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1 de mayo de 2013

El grito no es sin sentido (o como la palabra debe aprender a gritar)





La propia experiencia cotidiana parece indicarnos que la palabra, bien articulada, estructurada en forma de discurso ordenado, claro y distinto, prima sobre la expresión corporal, un tanto apresurada e instintiva del grito. En la evolución del lenguaje, se nos dice, las palabras son el refinamiento, la perfección de eso que en un principio fue grito.

Gutural es todo aquello que nace de las entrañas. Es la expresión espontánea del dolor, la sorpresa, el miedo, el placer. No necesita sintaxis, gramática, traducción. Acaso la particularidad en la expresión de todas esas gargantas que han gritado desde que la humanidad existe resulta ser en realidad una gran mentira: simbólicamente el grito no conoce tonalidades, avanza en todas direcciones, saltando épocas y culturas con una significación bien definida.

Más que ser un sin sentido, el grito puede interpretarse como lenguaje y expresión subversiva, disruptiva, estandarte universal de aquello que no se puede pero que, no obstante, se quiere decir. Simbolismos aparte, nuestra boca arroja el grito después del largo viaje por la garganta, esófago y pulmones. Sí. Pero podríamos pensar que su camino se gesta en las elucubraciones más hormonales, nerviosas, incluso gástricas de nuestro propio ser. El grito está en la frontera de los pensamientos más racionales, los versos más profundos, los deseos más instintivos y las intenciones más simples, amables, desinteresadas.

Quiero hablar sobre el grito no como un acto meramente fisiológico. Tampoco en su sentido abstracto. Quiero hacer notar las implicaciones que puede abrir la pregunta por el grito en la encrucijada del cuerpo y el pensamiento, así como denunciar la connotación de acto sin sentido que ha primado dentro del universo de lo humano entendido desde su expresión discursiva.

Grito es pedir ayuda, es enarbolar una consigna; primera reacción cuando se llega al mundo, también ante la inminente partida de el. Grito es expresión de gozo y placer. En todas ellas grito es poner nuestra más profunda esencia humana en contacto con el mundo, hacer saber que estamos inmersos en él y que queremos manifestar algo de nosotros en él.

¿Quién, o más bien qué grita desde dentro de nosotros? ¿Gritamos desde el alma, grita la razón, el inconsciente o solo se trata de una vocalización ruidosa en la que el aire pasa a través de las cuerdas vocales con mayor fuerza que la utilizada comúnmente? Haríamos bien en preguntar el origen del grito en su asociación fisiológica y emocional, en ese intento de explicarse, de comunicar al otro esa felicidad, sorpresa, peligro, dolor y placer, pero también en el carácter indeterminado de nuestro ser.

Gritan los simios, los mamíferos. Gritan todos los animales dotados de pulmones. Visto así, el grito humano ¿no tiene nada de especial? Más aún, ¿puede ser el grito algo más que una reacción arracional en el ser humano? En su forma primordial, aquella que no ha cambiado nada desde los hombres nómadas que se refugiaban en cavernas hasta nuestros días ¿el grito está, como en el caso del idiota de Benny Compson “lleno de Ruido y Furia, sin significado alguno”?

En las películas de terror se grita ante la aparición de la criatura monstruosa, del asesino y/o psicópata que viene hacia nosotros. Grito como expresión del temor ante lo desconocido, como alerta ante aquello que atenta contra la preservación instintiva de la vida. Contra aquello que me amenaza.

Pero el grito también pone en aviso, alerta de otra manera. Parte en dos la pretensión positivista, ilustrada, del mundo ordenado, uniforme, pleno de certezas, capaz de ser explicado por vía de la razón, mismo que encuentra en la economía de libre mercado su modelo más exagerado y pervertido. El grito irrumpe en ese pretendido orden de cosas, esa caricatura contemporánea donde se supuestamente se encuentran las claves para resolver todos los problemas sociales del mundo y alcanzar la “vida buena”.

Más que un sin sentido, el grito es la denuncia, el acto de libertad que es al mismo tiempo manifestación del cuerpo que del pensamiento. El grito condensa la representación del cuerpo y el espíritu, no es completamente ninguno de los dos, pues su materia es audible aunque inasible. Escuchamos el grito y sabemos que detrás de él hay un rostro, ciertos gestos, un puño levantado al aire, pero también que existen en él ciertas ideas, un pasado propio, experiencias acumuladas, una memoria llena de imágenes y sueños.

Todo se agolpa en el instante del grito. En él se recupera la dimensión oculta, visceral del hombre, ese desgarramiento que es condición esencial de la vida y que Nietzsche identificaba con lo dionisiaco: esas fuerzas que yacen en las profundidades de nuestro ser, imposibles de ser representadas, y que para poder sobrellevarlas, soportarlas, fueron sublimadas en el arte y la ciencia.

Así como en los Misterios de Eleusis, ceremonia que solo los iniciados podían presenciar (siempre de manera mediada, nunca directa) Dionisio surge de las profundidades de la tierra para traer al mundo ese carácter subterráneo, terrible, donde vida- muerte y destrucción- creación se funden, el grito surge de las profundidades del hombre para significar aquello que no se puede decir, que solo puede ser intuido.

