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12 de julio de 2016

Melanoma





Siento cómo crece en mí con lentitud de gusano. Pasa por dentro y me deja la sensación de resequedad, de la cabeza a los pies. Creí que debía esperar a ser un anciano para hallarme convertido en ciruela pasa, pero el intempestivo acontecimiento de hace un par de meses cambió el rumbo de mi vida para mal. 
     Previniendo el temporal fui a la farmacia y compré muchos productos de empaques relucientes; vencí mi miedo a las empleadas de mostrador y expliqué síntomas, que de tan detallados me dieron fama de enfermo, y en un abrir y cerrar de ojos me vi apapachado por dos mujeres, quienes contaron su historia lentamente, para que pudiera percibir la importancia de la tranquilidad en el desastre. Pero yo no quería catarsis y las dejé en plena anécdota, arrebatando con presteza la bolsa de compras. Afuera el sol se complacía en una vanidosa contemplación de automóviles formados en hileras, destinando para mí sólo el saludo ultravioleta que yo no escuché (tan concentrado iba en mi línea de pensamientos). 
     Al llegar a casa Malena me dijo “Estábamos a punto de salir a buscarte. Pensamos que te había pasado algo”, y abrazándome con fuerza, sin esperar a que dejara las compras en el suelo, se soltó a llorar. Nadie me ha dicho todavía que mis palabras y actos están minando mi vida, que debo callarme y quedarme quieto. Sentir el bicho rastrero apagando las conexiones que he formado por años bajo mi piel; fijar la mirada en el espanta espíritus de la alcoba: son actividades más apropiadas para alguien que se está perdiendo a sí mismo. Y lo irónico de todo es que vienen a verme de día y de noche, abrazándome, estrechando sus manos sudorosas, desarrollando un tópico trivial que disfrace el dolor una media hora, por lo menos. Hacen de este rostro ojeroso y pálido un centro gravitatorio que atrae conversaciones, recuerdos, temores, sin pretender alejarse de manera definitiva. Vuelven con asiduidad; algo me dice que también buscan la comprobación, como si en el fondo supieran que esto es mentira, que solamente estoy abandonado a la soledad y pretexto que me estoy muriendo. Quieren que el gusano salte sobre sus piernas y penetre por sus poros; adquirir los filtros sepia con los cuales contemplar futuros tristes para así poder comprobar que no hay nada que hacer. 
     De quienes me rodean sólo a mi sobrina intento tomarle la mano con delicadeza, arriesgando una pregunta impertinente ante mi estado. Sus padres la han traído dormida todo el camino, porque salieron de casa muy de mañana. Encamorrada, se talla los ojos y abraza la muñeca mullida. Luego dirige un gruñido al espectro que le chulea su vestidito. La mamá lo arruina todo, pues a continuación fuerza más la imposible cuadratura del círculo y exige a su hija un agradecimiento por el cumplido, pero la pequeña Sara sólo se retrae más y me arroja una mirada fulminante. Comprendo su enojo, y agradezco ese gesto como ningún otro de cualquiera de mis semejantes durante la última semana. Su espontánea reacción es el fulgor de vida que me quiero devorar rápidamente, por ser el primero recibido en mucho tiempo, para ver si la garganta, ese conducto endurecido de tanto pasar saliva, se me deshace finalmente y deja paso al hueco insondable que quiero sea mi cuerpo. Los brazos de mi hermana y su esposo pescan de la mano a la niña envalentonada; se la llevan con prontitud de puertas que se abren y reproches acallados, hasta desaparecer en la claridad del jardín. Mientras, aquí dentro uno de mis hijos se instala a mi lado para tomar la estafeta de la convivencia, y cortesmente extiende sobre la mesa de centro el enésimo álbum plagado de fotografías en cuya contemplación mi esposa, hijos, nueras y amigos se deleitan. Me gustaría que aquí, rodeado de risas glaciales y ensayadas comodidades, pudiera apagarme de una vez para siempre. Ser un melanoma indistinguible en la penumbra.




6 de junio de 2013

Y si las cosas salen mal...






