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21 de octubre de 2017


Me cuenta una serie de cosas en las que apenas si pongo atención, porque yo lo que quiero es llegar a casa, meterme a la cama y masturbarme pensando en sus senos, ese par de promontorios que hacen las delicias de mis más profundos deseos. Pero, ¡ay!, soy un adolescente poco atractivo, con mi corte de cabello escolar, rostro grasoso y baja autoestima. Si hoy salimos al cine fue porque ella me buscó, quizá por nostalgia del compañero de clase conocido en la primaria, confidente por mucho tiempo de sus vivencias cotidianas. Y me martilla el pensamiento de que yo no soy el intrépido muchacho que se atrevería a robarle un beso, a tomarla de la mano mientras diga cumplidos simples como qué bonita te ves hoy, me gusta mucho salir contigo, ¿nunca te he dicho que eres la niña más linda que conozco? Por el contrario, no sé qué hacer ni qué decir, percatado de que ella me percibe como lo que realmente soy: el tímido adolescente con un absurdo bigote, que no sabe vestirse bien; un "niñito de mamá", en pocas palabras. Si supiera que por las noches, encerrado en mi habitación me convierto en hombre, con las paredes como mudos testigos de mi ascensión; arropado por mis ensoñaciones, mi nave dirigida por el enhiesto mástil que surca las aguas de la hombría; insignias todas como viva muestra de que soy alguien distinto al que ahora aparece  ante ella: este yo tan niño, flacucho y de voz aflautada que no sabe dónde esconder la cara. Ella está tan segura, porque es bellísima. A pesar de que sus cejas, mejillas y labios danzan continuamente, lo hacen siguiendo un patrón, como una armonía que la naturaleza fijó sabiamente para que admiráramos el género humano. Y yo me siento afortunado de tener ese espectáculo frente a mí, redondeado por su cabello-hierba fresca cayendo sobre sus hombros, la blusa como el firmamento en que me gustaría unir constelaciones utilizando las yemas de los dedos, piernas que son las columnas de Hércules, más allá de las cuales se encuentra lo desconocido. Pasamos varias calles a bordo del camión. Ni siquiera tenemos asiento. Mejor así. Me gusta alternar entre su imagen y la de la tarde cayendo frente a nosotros, deslizada por las ventanas, con esas luces artificiales de la calle en tránsito continuo. "Fugacidad, ella escapa de ti", me digo.

25 de agosto de 2016

El reloj de Horacio





Todavía se escucha, todas las mañanas, la alarma del despertador en la habitación de al lado. Elisa me dijo que esto era absurdo, pero yo insistí en que era como un homenaje. Más allá de mi voz burlona, se encuentra cierta nostalgia por las lejanas noches en que Horacio, sin levantarse de la cama, estiraba el brazo en dirección a su buró para tomar el reloj y girar el mecanismo con el cual se programaba la alarma. Siempre puntual, a las cinco de la mañana, oíamos el estallido atroz que marcaba el límite definitivo entre el sueño y la vigilia de todos los habitantes de la casa. Y era otra vez las imprecaciones de Elisa y Santiago, incorporados en el pasillo, dispuestos a arrojarle el endiablado reloj a su dueño, ridículos en sus pijamas celestes, dispuestos a regresar e intentar reanudar el sueño aunque fuera sólo unas pocas horas más, porque aquello era sencillamente imposible. Yo toleraba esta práctica innecesaria porque disfrutaba de ese rasgo tan tradicional que fracturaba la noche, como si fuéramos capaces de recuperar un poco de ese pasado trágico encarnado en amenazas nucleares, de simulacros expeditivamente realizados por todos nuestros padres, que hubieran sido capaces de salir con lo puesto con tal de salvar a su familia ante el estado de incertidumbre perpetua a causa de la bomba de neutrones y el hongo atómico. Y era mejor todavía, porque con esta cháchara Horacio se reía del progreso, ironizando el fin de la guerra y la firma del tratado de armisticio. 

En un principio aceptamos su solicitud de alquiler porque provenía de una familia acomodada, y el pago de su renta llegaba siempre a tiempo. Luego, algunos compañeros como Leticia y yo, comenzamos a apreciarlo verdaderamente por su incisiva inteligencia, cualidad que tanto escaseaba últimamente en los cafés del centro y que era las delicias de nuestras aburridas vidas, lumbrera alrededor de la cual desfilaban lo mismo discusiones de política que los comentarios de un disco de rock recién lanzado al mercado. Porque a diferencia de la mayoría de nosotros, Horacio era un hombre de ideas, que no sólo abastecía de propósitos a sus compañeros de piso, sino que también se erguía como faro de poderosas influencias que irradiaba a los inquilinos de otros departamentos universitarios, ya fuera en calidad de interlocutores o simplemente espectadores de sus tertulias, los cuales estaban igualmente ávidos de emociones, receptivos ante cada una de sus palabras. 

El reloj de Horacio y su espantosa alarma, capaz de despertar a todo el edificio, eran el símbolo de una marea cotidiana que subyacía bajo las camas bien tendidas de nuestra sociedad, que no iba a desvanecerse simplemente porque un grupo de hombres en levita hubieran inaugurado la era de las instituciones una generación atrás, sino que se alistaba para irrumpir y darles por donde menos se lo esperaban: poniendo en cuestión las benditas costumbres hogareñas por parte de sus hijos pródigos, todos ellos comandados por un desgarbado general de lentes y melena castaña, lector de poetas malditos y teóricos que alimentaban su profética sapiencia en el exilio. Así era en el interior 3-C, de lunes a viernes, cuando Horacio se erigía de golpe en su cama para los ejercicios gimnásticos de rigor, el café barato y el morral de piel. Las reverberaciones del reloj, apagado definitivamente por Santiago después de unos minutos en una segunda expedición punitiva, se continuaban aún en la partida de Horacio, en forma de sus pasos sordos por las escaleras, para luego perderse en la calle entre rumores de camiones recolectores y la oscuridad insondable de la madrugada. 