Es importante ahondar en esa coyuntura del cuerpo y el pensamiento: tiene convicción, pues piensa tanto con el estómago como con los sesos. Se sabe terriblemente terrestre, finito, minúsculo como la hormiga. Sabe que aquello que lo provee de vida alguna vez se pudrirá bajo la tierra. Pero también que su destino es, mientras exista, tenderse a volar con su sonido hacia los cielos, de ser creado como espíritu aéreo, inmaterial, eterno, infinito, dispuesto a codearse con el Topos Uranus; con el orden divino de las ideas en sí. Con la verdad. Son los límites que se traspasan continuamente, sin terminar de transgredirse. Su doble naturaleza es apolínea y dionisíaca.

El grito es el vehículo con el cual el hombre se manifiesta y protesta ante las creaciones multiformes que ciertas elites han ideado con el propósito de poblar el mundo de individuos con cabezas cuadradas. Pero también contra la replicación que esos mismos individuos realizan inadvertidamente en sus relaciones cotidianas con sus semejantes, que heredan a su progenie cual funesta Caja de Pandora.

Es ese carácter contestatario, el modo usual de denuncia en manifestaciones multitudinarias de países como el nuestro, donde impera la miseria, la violencia, la corrupción, la riqueza de unos cuantos a costa del sufrimiento de muchos, (mismas que se convierten, en el mejor de los casos, dentro de las versiones oficiales en anecdotario de periódicos, ediciones nocturnas de noticieros ávidos de la carroña nota-que-vende, pero que no abonan nada).

En el grito se expresa el enojo, la frustración, la impotencia, pero también asoma la energía, la voluntad de seguir repitiendo el nombre de los activistas, hijos-padres-primos-amigos perdidos, renovando su memoria, una y otra vez para recordarnos quiénes somos y por qué luchamos… por qué vivimos.

Así, el grito es otra forma de hablar; frente al discurso cotidiano la palabra se dice de otra manera: la hace decir cosas que habitualmente no diría. Se arriesga. El discurso vocal que usamos de ordinario debería aprender del grito su carácter imaginativo, lúdico, ese que usábamos cuando niños, correteándonos por los patios, llamándonos con numerosos nombres, invocando diferentes mundos, multiplicando espacios en donde ante los obtusos ojos adultos no los había. El discurso debe hacerse niño, y gritar.

Verdaderamente el grito es, como nos enseñaron nuestros padres y maestros: una falta de respeto. El que comienza a gritar se aleja de los demás, llama al sin sentido, es un maldito neurótico. Mas esa falta de respeto tiene su carácter propositivo cuando es una falta ante el falso respeto, ante el respeto que en realidad es temor a disgustar, a incomodar. El grito es reprimido, si nos ponemos psicoanalistas, porque pone sobre aviso sobre una parte de nosotros que no debemos dejar salir si es que no queremos meternos en problemas. La ausencia del grito en nuestras vidas es también, aprendemos a creer, garante de que todo esta bien. Cuando se conversa y se escribe solo, en silencio, somos nosotros mismos, estamos en nuestro elemento. Y así con los demás. Pero llega el grito y todo se sale de control. El caos entra por la rendija, o más bien sale disparado como cientos de murciélagos abandonado su cueva.

¿No será más bien que evitamos ver que en la tradición que ha creado perspectivas e ideas, en ese corpus del saber, sobre las cuales a la larga, con el objetivo de fundamentar normas, sociedades e instituciones se han ido perdiendo su carácter abierto, libre, infinito de interpretaciones, para tornarse en meros códigos, manuales, monolitos del pensamiento? Es el uso pervertido, amañado de la palabra, que legitima nociones como Estado-nación, competitividad, progreso, ley de oferta y demanda, como si sobre ellas debiera derivarse el mundo y la vida como un conjunto de axiomas, de postulados lógicos inobjetables, claros y distintos. El uso anquilosado, academicista y erudito de la palabra.

Contra ese uso, que nos roba nuestro lenguaje, puliéndolo hasta dejarlo como piedra preciosa cuando en su centro en realidad se presente como hueco y desdeñable, cual anuncio de cartón a la entrada de un cine, contra ese uso del lenguaje y sus respectivos imaginarios antropológicos y políticos (zoon politikon) que buscan uniformizar al ser humano zombificándolo, quitándole su voluntad propia, es que se debe pensar a la palabra como grito. El grito es una actitud, una forma en la cual a la vez se piensa y se siente.

Decimos del grito que tiene un carácter saludable, porque se alza por encima del mar salado que a veces constituye la palabra viciada y su potestad incuestionable, pero siendo a la vez palabra, aunque con la gran diferencia de que sabe nunca llegará a su total realización, ni pretende un entronizamiento. No se entiende a sí misma como la panacea, o la piedra filosofal destinada a resolver los problemas de la humanidad, terminar con el mal, la pobreza y las enfermedades de una vez por todas. Es una palabra ante todo ingenua, porque no sabe a donde habrá de llegar, porque sabe que el mundo no está hecho de antemano a su medida.  