Este minuto de angustia es más valioso que todos los otros, existentes en mí, ya finiquitados. Las mismas estaciones donde días atrás varios se arrojaron, dispuestos a terminar todo, quien sabe si anhelantes de una segunda, mejor oportunidad. Es difícil pensar en otra cosa cuando todo te cubre de golpe, desde dentro hacia fuera. No hay nubes negras, tampoco rostros delirantes. Solamente esta angustia, como un dolor punzante y persistente, que no permite pensar en nada. Las imágenes se agolpan con furia, y deseas que termine de una vez por todas aquel torrente. Cortar de tajo este estado, con lo que esté disponible a la mano. El silencio adquiere un cariz sanador, se vuelve una obsesión. Una vez ahí, ya no hay vuelta atrás.


Carla se acordó de todos los días que su madre le preparó el almuerzo: el trastecito color lila, tantas veces ocupado por sándwiches y ensaladas. ¿Dónde estaría ahora? Se mudó hace tantos años de la casa materna, y ahora tenía ganas de volver. Llegaría directamente a preguntarle “¿y mi trastecito lila mamá? ¿Todavía lo tienes?” Sí, seguro lo conservaba. Guardado en la alacena blanca, acompañado de otros enseres. Proyectaba la imagen de los trastes ordenados, en hilera, limpios. Quietud, la primera en muchos años. Luego se arrojó.


Me asomo por la ventana tratando de ver a las personas que esperan en la otra dirección. Están despreocupadas, como si supieran todo de antemano. Si alguien les dijera que mañana sucederá algo fatal en sus vidas, se trastornarían de inmediato. Pero volverían a la normalidad de inmediato.


Yo las envidio. Saludo con desdén al guardia de seguridad de la entrada. Anoche me dormí pensando en la muerte, y ahí sigo. Mañana en el cine seguramente olvidaré todo, abrazado de Miranda. Pero hoy está todo muy confuso.


En los periódicos siempre se muestran discretos con los suicidios. Ocupan un espacio bastante pequeño en comparación con otras notas, como aquellas que hablan de los asesinatos a sangre fría, los accidentes, los secuestros. Apenas unos cuantos detalles, casi nula información sobre el finado. Alguna conjetura, muy superficial.


Concretamente recuerdo a Alan, un amigo mío de preparatoria. El se suicidó hace unos años. Cuando pienso en su rostro intranquilo, contenido, pienso en el dolor que provocan los recuerdos. Es una asociación peligrosa. Y sin embargo notablemente clara. Los años pasan a nuestro alrededor, destruyéndonos poco a poco. Es inevitable la muerte, paulatina, nadie puede escaparse a ella. Pero él quiso enfrentarla de una buena vez. Para muchos alteró “el ciclo natural de las cosas”. Mi teoría es que el suicidio resulta horrendo porque pone en aviso algo que debe ser espontáneo, sorpresivo. Pero, ¿alterar el ciclo? Trajo la muerte a su vida, punto. Murió.


Tecleo con fuerza, miro al monitor. Los ojos me duelen, estoy enfrascado en mis ocupaciones. Nada me distrae. La mente trabaja a dos niveles, maldita sea. La atmósfera está enrarecida, hay una incomodidad. Será el calor. O simplemente son ideas mías.


Sabíamos que sufría, pero no nos imaginamos un desenlace como aquel. No acudí al funeral. No era tan cercano. Otros amigos si lo conocían más a fondo. Su perfil de la red social se llenó de mensajes póstumos. Había de todo: enojo, tristeza, dolor. Sorpresa. Mucha sorpresa.


Contemplo los rieles, tan inofensivos, no parece que a través de ellos fluya la corriente eléctrica. Si por accidente me cayera sobre ellos, me electrocutaría. Seguro moriría en unos segundos. Antes de que pasara el tren, sin violencia. Tal vez se detendría. Recogerían mi cadáver en unos minutos. Y ya.


No quise hacerles preguntas. Cosas como ¿cuál fue el motivo? ¿Cómo lo hizo…? Los días y noches siguientes no pude dormir. Pensaba y pensaba en su desaparición. En el instante en que dejó salir su último respiro. Y después solo un montón de carne. Sin misterios, sin sueños, sin imágenes. Todo se detiene para siempre. Un mundo de significados se desintegra, irremplazable. En ese instante algo de nosotros se murió para siempre: lo que de nosotros conocía Alan. Nos arrebató una perspectiva de nuestra existencia. Sin nuestro permiso. Pero, aunque siguiera existiendo, ¿qué importa? ¿Qué importa su muerte para nosotros, hoy y de ahora en adelante?