Yo me deleitaba imaginado secretamente que aquel muchacho salía a conspirar, como parte de un grupo de avanzada integrado por colegas de huesos valerosos y voces vibrantes que nunca conoceríamos, habitantes de inhóspitas buhardillas, poseedores de idénticos relojes clamorosos; y que así una de esas veces todos despertaríamos definitivamente con el sonido de una alarma más estentórea que anunciaría el estallido de una revuelta, dirigida (por quién si no) por aquel rostro cetrino cuyos ojos parecían brillar sin descanso. Pero me había equivocado. Horacio pronto perdió interés en las perspectivas subversivas de esta universidad pública, y apenas hubo terminado la ayudantía de profesor en el seminario de crítica social y económica, abandonó la ciudad sin siquiera pedirnos que continuáramos su tarea inconclusa. De todas formas, ¿cuál habría sido dicha misión? Nadie sabía, aún cuando derrotados en la languidez de nuestras tardes de café posteriores a su partida, todos nos mirábamos a la cara para preguntarnos por la chispa repentinamente apagada y la posibilidad de su resurrección. ¿Dónde encontrarnos más vivos? Quizás haya sido como tentativa de respuesta ante tan apremiante cuestión por lo cual decidí no sólo conservar el reloj olvidado por Horacio, sino continuar la tradición de su molesta chicharra. Tengo fe en que pronto averiguaremos el motivo por el cual despertamos tan temprano, y acto seguido ya estaremos, al igual que nuestro antiguo camarada, enfilados a la calle como almas que lleva el diablo, irrumpiendo con nuestros pasos por las escaleras bajo el influjo de una madrugada delirante que nos llama en una forma tan misteriosa como acuciante.




12 de julio de 2016

Melanoma





Siento cómo crece en mí con lentitud de gusano. Pasa por dentro y me deja la sensación de resequedad, de la cabeza a los pies. Creí que debía esperar a ser un anciano para hallarme convertido en ciruela pasa, pero el intempestivo acontecimiento de hace un par de meses cambió el rumbo de mi vida para mal. 
     Previniendo el temporal fui a la farmacia y compré muchos productos de empaques relucientes; vencí mi miedo a las empleadas de mostrador y expliqué síntomas, que de tan detallados me dieron fama de enfermo, y en un abrir y cerrar de ojos me vi apapachado por dos mujeres, quienes contaron su historia lentamente, para que pudiera percibir la importancia de la tranquilidad en el desastre. Pero yo no quería catarsis y las dejé en plena anécdota, arrebatando con presteza la bolsa de compras. Afuera el sol se complacía en una vanidosa contemplación de automóviles formados en hileras, destinando para mí sólo el saludo ultravioleta que yo no escuché (tan concentrado iba en mi línea de pensamientos). 
     Al llegar a casa Malena me dijo “Estábamos a punto de salir a buscarte. Pensamos que te había pasado algo”, y abrazándome con fuerza, sin esperar a que dejara las compras en el suelo, se soltó a llorar. Nadie me ha dicho todavía que mis palabras y actos están minando mi vida, que debo callarme y quedarme quieto. Sentir el bicho rastrero apagando las conexiones que he formado por años bajo mi piel; fijar la mirada en el espanta espíritus de la alcoba: son actividades más apropiadas para alguien que se está perdiendo a sí mismo. Y lo irónico de todo es que vienen a verme de día y de noche, abrazándome, estrechando sus manos sudorosas, desarrollando un tópico trivial que disfrace el dolor una media hora, por lo menos. Hacen de este rostro ojeroso y pálido un centro gravitatorio que atrae conversaciones, recuerdos, temores, sin pretender alejarse de manera definitiva. Vuelven con asiduidad; algo me dice que también buscan la comprobación, como si en el fondo supieran que esto es mentira, que solamente estoy abandonado a la soledad y pretexto que me estoy muriendo. Quieren que el gusano salte sobre sus piernas y penetre por sus poros; adquirir los filtros sepia con los cuales contemplar futuros tristes para así poder comprobar que no hay nada que hacer. 
     De quienes me rodean sólo a mi sobrina intento tomarle la mano con delicadeza, arriesgando una pregunta impertinente ante mi estado. Sus padres la han traído dormida todo el camino, porque salieron de casa muy de mañana. Encamorrada, se talla los ojos y abraza la muñeca mullida. Luego dirige un gruñido al espectro que le chulea su vestidito. La mamá lo arruina todo, pues a continuación fuerza más la imposible cuadratura del círculo y exige a su hija un agradecimiento por el cumplido, pero la pequeña Sara sólo se retrae más y me arroja una mirada fulminante. Comprendo su enojo, y agradezco ese gesto como ningún otro de cualquiera de mis semejantes durante la última semana. Su espontánea reacción es el fulgor de vida que me quiero devorar rápidamente, por ser el primero recibido en mucho tiempo, para ver si la garganta, ese conducto endurecido de tanto pasar saliva, se me deshace finalmente y deja paso al hueco insondable que quiero sea mi cuerpo. Los brazos de mi hermana y su esposo pescan de la mano a la niña envalentonada; se la llevan con prontitud de puertas que se abren y reproches acallados, hasta desaparecer en la claridad del jardín. Mientras, aquí dentro uno de mis hijos se instala a mi lado para tomar la estafeta de la convivencia, y cortesmente extiende sobre la mesa de centro el enésimo álbum plagado de fotografías en cuya contemplación mi esposa, hijos, nueras y amigos se deleitan. Me gustaría que aquí, rodeado de risas glaciales y ensayadas comodidades, pudiera apagarme de una vez para siempre. Ser un melanoma indistinguible en la penumbra.