No obstante, habría que preguntarse si solo es cuestión de gritar y ya. Que esa fuerza subversiva, e imaginante, inmune a los designios imperiales, se impone con solo invocarla. Pero no se trata tampoco del grito que se engancha en la impulsividad del momento, grito mongólico que reniega del propio pensamiento y de sus proyectos. No debe pensarse como un regodearse en el egoísmo de su presente, del mero instante.

La actividad del pensamiento debe plantearse como un grito irrumpiendo en tranquilidad de la noche, sí, pero no como una actividad irresponsable, que solo busque llamar la atención, negándolo todo, provocando a todo el que se le ponga el frente nada más por que si. Es el llamado a reconsiderar lo que hacemos cotidianamente, recomenzar con voz propia, atendiendo a las otras voces de las que también somos parte, grito que cobra su propósito cuando se reconoce en sus distintas manifestaciones, en las otras gargantas que exclaman sobre la calle, dentro de las casas, en los campos, al igual que él.

El grito del cual hablo no es el grito testarudo, obcecado, sino aquel que escribe e imagina: aquel que crea y recrea sentidos acompañado de voces en calma, y también del silencio. El reto de hacer hablar a la palabra como grito es saber cuándo y cómo. Pues a final de cuentas, es otra forma de dialogar, desde las trincheras del pensamiento y el cuerpo, una actitud refrescante frente al mundo, frente a los otros, incorporando esa otra palabra que nos constituye desde el principio de los tiempos: la vida.

Escribir con el grito resultaría así (en tanto actividad comprometida con la palabra en una nueva actitud), ante todo, intentar expresar la vida de manera más plena de sentidos. Vivir.




18 de septiembre de 2010

Nihil novum sub sole

En México (porque no puedo hablar de lo que se vive en otros países)los días festivos llenan los calendarios de todos los habitantes. Ya sea por un cumpleaños, el aniversario de un acontecimiento cívico o por una fecha religiosa. Si juntáramos todos estos feriados, uno tras de otro, formaríamos unas vacaciones del tamaño de un trimestre, así de fácil. El festejo del Bicentenario de la Independencia ha pasado, no así el maravilloso puente de días inhábiles que decretó el gobierno de México. Cinco días, para ser exactos, del 15 de septiembre al 19. Cierto que no todos los mexicanos harán uso de este descanso, en especial los que trabajan en negocios particulares (no burócratas o empleados de alguna empresa), pero pues en la mayor parte de la Ciudad de México, por citar una parte representativa del país, se percibe una atmósfera de haraganería y tedio que se manifiesta especialmente en las calles. La gente se resiste a volver a su ritmo de vida diario, a sus problemas y preocupaciones cotidianas, mas el cielo lleno de nubes, ausente de sol y con sus lloviznas periódicas nos obliga a pensar una vez más en la melancolía de los trabajos y los días. La mayoría de nosotros no deja de pensar, y ahora ¿qué sigue? El gobierno ha derrochado en un evento que no se volverá a repetir en mucho tiempo, el cual sirvió para recordar que "debemos estar orgullosos de ser mexicanos" y celebrar que tenemos "doscientos años de vivir en un país libre"; de ver en todos lados caras de héroes nacionales, de banderas, símbolos y publicidad creada ex-profeso para ensalzar la identidad nacional; de escuchar y ver en todos lados noticias, información, discursos, imágenes y más sobre esa entidad enorme llamada México. Y, ¿ahora qué? Tender un puente (este de días normales sin nada esplendoroso que celebrar) que nos conecte con otro punto remarcado con color rojo en los calendarios, para así descansar un poco de cualquier cosa y celebrar un mucho de algo en específico (¿Día de muertos? ¿El Centenario de la Revolución? ¿Navidad?). Llenar los huecos grises que no quedan registrados en viajes, eventos familiares o convivencias multitudinarias es, después de todo, mucho de lo que hacemos en nuestra vida.

27 de mayo de 2010

Nublado


No he entendido nunca porque tantas personas detestan los días nublados. ¿Será por esa común asociación de lo gris con lo triste? Curiosa cosa eso de la asociación de colores con los estados de ánimo. Aunque si de asociación de ideas se trata, me parece más divertido cuando te hacen el Test de Rorschach... Yo lo hice una vez y no puedo recordar las imágenes que dije que veía en las tarjetas que me enseñó la psicóloga aquella vez. De seguro fueron figuras muy imaginativas las que encontré, aunque nada grave que me ganara el refundimiento a un centro psiquiátrico. 

Las asociaciones de ideas suceden todo el tiempo. Son los bonitos, sencillos y cotidianos puentes que unen nuestros pensamientos durante el día. Me gustaría alguna vez poder llevar, aunque sea durante 24 horas, el registro de las asociaciones que se van dando por mi mente. Seguro me sorprendería de las que se van sucediendo de un minuto a otro, más bien de unos cuantos segundos, confirmando así que mi mente es una cosa de lo más inquieta. 

