia

Los niños no lo vieron hasta que cayo al piso. Y eso porque escucharon el ruido que hizo contra el pavimento mojado de la avenida. Gente que corría de un lado a otro para protegerse de la lluvia, autos esquivos que salpicaban los charcos que se formaban sobre la superficie gris hacia las aceras.

Arriesgándose a un regaño de su madre, que discutía con la dependienta de la tienda de abarrotes, corrieron para ayudar al hombre que permanecía inmóvil sobre el asfalto. Al acercarse notaron algo extraño, que confirmaron días después en un noticiero nocturno.

Su piel, pálida como la luna, expelía un extraño vapor que ascendía poco a poco, confundiéndose en una primera instancia con el vaho. Su atuendo era común: una chamarra de un equipo deportivo, pantalones de mezclilla y zapatos deportivos. Sus ojos abiertos bullían, como si fueran huevos sobre un sartén calentados al fuego.

Las gotas de lluvia no resbalaban sobre su rostro, sino que parecían atravesarlo como proyectiles disparados desde el cielo, sólo que con suavidad, ninguna violencia había que se notara. Asustados, sin ninguna respuesta ni intenciones de saber que sucedía, los pequeños hermanos corrieron al resguardo de la madre.

"¡Mamá, mamá!", le gritaron en cuanto la tuvieron al alcance de la mano. "¡Ese señor, ese señor tiene algo raro, ven a ver!" Pero sus gritos no encontraron respuesta. La mujer no veía nada. Tampoco pudieron dar respuestas los del noticiero, sólo atinaron a señalar sobre una "horrenda silueta parecida a la de un cuerpo dibujada sobre una avenida de la colonia M., que despedía un olor parecido al azufre y de la cual quedaban todavía rastros como de gelatina gris que conforme pasaba el tiempo se iba derritiendo".

 No supieron nunca que aquel era uno de los últimos ejemplares de su especie, ni más ni menos que un Vampiro de lluvia, los cuales a diferencia de sus primos los vampiros comunes pueden salir a la calle a plena luz del sol, siempre y cuando no llueva.

Pero a pesar de todo a mí me queda la incógnita: ¿Acaso fue un sucidio, un descuido mortal de un Nosferatu que no pudo resguardarse a tiempo o un homicidio muy bien ejecutado? Quizás en esta historia eso sea lo menos importante.

10 de junio de 2010

Cada desierto es una mina de muerte, en silencio
Cada océano es un útero de vida, en silencio

Cada ciudad es una mezcla de seres, llenos de ruido
Que se debaten entre la angustia y la esperanza

Cada día cae en picada a las profundidades, muere
Cada noche asciende al firmamento, nace

Cada uno de nosotros, llenos de sueños
Que se debaten entre la memoria y el olvido

16 de marzo de 2010

La triste historia de mis zapatos viejos


El día de hoy al despertarme, noté que mis zapatos bailaban sobre el suelo, a un lado de mi cama. A pesar de que permanecí inmóvil contemplando la escena por horas y horas no pude adivinar que era lo que bailaban, si un viejo twist o una cumbia. Aunque después de pensarlo con detenimiento, quizás aquello no era un baile, sino más bien un delirio o una convulsión sufrida por mi calzado.

Probablemente mis zapatos se encontraban hiperactivos a causa de caminar por un campo de amapolas el día de ayer. O quizás sucede que mi pantalón de mezclilla, mi chamarra o incluso el gorro que me pongo por las mañanas al salir de casa son los culpables de todo.

¿La razón? Puede que mientras duermo, a escondidas de mí o cuando me meto a bañar (cuando las dichosas prendas de vestir se quedan a solas) le suministren alguna droga o estupefaciente a mis zapatos, tornándolos en el estado en que mencioné que estaban: fuera de sí, entregados a un furor desbordante, presas de una extraña demencia.

De ser así las cosas no habría otra que sentirme muy decepcionado. Sé que los tiempos son duros, que a falta de dinero hago caminar a mis zapatos más allá de un tiempo de vida para ellos razonable. Que en las últimas fechas han llovido verdaderos diluvios, lo cual redunda en la irremediable sopa de agua y lodo que de mis pobres zapatos termino haciendo. Que debido a mi ajetreado ritmo vida ya casi no tengo tiempo de lavarlos tan seguido en comparación a épocas anteriores.

Pero a pesar de todos estos inevitables contratiempos, sin duda funestos para ellos, no me esperaba este intento de escape, esta huída de su trágica realidad, este camino tan autodestructivo, esta caída suya en el vicio de la drogas.

Me queda el consuelo de que son conjeturas todavía. Debo de evaluar con detenimiento, investigar los argumentos a favor o en contra que sustenten la posible adicción de mis zapatos, con el objetivo de no precipitarme y tomar decisiones drásticas, de las cuales pudiera arrepentirme en un futuro.

Momentáneamente, como mera precaución he considerado la medida de amarrarlos por las agujetas de los pies de mi cama antes de irme a dormir, para asegurarme de no ver repetido el doloroso espectáculo aquel de mis zapatos bailando al compás de sus delirios en plena mañana. Como dije antes, aún resta mucho por hacer.

Por lo pronto no me queda más que desearles a todos ustedes que pasen unas muy buenas noches. Hasta Mañana.

10 de febrero de 2010

Animales de los espejos


En algún tomo de las Cartas edificantes y curiosas que aparecieron en París en la primera mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la Compañía de Jesús, proyectó un examen de las ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el Pez era un ser fugitivo y resplandeciente que nadie había tocado, pero que muchos pretendían haber visto en el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el trabajo iniciado por su pluma quedó inconcluso; ciento cincuenta años después, Herbert Allen Giles tomó la tarea interrumpida.