1 de mayo de 2015

Donde se aquietan la lluvia amarga y un par de brazos



Trac, trac. Enciende la luz del cuarto de baño, y lo primero que encuentra es su reflejo, señalado en buena parte por unos ojos rojos que se fijan en el cristal empañado como preguntándose acerca de la inclemente madrugada que no parece terminar nunca. Apenas veintiséis años y ya no puede dormir, pensando en la cercanía de las enfermedades, las preocupaciones económicas y las perspectivas laborales que no llenan sus expectativas. Hace calor afuera, más allá del mosquitero presencias ocultas palpitan inquietas a causa de la pantalla de luz, aguardando la invitación para mejor colarse a la ceremonia del insomnio. Los dedos flacos y pálidos parten por la mitad aquel rostro, apareciendo un anaquel repleto de botellas, jabones, frascos y cajas humedecidas. ¿Habrá alguien que gobierne esos movimientos nerviosos o simplemente han cobrado vida propia? No está seguro, pues su cabeza ya había volado siguiendo la hebra que configuran pensamientos difusos, sostenidos apenas por la certeza de una cura, mínimo alivio para destellos de neurosis, picaduras de insectos invisibles habitantes de los rincones del alma. Todo él se expande por la habitación de azulejos floridos, al compás de una cierta respiración, mientras las yemas de los dedos leen etiquetas, rugosas prescripciones, objetos que se estorban en el preciso momento de su inutilidad recobrada, para desvanecerse en una estela de materia informe. Por fin llega a la cajita huraña, escondida tras restos de cotonetes y navajas de rasurar oxidadas. En su interior se agitan dos pastillas milagrosas, que hasta ahora permanecían en su largo sueño aséptico, como gobernando un tiempo desconocedor de vehemencias y palpitaciones. ¡Están aquí!, exclama jubiloso, y por un momento olvida la complejidad en ciernes que lo ha traído dando vuelcos, adelantándose a la pacificación, donde el yo se desvanece y todo se reintegra al mar calmo, fuera de cualquier experiencia, incapaz de percepciones clasificatorias, deseoso de desvanecerse en llamaradas oscuras, olvido y solo olvido de ser- estar. Con las manos quietas vuelve la puerta hecha de espejos, las sinapsis abrazan su recobrado dominio en conciencias claras y duraderas, donde cabeza-torax-miembros reconcilian su frenesí para ser conducto donde naufragará la sustancia activadora del sueño, cual nave cóncava ofrendada a la tormenta para apaciguar la furia de un dios enloquecido. Libación en agua de grifo, vaso de vidrio que se alza para reflejar a su manera los destellos crepusculares de una mente enferma, a punto de apagarse para no más pensar. Mañana persigue formas irregulares en las nubes, porque no hay otra cosa que comer en casa. Hoy, tan solo queda tiempo para dormir.


23 de junio de 2014

Infortunio



No pudo dormir esa noche.
Hasta el día de ayer se había desenvuelto con gracia; su vida era despreocupada, hacía lo que le gustaba y sentía que de ese trabajo obtenía todo lo necesario para ser feliz. Más aún: amaba y lo amaban.

Todo era bueno, pero después llegó esa voz aguda acompañada de una sombra, murmurándole al oído. Se percató de su forma ominosa cuando ya era demasiado tarde. Le había dicho: "oye, ¿ya viste que aquel tiene más cosas que tú y es por lo tanto más feliz?"

Desde aquel momento todo le sabe amargo. Los objetos que le rodean tienen un cariz insuficiente, como si alguien les hubiera extraído gran parte de la sustancia que los conforma, y solo fueran láminas de cartón colocadas a su alrededor que su mano pudiera desbaratar al menor contacto.




14 de enero de 2014




Cada noche al recostarme en la cama, decidido a dormir hasta que el sol se levante otra vez sobre La Tierra, me asaltan decenas de ideas poderosas, cada una de distinta envergadura, todas ellas pidiéndome atención, como si al hacerlo alguna pudiera salir para realizarse.

Pospongo el momento propicio para el sueño. Me levanto y enfilo en dirección a mi escritorio, donde un par de hojas blancas se muestran sorprendidas ante la aparición repentina de su sueño. Inquietas, agitándose en la oscuridad, parecen preguntarme: “¿Qué haces aquí? ¿Algo anda mal? ¿Vienes acaso a dictarnos algún pensamiento apesadumbrado, cierto padecimiento que aqueja tu alma de anciano solitario?”

Rodeo con cuidado el rectángulo de madera, sin perder de vista la diminuta superficie blanca que ondea como una llama purificando la noche. Contemplo aquella densidad etérea hasta que cae, como si alguien le diera la orden de extinguirse, y ya con la ventana de mi habitación completamente cerrada, sin corriente de aire que surque la habitación y maliciosa otorgue vida a mis pertenencias, me acerco a la silla acolchada color negro eternizada en su postura recta, esa que ha recibido tantas veces a este cuerpo indisciplinado sin lograr apaciguarlo o al menos conducirlo a destinos más prominentes (funcionario público, administrativo en alguna oficina empresarial).