Relaciono los días nublados con las tardes de primaria. No sé porque, pero así sucede. Quizás es porque se me quedaron grabados algunos días de entre octubre y noviembre de aquellos años, en que los días eran nublados. Yo iba a la escuela por la tarde, algo muy extraño porque según he constatado casi nadie va en ese turno. Lástima, porque una de las ventajas de ser vespertino es que hay menos alumnos, los recreos se disfrutan más porque hay más espacio por alumno en el patio y las convivencia con los compañeros en las clases no son tan estresantes. 

De 1997 a 2001, que es cuando salí de primaria, fuí en la tarde. En mi salón nunca pasamos de los 13 alumnos, lo cual hasta la fecha es un récord porque no he conocido a nadie que haya tenido esa cantidad de compañeros de salón en sus respectivas escuelas. Así también podría asociar doblemente: mi pasado en la primaria- los días nublados- la añoranza por no toparme con las multitudes a cada paso que doy. Porque, ¿qué otra cosa más nos ha transtornado sino la de ser cada vez más personas en esta ciudad? 

Ya nadie muere solo, porque en cada semáforo hay una buena dotación de autos, peatones y animales callejeros. Los sueños son los únicos espacios que se resisten a ser ocupados por completo, siendo enormes terrenos baldíos que podemos llenar a voluntad de la forma que queramos cada noche al acostarnos. Ayer, después de mucho tiempo, tuve un sueño realmente feliz. No porque tenga pesadillas todas las noches, sino porque los otros sueños que había tenido amanecieron sin etiquetas. Al recordarlos a lo largo del día, no podía asociarlos a algo como la tristeza, o el miedo.

Imagino que el cielo se ríe de nosotros por asociarle emociones, cada vez que salimos a la escuela o al trabajo por la mañana. Como si él tuviera la culpa de que la mañana del miércoles X nos sentimos deilusionados de nuestra situación actual... no queda más remedio que achacarle aquello que es sólo nuestro, esa cosa rara que se da en nuestras mentes: "El día esta feo, la noche está emocionante, la tarde está aburrida..." Nunca decimos más: "el cielo está nublado, simplemente nublado." Sería como decir que no pensamos, como admitir que nuestra mente está en blanco, como desnuda de asociaciones... 

21 de febrero de 2010

Sobrevivir

Mi rostro pegado contra la ventana del metrobús. Yo dormido. Afuera la ciudad que regresa a la normalidad, después de una semana terrible de caos, de furia. Omito los sonidos de fuera. Esta vez sólo escucharé mis pensamientos.

 No tardo en encausar mis divagos. Los temas salen tarde o temprano, sólo es cuestión de esperar. Esperar a que una semilla crezca más rápido que las otras, a un ritmo casi siempre veloz. Listo, ya tengo una raíz, ahora hay que hacer que el tallo crezca. 

 Se asoma por la superficie, decido seguir adelante. Se me ocurre que todos estamos sobreviviendo, mentalmente, físicamente. Sobrevivimos a todo cuanto existe, llámese crisis o maremoto. La cuestión es sobrevivir. Ya lo demás es una cuestión extra. 

 Cada quien decide qué hacer con ese extra. Algunos andamos siempre allá arriba, asomados desde la azotea en una casi perpetua reflexión hacia todo lo que se mueve abajo, en la superficie. Otros se contentan en recorrer las calles y avenidas que pueblan el universo. Eso está bien, de alguna forma todos hacemos ambas cosas. 

 Cuando se tiene asegurado el siguiente minuto se decide en que gastarlo. El problema es precisamente el aseguramiento continuo de ese lapso. De nada valen las escoltas o los poderosos remedios farmacológicos, los amuletos sagrados o las plegarias continuas hacia distintas deidades.

 Pisamos a cada momento terrenos pantanosos, la premisa es divisar bajo nuestros pies la siguiente piedrecilla que nos permita seguir adelante. Sabemos, por otro lado, que algún día ya no habrá más tierra firme en donde pisar. Ese día será el que, dicen muchos, tendremos que echar examen hacia atrás para ver que tal anduvimos. 

 Juzgar, inspeccionar. ¿Acaso importa? Para muchos si, por ello se asegurar de pisar con cuidado, de sobrevivir de manera elegante y honrosa cada jornada. No importa procurarse el pan solamente, importa el cómo procurárnoslo. 

 Para otros la cuestión es más difícil. Dicen otros más, y dicen no sin cierta mirada profética, que conforme pasa el tiempo a nuestra civilización le va importando menos el cómo que el hecho mismo. Después de todo esta es una guerra perpetua contra el universo, en la que estamos muchas ocasiones en franca desventaja. 

 Suelo recordar, relacionado con esto último, aquella vieja historia en la que se les va obsequiando a cada animal un don que le permita sobrevivir  en su andadura por el mundo. Dudo si el nuestro fue uno bueno o si no hubo trampa al momento de la repartición.

 La humilde garra del felino, la agilidad de la liebre, la coraza del armadillo, el veneno del reptil…  ¿qué nos hubiera convenido más? ¿Darnos la caballeresca desventaja frente a los otros animales del globo terráqueo? O dicho de otra forma, ¿qué le convendría más a este planeta? ¿Darnos las blancas o jugar primero ante el homínido destructor?