Según Giles, la creencia del Pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la época legendaria del Emperador Amarillo.

En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y se salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.

El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.

En el Yunnan no se habla del Pez sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas.


Jorge Luis Borges, Manual de Zoología Fantástica.

27 de enero de 2010

Perdido


Estoy perdido en este laberinto de calles cuyo nombre desconozco. El tiempo apremia: si no llego antes de las tres a tu casa, siento que te perderé para siempre. Me dan varias indicaciones los tenderos, los vecinos, los trabajadores de los pocos negocios que se hallan abiertos el día de hoy.

No sirve de nada. Todo se contradice, se superpone e incluso se repite sin ser verdad. Pareciera una de esas pesadillas tuyas, que me contabas con voz pasmosa, aquellas noches cuando dormías en mi casa pero te despertabas de improviso en la madrugada, sudando y gritando a un lado mío.

 Luego volviste a tu vieja residencia, esta que ahora no encuentro. Lo hiciste, según recuerdo, para no perderla. Y esos trámites burocráticos, esas frustraciones tuyas largamente vividas que no quiero recordar las tuviste en estos últimos meses. Al fin me anunciaste, que contra viento y marea, habías divisado tierra firme. “La casa ya es mía, puedes venir a verme”.

Y yo me emocioné, pensando en dormir en tu casa, coronando así largos sufrimientos mutuos. El tuyo tan directo, auténtico. El mío causa del tuyo, por lo tanto interpretado. Pensé en amanecer en tu habitación, que según me constaste era muy pequeña pero cuya luz que entraba por la ventana era suficiente para justificar nuestra presencia.

Pero ahora, desesperado, porque no encuentro la dirección precisada, porque no contestas el teléfono y porque tu amiga no me quiso decir nada (solo acusa que estás enojada, que me has dado una especie de ultimátum), estoy a punto de rasgarme las vestiduras y gritar en mitad de alguna de estas aceras desconocidas. 

¿Dónde encontrarte? ¿Dónde está la calle en que vives? ¿Por qué esta pesadilla absurda en la que me encuentro perdido? Una sola estrategia desesperada, impulsiva acierto a emprender. Gritar tu nombre mientras corro por cada cuadra cercana, deseando que en alguna de ella me escuches y me reconozcas. “¡Esperanza!, ¡Esperanza!”, escupo tu nombre al viento pero nadie me responde. 

25 de noviembre de 2009

Ese fracaso...


Renuncio a ser el mismo que aquel que escribe sobre ti en mis sueños. Lenguajes distintos nos llevan a caminos distintos. Manos de un mismo cuerpo sienten en universos completamente distintos. Puede que cuando toco tu piel este haciendo sólo un bosquejo. La obra terminada está allá, en lo inefable de mi sueño de anoche, hecha por un otro que desconozco.

Anhelo concluir tu retrato algún día. Por eso ensayo en cada ocasión que se me presenta, que bien puede ser la última. Te pido, te ruego. Que comprendas estas manos de despierto agotadas por el temblor; esta voz que pareciera apagarse en agónicos clamores; estos ojos de naúfrago, de enfermo, que tratan en vano de asirse a algún trozo de ti como de una isla o de una sanación.
No sabré cuando llegará la descarga, aquel estruendo que todo lo enmudece. Lo único seguro es que pensarte, crearte, será para siempre un acto del todo inconcluso. En medio de este universo de formas e ideas, objetos y sensaciones, tú eres para siempre mi obra inacabada. Trato de agotarte en cada sacudida, en cada cima, en cada abismo pero no lo logro. ¿Será este mi definitivo fracaso?

8 de enero de 2009

Aoristo












Majestuoso y sin moverse, tiró a un lado la única arma de la que disponía.

Enfrentó el amanecer con un par de brazos cansados y unas piernas famélicas, agotadas por recorrer todos los desiertos y todos los sueños posibles en los que son capaces de andar todos los hombres de la tierra.

Tocó su nuca y luego sus mejillas. Sintió el rumor seco de algo que se quemaba dentro de él, a punto de salir. Una ebullición, un temblor insólito se presentaba en todo su ser.

Intuía que era cuestión de tiempo, un momento quizás. O tal vez una eternidad. ¿Quién pudiera saberlo? De todas formas parecía que no contaba con una historia, algo anterior a ese momento. Tampoco un presente, porque acaso todo se desvanece apenas se respira. El futuro nunca lo creyó. Lo imaginaba como un capricho de los sabios y de los profetas, de los soñadores dictadores y tiranos, de los idealistas y de los meteorólogos.

Se dio cuenta que esto era algo que estaba pasando y que no había forma alguna de frenarlo. Hubiera sido posible el detener al general con su ejército que destruyó a todo un imperio, el frenar el sueño de aquel ególatra, el conseguir entorpecer la larga marcha de los que recorrieron la estepa. Maldecir aquel mar oceano para que aquellos nunca cruzaran al otro lado.

Todo aquello era posible, aún ahora, que era pasado. Pero en su caso, en él, nada. Todo era una larga espera, atemporal y silenciosa. Pensó en el mar, en el firmamento, en el fuego eterno, en la paradoja del movimiento, en el número, en la vida, en la muerte.

Una suave brisa, un murmullo. Una caricia, el grito de un recién nacido, la última respiración de el agónico, un disparo, el olor de la manzana. De pronto alguien, que hasta ese momento sólo lo estaba pensando, lo pronunció.

Luego, él desapareció.