Y mis piernas tiemblan como hacía mucho no temblaban, mientras acomodo la espalda por completo en el respaldo. Mi cuerpo es recorrido por un extraño escalofrío al posar las manos sobre el escritorio, cual si presintiera que algo malo está por suceder. Pero la habitación permanece en silencio, completa es su calma. Solo rechinan de vez en cuando los muebles, que de tan viejos resisten el paso de la humedad, el calor y las heladas a la manera de los gestos inmóviles de las estatuas de héroes. Los vidrios de las ventanas se cimbran en la noche, frágil frontera de los reinos que anuncia los bailes perpetuos del viento. Cada uno de estos accidentes vienen a saludarme, y mi alma les responde con un gesto humilde, piadoso.

El bolígrafo se apodera de mis dedos, siento como si de su oblonga superficie salieran invisibles tenazas que aprisionan la piel, completando la continua ilusión labrada por mi mente y de la cual no he logrado sustraerme hasta ahora de que existe una conexión fantasmagórica entre ciertos objetos y mis instintos más sediciosos. ¿Debería resistirme? ¿O más bien esperar para ver hasta dónde llegarán mis voliciones? Luego, ¿gritar? ¿Correr aterrado para refugiarme en mi lecho, cubrirme con las sábanas y tratar (de una vez por todas) de dormir?

Sí, todo sea para aumentar las posibilidades de poder dormir. Me digo “vamos ya, de prisa”, como si fuera un conjunto de actos impostergables. Comencemos. Escribo: “Hace varios días que no consigo cerrar los ojos…”





6 de junio de 2013

Y si las cosas salen mal...






Este minuto de angustia es más valioso que todos los otros, existentes en mí, ya finiquitados. Las mismas estaciones donde días atrás varios se arrojaron, dispuestos a terminar todo, quien sabe si anhelantes de una segunda, mejor oportunidad. Es difícil pensar en otra cosa cuando todo te cubre de golpe, desde dentro hacia fuera. No hay nubes negras, tampoco rostros delirantes. Solamente esta angustia, como un dolor punzante y persistente, que no permite pensar en nada. Las imágenes se agolpan con furia, y deseas que termine de una vez por todas aquel torrente. Cortar de tajo este estado, con lo que esté disponible a la mano. El silencio adquiere un cariz sanador, se vuelve una obsesión. Una vez ahí, ya no hay vuelta atrás.


Carla se acordó de todos los días que su madre le preparó el almuerzo: el trastecito color lila, tantas veces ocupado por sándwiches y ensaladas. ¿Dónde estaría ahora? Se mudó hace tantos años de la casa materna, y ahora tenía ganas de volver. Llegaría directamente a preguntarle “¿y mi trastecito lila mamá? ¿Todavía lo tienes?” Sí, seguro lo conservaba. Guardado en la alacena blanca, acompañado de otros enseres. Proyectaba la imagen de los trastes ordenados, en hilera, limpios. Quietud, la primera en muchos años. Luego se arrojó.


Me asomo por la ventana tratando de ver a las personas que esperan en la otra dirección. Están despreocupadas, como si supieran todo de antemano. Si alguien les dijera que mañana sucederá algo fatal en sus vidas, se trastornarían de inmediato. Pero volverían a la normalidad de inmediato.


Yo las envidio. Saludo con desdén al guardia de seguridad de la entrada. Anoche me dormí pensando en la muerte, y ahí sigo. Mañana en el cine seguramente olvidaré todo, abrazado de Miranda. Pero hoy está todo muy confuso.


En los periódicos siempre se muestran discretos con los suicidios. Ocupan un espacio bastante pequeño en comparación con otras notas, como aquellas que hablan de los asesinatos a sangre fría, los accidentes, los secuestros. Apenas unos cuantos detalles, casi nula información sobre el finado. Alguna conjetura, muy superficial.


Concretamente recuerdo a Alan, un amigo mío de preparatoria. El se suicidó hace unos años. Cuando pienso en su rostro intranquilo, contenido, pienso en el dolor que provocan los recuerdos. Es una asociación peligrosa. Y sin embargo notablemente clara. Los años pasan a nuestro alrededor, destruyéndonos poco a poco. Es inevitable la muerte, paulatina, nadie puede escaparse a ella. Pero él quiso enfrentarla de una buena vez. Para muchos alteró “el ciclo natural de las cosas”. Mi teoría es que el suicidio resulta horrendo porque pone en aviso algo que debe ser espontáneo, sorpresivo. Pero, ¿alterar el ciclo? Trajo la muerte a su vida, punto. Murió.


Tecleo con fuerza, miro al monitor. Los ojos me duelen, estoy enfrascado en mis ocupaciones. Nada me distrae. La mente trabaja a dos niveles, maldita sea. La atmósfera está enrarecida, hay una incomodidad. Será el calor. O simplemente son ideas mías.


Sabíamos que sufría, pero no nos imaginamos un desenlace como aquel. No acudí al funeral. No era tan cercano. Otros amigos si lo conocían más a fondo. Su perfil de la red social se llenó de mensajes póstumos. Había de todo: enojo, tristeza, dolor. Sorpresa. Mucha sorpresa.


Contemplo los rieles, tan inofensivos, no parece que a través de ellos fluya la corriente eléctrica. Si por accidente me cayera sobre ellos, me electrocutaría. Seguro moriría en unos segundos. Antes de que pasara el tren, sin violencia. Tal vez se detendría. Recogerían mi cadáver en unos minutos. Y ya.