 Cuestión de apreciaciones. La polémica persiste, ya que mientras para unos somos el centro de todo cuanto existe, cuyo destino y bienestar está más que asegurado en el horizonte del progreso humano; para otros estamos como insomnes, aguardando caer de un momento a otro en la pesadilla, igual que cualquier otra especie.

Despierto en mi asiento, dentro del metrobús. Afuera los autos y edificios me dan la bienvenida con sus rumores vespertinos. Dentro de unos momentos me lanzaré con ellos en una épica cuyo propósito es el de ocupar un espacio, no importa si pequeño o grande. Ya sea de manera activa o intelectiva hay que empezar. Suficiente, es hora de la supervivencia…

4 de octubre de 2009

Superhéroes


Una de las pocas cosas que compartí con los niños de mi edad, fue el gusto por los superhéroes. Lo admito, además, la cosa no es nada grave. Como muchos, coleccioné albumes con estampas, comics, figuras de acción... Y seguramente en alguna ocasión soñé con tener superpoderes. En suma: el paquete completo de la fase niño-fanático-superhéroes.

Claro está que la edad va cambiando las cosas. Además de la obvia pérdida de la inocencia y todo ese rollo de convertirse en adulto y sus implicaciones, uno se da cuenta que eso de ser superhéroe no es la gran cosa. Y lo digo desde un punto de vista teórico, reflexivo (me refiero a que lógicamente uno no se da cuenta de esto siendo superhéroe en la vida real ).

¿O es qué aquellos tipos enmascarados que defienden la justicia y la paz no tienen también una existencia desastrosa y caótica igual que la que nosotros, los simples mortales soportamos everyday? Claro, la ficción los defiende (la mayoría de las veces) de peligros como la muerte; pero por el contrario no puede hacer nada contra cuestiones tales como el desarrollo de una doble vida, el no poder llevar una vida normal (ya saben, esa que los neoliberales estandarizaron: casa, coche, esposa, hijos, lic en Sistemas/ Administración de empresas, ipod...) En suma: ser un superhero trae, inevitablemente, la marginación.

Vistos desde ese modo, los superhéroes no deberían inspirarnos más que compasión y tristeza. Excluídos por la gente normal por el hecho de ser distintos (debido a sus "poderes"), los héroes de ficción tienen que aprender a vivir en una atmósfera constante de tensión, de conflicto que fluctua entre el odio y el reconocimiento.

Porque Spiderman nunca va a poder ir a Tepito o a Iztapalapa como ciudadano común y disfrutar de un paseo tranquilo ya que le quedaría la preocupación de que tarde o temprano su sentido arácnido se le activará cuando a Maria Juana (Mary Jane para los anglos) le quieran dar baje con su bolsa y él use sus poderes para atrapar al malhechor... y entonces todos se darán cuenta que San Juditas le hizo el milagro de darle superpoderes bien chidos... luego el acabose, ya que entonces:

-- Sería explotado por el gobierno calderonista el cual lo usaría como emblema del sexenio, colgándose de sus triunfos y aventándose sus vomitivos discursos como el que "gracias al gobierno que toma acciones, es que los mexicanos ahora están protegidos contra la delincuencia y el narco"...

--y sería llevado a todos los programas matutinos basura de Telerisa y Tv Apesta, los cuales se pelearían entre sí para tenerlo y aumentar el rating, poniéndolo a competir en concursos absurdos de famosos y a bailar entre conductores carentes de materia gris y tendría que soportar que las Maribel Guard o las Ingrid Coronado le tiraran los perros a indiscreción...

-- las marcas transnacionales como Gillette, Coca Cola o hasta Men Force y Nixxon lo asediarían hasta el cansancio para que accediera a aparecer por millone$ de pesosen sus respectivas campañas publicitarias (diablos! hay algo peor que imaginarse a Spiderman diciendo que "con N. se siente en las nubes" ??)...

-- Después de formar parte del MP, PGR y el ejército, así como la AAA, el CMLL y la Femexfut (¿?), los de "La Familia" le llegaría al precio y se pasaría al lado oscuro, aunque no se salvaría ya que igual se tendría que cuidar de las traiciones de sus compañeros del mal...

-- y ya no analizamos como afectaría esto su vida conyugal, sólo porque ya no nos da tiempo.

Ejemplos de porque los pobres superhéroes sufren, hay muchos. Y para ser un marginal, un excluido de la sociedad, prefiero ser un citizen común y corriente. Prefiero, una que otra vez, y siempre y cuando la situación lo requiera, aventarme a rescatar niños de edificios en llamas y realizar maniobras de resucitación cuando a mis amigos se les atore un sabritón en la garganta...

En suma, que eso de las alienaciones y los conflictos existenciales, sin embargo, pueden darse sin necesidad de pasar por el doloroso proceso de "super heroicización". Me explico: no tenemos necesidad de ser super héroes para ser marginales. Quizás esté entendiendo al super héroe desde su aspecto más trivial, prescindiendo de la carecterística determinante: la de los super poderes. Pero por otro lado, si lo vemos desde un punto de vista más abstracto, creo que la marginalidad es un aspecto que hace del super héroe un ser interesante y que inconscientemente actúa en nosotros para dotarlo (en estos tiempos cada vez más alejados de lo irreal) todavía de una vigencia y actualidad constante...

De cualquier forma y aunque no venga al caso, me daré el lujo de confesarles (nótese el grave caso de regresión infantil), que si pudiera ser un encapuchado con capa e identidad secreta, escogería el poder de la teletransportación: ¡Zuuuumm! *


* Supuesta onomatopeya que indica una teletransportación, y en el caso de la presente entrada funciona también como despedida (N. del A.)

2 de julio de 2009

Epitafios


"...Y no tengan miedo"

Epitafio de Jorge Luis Borges

* * *

"Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar"

Epitafio de Vicente Huidobro

* * *

Rarezas mías aparte, confieso que lo único que me gusta de cuando tengo que acudir a un cementerio ya sea por obligación o compromiso, es leer los diversos epitafios se encuentran en las criptas. Cuando los hay, claro está.
Lástima que en México la mayoría son epitafios de índole religiosa: citas bíblicas, mensajes de los familiares al difunto, que en Stricto sensu no son auténticos epitafios ya que en mi opinión el epitafio es un acto individual y no un homenaje de parte de los deudos.

Pasa que, como la mayoría de los seres humanos morimos un día indeterminado, bajo circunstancias que nos son desconocidas, todo lo referente a como afrontar ese momento es algo siempre repentino. Pocos son los que meditan y piensan sobre su futura muerte. Así, los epitafios no son algo común. Pocos son a los que se les ocurre realizarlos.

¿Pero por qué o para qué se hacen los epitafios? ¿Para seguir vivo de alguna forma y ayudar a recordar de nuestra existencia a los que nos sobreviven? ¿Para dejar constancia de que existimos en este mundo? ¿Para expresar el pensamiento que el ahora ocupante de la tumba tuvo en vida? ¿Para hacer de una tumba algo más que un monumento poco práctico que contiene nuestros restos descompuestos a pocos metros de profundidad en la tierra? ¿O sólo para constatar que vivimos en el absurdo?

Lo que es un hecho es que el epitafio será leído mínimamente una vez: por el que habrá de labrarlo en la lápida o por el familiar quien ejecute la última voluntad del fallecido mandando poner la inscripción.
En la mente de aquellos dos personajes resonaran por un momento las oraciones que él difunto tuvo a bien pensar y meditar años antes de morir.

El contenido de los epitafios también varía. Al ser una actividad subjetiva expresa el pensamiento acerca de la muerte que cada particular se formo en vida. Podemos hacer un epitafio que pretenda aportar un pensamiento, que busque revelar una especie de sabiduría para que al leerlo otros aprendan de ella. Temas usuales de este tipo que muchos usan: la brevedad de la vida, lo inevitable y natural de la muerte, etc., etc.…
Hacer un verso, mostrando las cualidades poéticas del que lo compone. Por ejemplo este, muy cursi y malo que a mí se me ocurre para ilustrar el tipo: La vida, una aurora/ la muerte, un crepúsculo.
Que sea humorístico, esto es que trate de quitarle lo tenso y solemne al hecho de tener que morirse.
Que se burle de la muerte y la tome como algo sin importancia.
Aquí bien pueden entrar las calaveritas, nuestro estilo particular de hacer una especie de combinación de epitafio, poema, sátira y parodia.

La desventaja de un epitafio sería el pensar que no hacerlo bien le daría un sentido incompleto o vago. Puede que pensamos que si no está bien hecho el que lo lea después no entienda lo que quisimos decir, o que le parezca algo tonto o banal.

Otra desventaja es que pensemos el epitafio no engloba muchas cosas, que no tiene unidad, que necesita decir algo más porque puede ser todo lo contrario, que el epitafio dice mucho menos de lo que el vivo quería. Esto es que resulte muy escueto.
Por lo demás el epitafio a muchos les parece algo estúpido, sin sentido. “Tuviste toda tu vida para decir lo que tenías que decir. ¿Para qué entonces el epitafio?”, me dijo un amigo, el día en que salió a conversación Inter nos el tema de los epitafios. Yo difiero de él. ¿Por qué no seguir hablando, por así decirlo, aunque sea por un instante, después de muerto?

El muerto pareciera sonreírnos, escuchamos su voz, evocamos su recuerdo o simplemente dialogamos con él por un momento… al leer el epitafio inscrito en su lápida. El muerto nos habla, tiene algo que decir aun después de haber pasado a mejor vida.
Como buen loco y ocioso, he hecho y rehecho epitafios para el día en que muera, pero no quedo conforme. No encuentro ningún epitafio que me convenza todavía. Luego el tiempo apremia y crea una desventaja: ¿Y si no logro hacer mi epitafio antes de morir?


He leído y releído acerca de epitafios geniales, escritos por gente famosa en distintos aspectos para darme una idea de cómo hacer el mío: científicos, filósofos, poetas y estadistas. Aunque también hay registrados muy buenos epitafios en las tumbas de las personas comunes y corrientes. Pero sin duda, hay que admitir, que los que hacen los mejores epitafios son los escritores y los humanistas.