No quise hacerles preguntas. Cosas como ¿cuál fue el motivo? ¿Cómo lo hizo…? Los días y noches siguientes no pude dormir. Pensaba y pensaba en su desaparición. En el instante en que dejó salir su último respiro. Y después solo un montón de carne. Sin misterios, sin sueños, sin imágenes. Todo se detiene para siempre. Un mundo de significados se desintegra, irremplazable. En ese instante algo de nosotros se murió para siempre: lo que de nosotros conocía Alan. Nos arrebató una perspectiva de nuestra existencia. Sin nuestro permiso. Pero, aunque siguiera existiendo, ¿qué importa? ¿Qué importa su muerte para nosotros, hoy y de ahora en adelante?


Llego a casa en la noche. Hay una oscuridad y silencio casi completos. Mis tripas gruñen. Tengo hambre desde hace varias horas. Mis piernas, ojos y espalda acusan cansancio. Me comunican su vida. Son más fuertes que mis pensamientos, que apenas surcan por mi mente se desvanecen. Esos que se despiden de mí ser con sutileza. No hay ceremonial, simplemente se van. No obstante, sigo siendo el mismo.


Tuve la idea, hace algunos meses, de hacer un álbum de recortes de periódico. Su contenido, quizás desagradable para algunos. Suicidios. Desistí. Solo logre juntar unos cuantos pedacitos. Los buscaré. Tengo ganas de leerlos.


Y otra vez en la cama, tratando de dormir. Contemplo el librero de mi habitación, sin poner atención en sus formas. Algo se dibuja dentro de mí, pero no quiero que siga. En unos minutos dormiré, pero ahora estoy inquieto. Trato de pensar en lo que haré mañana.
Eso siempre ayuda. De pronto ya estaré en otras cosas.


Los dos psiquiatras que me atendieron, muy serios pero amables, escuchaban todo con atención. Ellos, ¿alguna vez…? Seguramente. ¿Qué pensaban en aquellas noches? ¿Se imaginaron que atenderían a muchachitos deprimidos en el futuro? Dejé de asistir un día, sin motivo. De alguna forma me sentí mejor. Hay crónicas de eso en algunas hojas de cuaderno. Pero nada más. No quiero dar testimonio de lo que sentía por aquellos días. Es mejor olvidarlo porque ¿a quién ayuda?


Nunca termine una historia ideada hace varios años sobre un par de amigos, uno de los cuales se suicidaba. El título era bastante rebuscado. Algunos párrafos, y ya. Como muchas otras cosas que empiezo y nunca termino.


Quisiera estar contigo en estos momentos. Abrazado a tu cuerpo. Sentir que no hay nada más en este mundo. Vivir para siempre juntos, lejos del mundo. Que egoísta. Que grotesco. Es una idea romántica bastante enferma. El contraste no ayuda.


Entre ayer y hoy varias sensaciones. Nada nuevo, me pasaría igual si estuviera de vacaciones, fuera de casa. De niño era muy callado, no tenía muchos amigos. El único que tenía era un primo cercano. Pero no jugábamos mucho. Casi todo el tiempo estuve solo. Y eso no ha cambiado mucho que digamos.


En mis sueños hay lugares que en verdad existen, acontecen cosas que no recuerdo al día siguiente. Solo quedan sensaciones, que de tan vívidas me inquietan. Seguro ya lo pensó un escritor: el sueño es la puerta a otra vida, un vaso comunicante a un yo alterno, que en esos momentos vive en alguna parte del universo. Nos colamos a flashbacks de su propia vida, por eso al día siguiente no entendemos nada. Solo lo haríamos de ser él mismo.


Por otra parte, el único velorio al que he asistido es al de mi abuela Sandra. Ninguno más. Ni falta hace. Ella murió de cáncer. Fue una muerte lentamente anunciada, todo lo contrario a la de Alan. Los pongo como polos opuestos, cuando en realidad son personas, no sirven de modelos para nada. Vivieron, murieron, con circunstancias personales que de tan distintas se pierden en una heterogeneidad de la cual nunca pude conocer ni una milésima parte. Pero están en mis pensamientos. Cuando recuerdo la muerte, ahí están. Cercanos, danzantes, como si estuvieran vivos aún.


“Y si las cosas salen mal” pienso. “Y si las cosas salen mal”, seré pronto uno de ellos. Acaso alguien pensara en mí. Seré un modelo cuando otro piense en la muerte, pero yo no estaré ahí. Será mi tragedia: un anuncio en el periódico sobre un fatídico accidente, algún impulso adolescente, estar en el lugar y tiempo equivocados. Fuera de toda teorización, de toda vivencia.


Los últimos días de mi abuela son los recuerdos más dolorosos de mi vida. Creí que podría lidiar con ellos, pero no. Pienso en ellos y vienen a mi mente imágenes repletas de angustia. Una extraña culpabilidad, de estar bien, mientras ella se moría. No poder hacer nada. Almacenar eso como se almacena un dato histórico para un examen final. No tener alternativa más que la propia vida, la inmensidad de la vida.


¿Qué le diría a Alan si pudiera hablarle de nuevo? Preguntas tontas, seguramente. Nada verdaderamente significativo. Ese tipo de sentencias que definen lo que somos, ¿por qué son tan difíciles? Quisiera verlo de nuevo, su rostro, lleno de conflictos sin resolver. Su endeble humanidad, perdiéndose en instantes irrecuperables. Decirle “oye, sin proponértelo ya estás muriendo. Lentamente, igual que todos”


Retomaría mi historia de los amigos, uno de ellos suicida. Omitiría nombres. Echaría mano de mi imaginación, porque no era cercano. Tendría que pensar cómo es enfrentarte a esa situación sin haberla vivido. Pura ficción y especulación.