Idear un epitafio propio es un ejercicio entretenido e incluso puede que hasta termine resultando agradable. Se descubre mucho acerca de uno mismo en el proceso. Además de que se contamos con la ventaja de tener toda una vida para pensar en cual será el epitafio que más nos convenga. Incluso me atrevo a decir que podemos, en un ejercicio extremo de perfeccionamiento, elegir nuestro epitafio hasta el último momento, en el umbral mismo de nuestra muerte.

Haciendo gala de esta estretagia, pienso en dos hombres que están a punto de batirse en un duelo a muerte. Estos hombres completan su ideal poético de la muerte por honor con el añadido de contar con un epitafio digno que los acompañe en su último descanso. Como todo idealista y perfeccionista, ambos sostienen la convicción de pensar su última frase hasta el último momento.
Antes de enfrentarse y de disparar, conscientes de la probabilidad de que cada uno pierda este último combate, van pensando en el epitafio, pero no se encuentran del todo convencidos.


Momentos después la bala alcanzará a uno de ellos, quien de a poco, muriéndose, va descartando con la velocidad de su vida que se escapa, uno a uno, los posibles epitafios.
Una vez satisfecho por el producto final y con sus últimas fuerzas, el derrotado pronuncia el epitafio elegido a la persona de confianza/ al ser querido que se acerca para asistirlo. Instantes después, muere.


El epitafio elegido en dichas circunstancia podría resultar más puro, honesto y correcto de todos cuanto pudieron haber existido, ya que se elige en un momento propicio, a la vez que preciso.
Yo por mi parte, a estas alturas de la vida, no tengo todavía un epitafio que me convenza.

Y ustedes, si hicieran un epitafio ¿qué diría?


11 de mayo de 2009

¿Se puede ser sonámbulo y a la vez ente funcional de la sociedad?



[Desempolvado de mis archivos y reflexiones viejas: ]
Se acerca otra vez el fin de otro año. Ocasionalmente ocurre, y festejamos cumpleaños, aniversarios y una bola de madres que inventamos en el proceso. Cuando uno cumple esa función se dice que se es una persona funcional de la sociedad. Trabajas, comes, te insertas en relaciones sociales de diversa índole, te mantienes sumiso al sistema -que por lo general en cada país es una mierda- y así la vas llevando. Ves el fut, sufres, te emocionas, gritas. Uno se puede salir ocasionalmente de ese ciclo vital. No sé, tal vez madreando a un cabrón de vez en cuando al pasarte de copas en una fiesta porque creíste que estaba insultando a tus ancestros. O porque te dió la gana sólamente. Puedes armarle una infidelidad a tu vieja y ponerte el mundo de cabeza tu sólo y azotarte por un tiempo. De vez en cuando todos hacen más o menos eso. Digamos que hasta ahora eso es lo normal, en nuestro caso los cánones del catolicismo -y no sólo para los católicos- y en general del mexicano son flexibles.

Quizás empieces a ausentarte de las amistades y te recluyas en esa obsesión escolar de fin de semestre que tardaras en quitarte de encima -exámenes finales-, durmiendo tarde por varias semanas tratando igual de memorizar un concepto que explicar como un pendejo hace un montón de siglos ideó un sistema o una función en una tal ciencia. Comes a deshoras, ves feo a todos los güeyes que no se ven inmersos en broncas como las tuyas y te haces un amargado ocasional. Eso es sobrevivir, y digamos que mientras no te ates al ciclo de esa sobrevivencia -irla llevando- todo esta bien. Pasará pronto. Ves a la banda de vez en vez y a la novia -si es que es temporada de fidelidad, por lo regular en tales casos esta temporada no existe-. La tierra gira y gira, los comerciales estúpidos de compañías celulares, los anuncios navideños que te invitan a reventar el gasto en pos de juguetitos brillantes y coloridos, las noticias de decapitados-secuestrados-balaceados-violados-mutilados-trepanados, la final del torneo de fut que tu equipo no ganará... El ciclo vital sigue a los ojos del hombre normal.

¿Pero qué pasa si forzamos las cosas? Me refiero a entrar en la categoría del sonámbulo recurrente. Ese que añora las fiestas con los cuates que no llegan ahora es noctámbulo lector de obras filosóficas o de semanarios sensacionalistas. El otrora bebedor social y adorador del ídolo de porcelana es el que ora visita su correo a altas horas de la madrugada tratando de ver que se perdió del mundo o viendo videos y oyendo música, escribiendo en su blog o en su myspace o en ese lugar purgatorial llamado hi5. Las páginas divertidas de internet, los monólogos y los amigos imaginarios sustituyen al amigo bohemio, al ligue femenino y a la colectividad transtornada en pos del desmadre.

¿Es este sonámbulo un ente funcional de la sociedad, o ha pasado a un submundo en el cual sólo habitan unos cuantos? Uno puede salirse desde el principio, y seguir en el camino de la inercia corporal y la racionalidad -si es que la tiene o si es que la escucha-. Pero si no, ¿qué destino le aguarda al infeliz que osa seguir en el arte del sonambulismo?

Yo no sé ustedes, pero a ese tipo le recomendaría una próxima peda y un desmadre habitual, para que vuelva, aunque sea por un rato a la cruda realidad. Luego podrá volver a su surrealismo madrugado. Digo, ese tipo porque estoy hablando de un cuate mío. Sí, creo que le diré eso. También que vea las estrellas y que se dé cuenta que Kant sea o no considerado el destructor de la metafísica o que los diagramas de flujo existan o no, la tierra igual sigue girando en torno a ciclos estúpidos. Salud compa.
Diciembre 2008

7 de noviembre de 2008

Síndome de la página blanca: el vértigo de la escritura...



Ya sea desde la simple carta que alguna vez hicimos cuando mocosos para declarar nuestras intenciones a la niña que nos gustaba en la primaria, hasta el ensayo de fin de semestre que debemos entregar y que vale 80% de la calificación de la materia... La labor de escribir es siempre difícil, y puede llevarnos a la frustración y a la impotencia cuando los resultados no son los que se esperaban obtener.

En ciertas ocasiones nos aborda cuando tomamos la pluma y el papel un terrible: "¿y qué escribo?", el cual, cuando no es resuelto rápidamente, bien nos puede llevar al odio por la redacción, por las letras, y en general a todo aquello que tenga que ver con la palabra escrita.

Interpretemos esta pregunta correctamente. No es tanto el qué escribo sino un cómo lo escribo. Tenemos la idea en mente, pero no podemos dar paso a ella de una manera apropiada en el papel. Es como si el lenguaje fuera incapaz de representar nuestros pensamientos, que nos parecen harto complejos e intrincados entre sí.

Quiero pensar que con respecto a un blog la cosa suele ser igual. Si bien muchos aligeran la presión contando un sinnúmero de aventuras y hechos noticiosos y de diversa índole en él (desde sus experiencias en el amor hasta el nuevo cepillo de dientes que salió al mercado y que les ha cambiado la vida, el cual quieren que todos experimenten), no dejamos de enfrentarnos, al menos una vez cada cierto tiempo al llamado "síndrome de la página blanca", esa inmensidad que se nos presenta como el más vertiginoso de los precipicios de la escritura.

Citas textuales aparte, Novalis, seudónimo de Georg Friedrich Philipp Freiherr von Hardenberg, uno de los grandes escritores del romanticismo alemán que igual cultivó diversos géneros como la filosofía que la poesía, dijo en uno de sus Fragmentos que "un escritor nunca producirá nada bueno si no sabe tratar sino de sus propias experiencias, de sus objetos preferidos, si no puede esforzarse en estudiar con atención y describir con esmero también un objeto completamente ajeno a él, con el que no le ligue ningún interés personal"

El consejo de Novalis me parece muy interesante, enseñarse a escribir es un acto que debe tender a lo universal, tanto en el microcosmos (nosotros mismos) como en el macrocosmos (el mundo externo), es intentarlo todo, desde la simple escritura de un diario personal en el cual recoger las impresiones cotidianas hasta situaciones más allá de nosotros mismos. Tratar acerca de infinidad de temas y cuestiones, abordar diversas perspectivas y puntos de vista tarde o temprano nos terminará proveyendo de las armas suficientes para afrontar los retos que se nos pongan enfrente.

También pienso que una mente clara trabaja mejor en un escrito. Algunas ocasiones la falta de concentración o el impetú nos ganan, y provocan el caos del mentado síndrome. ¿Cuántas veces no hemos tenido la idea, partes que ya hemos pensado con detenimiento que vamos a escribir pero en el momento de hacernos se nos arremolina todo y nos bloqueamos por completo? Queremos escribirlo todo en un instante, y acabamos bloqueando la puerta de la que deben de ir saliendo las palabras, una a una a su tiempo. Esto es más que nada problema de estructura, que debemos de preveer de antemano haciendo un plan de trabajo: introducir el tema o dar una reseña de lo que se hablará, luego ir desarrollando cada punto por separado, y por último anotar las conclusiones o las impresiones particulares sobre el tema (si las hay).

La ortografía es un problema también. Creemos que lo que escribiremos lo haremos mal, mala sintaxis, mala puntuación, etc. Aunque tengamos a la mano el indispensable diccionario el viacrucis no acaba. Aún permanece la incertidumbre. En este caso, nada mejor que leer, desde el periódico hasta la poesía y las novelas. Esto si que ayuda a formarnos una idea de como poner los acentos y como dar pausas cuando se deba y cuando irnos seguido en el párrafo. El síndrome de la página blanca es más frecuente en las personas que no se relacionan con la escritura, esto es que no están acostumbrados a escribir o a leer.

Este eterno interno los invita a escribirlo todo, a agotar el universo en palabras hasta que nuestra mano quede inerte e inservible. A no tenerle miedo a las palabras, las cuales son un regalo increíble que posee el hombre, el cual no hay que dejar desaprovechar. Echar a perder bastantes cuartillas y hojas, eso sí. Porque entrenarse en la disciplina de la escritura nunca ha sido fácil, ¿o acaso todos nacimos siendo Kafka o Dostoievski?...