Me levanto para tomar agua. En poco tiempo amanecerá. Levanto el cuaderno de apuntes arrumbado en el escritorio, busco la última página. Leo lo que escribí ayer: “en todas las noches hay ideas, y todas esas ideas también tienen su reverso: sus propias noches.”


Por primera vez siento el impulso por remontar el tiempo en dirección contraria: pensar en mis muertos de otra manera, su más lejano pasado. Esos días cuando niños, de los cuales hay testimonios en fotografías familiares. Mi madre conserva algunas de mi abuela, habrá que buscarlas. Así como traté de imaginar de nuevo el rostro de Alan tal y como lo recuerdo de la última vez que lo vi, trato de soñarlo como fue cuando pequeño. Tres, cuatro, cinco años a lo mucho. Y las ideas no tardan en salir:


“En esos patios inmensos del jardín de niños, Alan pasó los mejores días de su vida. Se le distinguía de sus compañeros de clase porque su madre lo vestía con tirantes, y continuamente se le desabrochaban las agujetas de los zapatos. Era bastante inquieto, y muchas veces se llegó a pelear con otros niños. Incluso una vez, por ejemplo, le pegó a una niña.”


Me pregunto si mi abuela pasó años felices en su infancia. Su historia tendrá lugar en una ciudad distinta. En ella no existe la violencia de hoy en día. Los camiones son escasos, no hay tanta contaminación. El cáncer es algo que de tan lejano se antoja imposible, no solo para ella, sino para todo el mundo. De pronto todos están vivos, ya nadie muere. Tomada de las manos de una tía, que fue quien cuidó de ella, Sandra camina por un mercado popular. Contempla con asombro los puestos repletos de legumbres, frutas y semillas, guajolotes, gallinas. El mundo asoma de repente ante su presencia. Está todo contenido ahí, incluso… incluso “eso”, oculto, velado. Pero ella no lo sabe. Hay una imagen que queda grabada en su mente, quien sabe si para siempre: un niño que desgrana elotes en un puesto, sentado en una sillita de madera, la mira de repente. Tema trillado, pero increíblemente milagroso: las miradas de ambos se cruzan por un instante. Suficiente: algo de la vida de ambos ha quedado arrancado, secuestrado para siempre. Cuando desaparezcan de este mundo, cuando las cosas salgan mal, quizás persistan en el otro: un pedazo de la vida de la abuela Sandra no habrá de sufrir el mismo destino que todas esas perspectivas de saber que Sandra murió habitantes en quienes la conocieron y trataron íntimamente. La abuela Sandra quizás está viva ahora, en lo más hondo de los recuerdos de un asilo para ancianos, en una casita de cartón, durmiendo al cuidado de ciertos bisnietos.


No quiero dejar de escribir, pero el agotamiento se vuelve más y más grande.

Antes de volver a dormir pienso otra vez en Alan. Ahora lo veo corriendo presuroso tras un balón, en alguna tarde de secundaria. Antes de llegar, se resbala. Su caída es tan graciosa que todos los compañeros estallan en risa. Pero la acción sigue: ahora ya están de nuevo en el partido de fútbol, bajo un sol a plomo.


Cada quien debería tomar aquellos modelos de muerte y trasmutarlos en historias. Así, hasta el infinito. Hasta que no podamos más, y nos llegue a nuestra vez la propia muerte. Volvernos biógrafos de los momentos más triviales, más anecdóticos de aquellas presencias que nos dan vueltas y vueltas en la cabeza, luchar con ellos en ese infinito instante, en ese eterno retorno del que habla cierto pensador.


“Y si las cosas salen mal”, me digo. Y cruzo las esquinas, abordo los autobuses, camino por calles oscuras, avanzo a tientas en el cuarto de baño con los ojos y plantas de los pies cubiertos de jabón. “Y si las cosas salen mal”, como en el caso de la abuela Sandra, de Alan, de tantos otros muertos: Judith, Angélica, Leonardo, Norberto, Jessica, con sus últimos rostros, su último dolor, su último pensamiento que nunca conoceré pero que intuyo en mis propias vivencias.


Camino por el pasillo, el espejo del fondo me devuelve mi imagen. Lentamente se hace más borrosa, como si alguien moviera todo en torno a mí. No sé si repentinamente se oscurecerá todo por completo, o si seguirá igual por algún tiempo.

“Y si las cosas salen mal…”, murmuro antes de terminar.




10 de abril de 2013




En la anquilosada sabiduría del líder de la tribu, subsistían ciertas corrientes subterráneas, riachuelos diminutos, goteras de su alma magnífica. Pocos advirtieron la necesidad de peregrinar en su búsqueda. La mayoría se detenían distraídamente para admirar su meditación, escuchar perplejos los aforismos que pronunciaba cada mañana mientras paseaba por el pueblo.

Cuando el líder cayó presa de una fiebre contraída en algún punto de su longevidad centenaria, esa mayoría se limitó a elogiar la fuerza, entereza y coraje de espíritu que había conservado hasta sus últimos momentos de vida. Sólo un chiquillo al que todos creían estúpido, notó la sonrisa de alivio esbozada por el viejo al momento de expirar. 

Como un chiste que nadie más podría volver a escuchar. Mucho menos a comprender.




5 de diciembre de 2012

Reaparición



Volvieron a tener noticia de él cuatro años después, cuando se lo encontraron caminando por la calle; iba con los brazos pegados en los costados, como colgando, inanimados, una mera extensión de sus hombros fornidos. Las piernas también se movían con dificultad; a través de su rostro asomaban pequeños retazos de un pasado que trataba de negar esbozando una sonrisa fingida, replegado todo su ser en aquel abrigo monumental color negro comprado hacía muchos años en el tianguis de La Lagunilla, el cual nunca se quitaba de encima (aún cuando hiciera, como ese día que lo vieron, bastante calor)




3 de diciembre de 2012

Autobús



Ignoraba su tono de voz;
quizás el tiempo de escucharla no llegaría nunca.

Destinado a contemplarla inmóvil, tan distante. 
Viajando juntos, lado a lado, solo por esta noche. 

No puedo abrir un mundo entre nosotros, 
ella permanece dormida.




2 de diciembre de 2012



Le gustaba ser sombra, amaba ser una sombra colgada en las paredes de habitaciones ocupadas por amantes furiosos, yendo y viniendo entre los caminos que una lamparilla oscilante, trepidante, señalaba; amenazando caer al suelo y reunirse con la oscuridad (siempre tranquila, siempre insondable) que vivía de continuo bajo las camas. 





4 de diciembre de 2011

Sombreros

En tu breve historia del mundo sobran los sombreros. Quitárselos a tus mejores personajes, eso es lo que te sugiero que hagas. Detesto tus imágenes tan pobladas de detalles, que si una sombrilla de colores en aquella señora, que si una pipa en el anciano ese...


¿No te das cuenta que en estos días todos andan vestidos de lo más sencillo por las calles? Atrévete a mirar por encima de tu ventana, a cualquier hora del día. Las mujeres ya no usan bolsos, los hombres van a trabajar con un morral de lo más ordinario, incluso los niños que antes se atiborraban de cajas de cartón para caminar con ellas sobre la cabeza o que jalaban latas de aluminio atadas con cordeles, han desaparecido. 


Urgan todos ellos, eso sí, sus bolsillos. Los mueve aquella prisa fastidiosa que se debate por salir de cuadro o permanecer inmóviles en una esquina, optando casi siempre por la primera. Persíguelos hasta donde alcance tu mirada, cuando desaparezcan en el interior de un autobús o detrás de una puerta. Y ahora sí, con aquellas imágenes simples, sencillas, trata de evocarlos en el interior de tu conciencia.


Coge el bolígrafo lentamente, al tiempo que te hundes en los murmullos del presente, esos que nadie puede desechar a menos que comience a pensar en otra cosa. Manténlos un poco, como si contuvieras la respiración. Y ahora sí, mientras das rienda suelta a ese caballo desbocado que has arengado durante largas horas, te percatas de que las palabras salen, con una extraña soltura que no conoce adorno alguno en su apariencia.  




27 de noviembre de 2011

... también [debes saberlo] hay lunas intimidatorias que aparecen repentinamente en mitad de la noche. Uno se asoma por la ventana buscando inspiración en el cielo estrellado y se las encuentra:

parecen mirarnos a la cara con detenimiento, explorando en nuestra mente minuciosamente, como si quisieran provocarnos pensamientos pesados que nos saquen de quicio, hacernos desdeñar las seguridad de nuestro lecho durante el resto de horas antes del amanecer.

29 de septiembre de 2011

Ayuda

Doce señoritas del Colegio de Monjas, formando una fila india a la entrada del museo. El sol está pegando fuerte, hace que se impacienten aquellos retoños vestidos con sus faldas largas color negro, sonrisas en flor, cabellos dulcemente recogidos con un broche sobre la cabeza. Platican en voz baja. Son pocas las oportunidades que tienen de salir y divertirse.

"...Ayúdame Señor a inculcarles los valores cristianos a estas señoritas, como hasta ahora lo has hecho...", piensa Sor Inés, vigilándolas a unos pasos de distancia. Curtida en la férrea disciplina femenina, aquella anciana se debate últimamente entre la amargura y un amor cada vez más profundo hacia Dios. Pero la edad no perdona, y en lugares como este es que se da cuenta de las fuerzas perdidas.

"Qué distintas, Señor, las muchachas de hoy a las de mis tiempos. Antes, era muy común la vocación religiosa, era un orgullo en las familias el que sus hijas acariciaran la vida casta y el servicio hacia Dios de por vida. En cambio ahora... ahora se ve a la religión y las escuelas como la nuestra, como los únicos resquicios de la vida capaces de orientar y salvaguardar almas frágiles y confusas como son las niñas en este país."

Era cierto. Los padres de familia, recalcitrantes católicos, o simplemente angustiados hombres y mujeres con la esperanza de sacar adelante a sus hijas, veían en la escuela de monjas la oportunidad para sortear las turbulencias propias de la etapa juvenil de sus hijas.

"Después... Pobres, se extravían por completo. Pero, ¿qué le va uno a hacer?" Contempla el cuadro tan alegre que se desarrolla frente a ella. A pesar de no ser perfecto, pues imagina las dificultades internas de aquellas jovencitas, piensa que esta será la mejor época de sus vidas. Después... quién sabe. A lo mejor llegarán a ser buenas esposas, o buenas profesionistas. Buenas cristianas en todo caso.

Pero, ¿y si no? Las posibilidades se multiplican, atroces combinaciones, cualquiera de ellas capaz de llevarlas a perder su alma. Los padres y las madres, llorando detrás de un féretro, suplicando por la salvación de la niña muerta por una sobredosis, una golpiza de su marido, una enfermedad mortal contraída con un extraño... Cuanto sufrimiento podría evitarse.

"Decirles que busquen bien en su corazón, que sepan lo que quieren. Encontrar esa voz, hermosa, fuerte, invitándolas al único amor verdadero, al amor divino, que lo purifica todo..." Quisiera contagiarlas de ese calor inefable, sentido muchas décadas atrás, cuando recibiera los votos, pero le es imposible.

Las puertas del museo se abren. Las hermanas, compañeras de la órden, forman una valla alrededor de las niñas, hablándoles con claridad: "boleto en la mano señoritas". Una a una, entran en el ámbito oscuro del gran salón, desapareciendo sus voces detrás de los regaños de las profesoras, volviendo una vez más al órden y la disciplina. La hermana Inés pronuncia el amén de una oración, encaminándose, la última de todas, en dirección al recinto, desapareciendo por las puertas de cristal, adivinándose como una diminuta sombra desde fuera.


6 de julio de 2011



Seguí el rastro que dejaba sobre la arena, emocionado de finalmente poder atraparla, pero cuando llegó a la playa dio un salto, sumergiéndose en el agua... y la perdí para siempre



1 de junio de 2011

En una ocasión los tigres no salieron de su escondite. Pude ver que dormían profundamente. Inmediatamente, impulsado por una emoción incontenible, corrí en dirección a tu caverna. Me olvidé de que las historias antiguas, celosamente guardadas por los ancianos de la tribu, hablan de tretas en las cuales algún animal acecha a que los incautos salgan, olvidado el temor, creyéndose a salvo…

Por fortuna no pasó nada malo. A la mañana siguiente estaba feliz, tanto que al salir de la clínica los empleados se sorprendieron de que esbozara una sonrisa tan real, porque por lo regular siempre salía hostil, como buscando pelea con todo mundo a la menor provocación.

Es caro pagarles a esos sujetos para que me induzcan sueños fantásticos. Más aún lo es el contratar un paquete de onirismos a detalle. Tengo que conformarme con el precio más barato, ese de los sueños aleatorios, que incluyen siete sueños por semana, uno cada noche, y entre los cuales sólo encuentro ensoñaciones hermosas un par de veces si bien me va. Las demás son pesadillas, o solamente épicas que tienen lugar en pasados remotos.

Por ello trato de guardar bien tu rostro en mi mente, que es de las pocas cosas que me evaden del infierno de los días en la oficina. Malaquías se molesta cada vez que le hablo de ti en los descansos. Renuente a este pasatiempo extraño mediante el cual te conozco me dice “Son porquerías amigo. Bien sabes que eso no es real. Y encima vas y gastas tu dinero en esa droga desde hace, ¿qué, seis meses?”

No me importa. Además de hablar de ti por las mañanas, de pensarte de camino al trabajo, hago otras cosas. Ayer en la biblioteca leí sobre costumbres cotidianas de décadas anteriores. No me sorprendí de los divertimentos con los cuales se enajenaban los hombres en aquellos tiempos: partidos de fútbol, charlas cibernéticas, redes sociales primitivas en la red, la televisión… Al contrario todo esto pareció justificarme plenamente, como si la historia siguiera tranquilamente en cada uno de nosotros los habitantes solitarios, agobiados, que caminan entre la prisa y la duda en pleno siglo XXII.

Hoy por la tarde iré como de costumbre a la clínica. El azar puede depararme tu rostro y tu cuerpo otra vez. ¿En cuál de todos los escenarios, en qué tiempo, en qué lugar? Eso no lo sé, acaso es algo sin importancia. Vengo en el túnel, dentro de una cápsula que se desplaza a la velocidad del pensamiento. Las paredes pálidas, los murmullos que se asemejan al hastío, los rostros parcos de mis conciudadanos: todo esto que me rodea no hace más que aumentar mi gozo por las posibilidades reales de soñarte pronto.

7 de mayo de 2011

No sabía que las mujeres crecían en los árboles frutales del otro lado del reino. Alguien tuvo que decírselo. Hasta entonces el pobre se había pasado las noches en vela ideando complicados estratagemas con el fin de conquistar a una linda muchacha y hacerla su esposa. Todo esto sin éxito alguno.

Cuando tuvo noticia de lo fácil que era ir hasta ese lugar, trepar con una escalera hasta alguna de las numerosas copas de aquellos árboles y pedirle a una de las mujeres que en ella vivían que regresara con él al reino, fue presa de un júbilo sin igual.

Desafortunadamente fue tanta la emoción del joven campesino por la noticia que cayó enfermo de fiebre. En medio de sus delirios se veía recorriendo las praderas a caballo, veloz y empujado por un frenesí inusitado, el aire frío del próximo invierno golpeando contra su frágil cuerpo, la vista en el horizonte, allá a lo lejos donde comienzan los bosques en los límites del reino.

Así estuvo varios días. Una tía anciana la cual tenía sus propios achaques, su padre el cual estaba medio sordo y jorobado por completo, eran su único sostén. La penosa situación en la cual se hallaba sumido a causa de sus deseos no hacía más que dar quebraderos de cabeza a los humildes campesinos.

Decidieron que si el joven habría de morir pronto lo hiciera lejos de ellos, tratando de completar su hazaña. De todas formas moriría, pensaban con resignación, que mejor que morir en su viaje que en una cama de paja en el pequeño granero.

Partió entonces el campesino, todavía con fiebre y delirando. Fue una noche fría. El invierno llegó para su desgracia anticipadamente. Cubierto con frazadas y ropa de lana, partió inmerso en la oscuridad, alentado únicamente por sus sueños juveniles, que para efectos de las gestas heroicas antiguas era algo más que suficiente como para regresar victorioso de cualquier empresa arriesgada.