Llego a casa en la noche. Hay una oscuridad y silencio casi completos. Mis tripas gruñen. Tengo hambre desde hace varias horas. Mis piernas, ojos y espalda acusan cansancio. Me comunican su vida. Son más fuertes que mis pensamientos, que apenas surcan por mi mente se desvanecen. Esos que se despiden de mí ser con sutileza. No hay ceremonial, simplemente se van. No obstante, sigo siendo el mismo.


Tuve la idea, hace algunos meses, de hacer un álbum de recortes de periódico. Su contenido, quizás desagradable para algunos. Suicidios. Desistí. Solo logre juntar unos cuantos pedacitos. Los buscaré. Tengo ganas de leerlos.


Y otra vez en la cama, tratando de dormir. Contemplo el librero de mi habitación, sin poner atención en sus formas. Algo se dibuja dentro de mí, pero no quiero que siga. En unos minutos dormiré, pero ahora estoy inquieto. Trato de pensar en lo que haré mañana.
Eso siempre ayuda. De pronto ya estaré en otras cosas.


Los dos psiquiatras que me atendieron, muy serios pero amables, escuchaban todo con atención. Ellos, ¿alguna vez…? Seguramente. ¿Qué pensaban en aquellas noches? ¿Se imaginaron que atenderían a muchachitos deprimidos en el futuro? Dejé de asistir un día, sin motivo. De alguna forma me sentí mejor. Hay crónicas de eso en algunas hojas de cuaderno. Pero nada más. No quiero dar testimonio de lo que sentía por aquellos días. Es mejor olvidarlo porque ¿a quién ayuda?


Nunca termine una historia ideada hace varios años sobre un par de amigos, uno de los cuales se suicidaba. El título era bastante rebuscado. Algunos párrafos, y ya. Como muchas otras cosas que empiezo y nunca termino.


Quisiera estar contigo en estos momentos. Abrazado a tu cuerpo. Sentir que no hay nada más en este mundo. Vivir para siempre juntos, lejos del mundo. Que egoísta. Que grotesco. Es una idea romántica bastante enferma. El contraste no ayuda.


Entre ayer y hoy varias sensaciones. Nada nuevo, me pasaría igual si estuviera de vacaciones, fuera de casa. De niño era muy callado, no tenía muchos amigos. El único que tenía era un primo cercano. Pero no jugábamos mucho. Casi todo el tiempo estuve solo. Y eso no ha cambiado mucho que digamos.


En mis sueños hay lugares que en verdad existen, acontecen cosas que no recuerdo al día siguiente. Solo quedan sensaciones, que de tan vívidas me inquietan. Seguro ya lo pensó un escritor: el sueño es la puerta a otra vida, un vaso comunicante a un yo alterno, que en esos momentos vive en alguna parte del universo. Nos colamos a flashbacks de su propia vida, por eso al día siguiente no entendemos nada. Solo lo haríamos de ser él mismo.


Por otra parte, el único velorio al que he asistido es al de mi abuela Sandra. Ninguno más. Ni falta hace. Ella murió de cáncer. Fue una muerte lentamente anunciada, todo lo contrario a la de Alan. Los pongo como polos opuestos, cuando en realidad son personas, no sirven de modelos para nada. Vivieron, murieron, con circunstancias personales que de tan distintas se pierden en una heterogeneidad de la cual nunca pude conocer ni una milésima parte. Pero están en mis pensamientos. Cuando recuerdo la muerte, ahí están. Cercanos, danzantes, como si estuvieran vivos aún.


“Y si las cosas salen mal” pienso. “Y si las cosas salen mal”, seré pronto uno de ellos. Acaso alguien pensara en mí. Seré un modelo cuando otro piense en la muerte, pero yo no estaré ahí. Será mi tragedia: un anuncio en el periódico sobre un fatídico accidente, algún impulso adolescente, estar en el lugar y tiempo equivocados. Fuera de toda teorización, de toda vivencia.


Los últimos días de mi abuela son los recuerdos más dolorosos de mi vida. Creí que podría lidiar con ellos, pero no. Pienso en ellos y vienen a mi mente imágenes repletas de angustia. Una extraña culpabilidad, de estar bien, mientras ella se moría. No poder hacer nada. Almacenar eso como se almacena un dato histórico para un examen final. No tener alternativa más que la propia vida, la inmensidad de la vida.


¿Qué le diría a Alan si pudiera hablarle de nuevo? Preguntas tontas, seguramente. Nada verdaderamente significativo. Ese tipo de sentencias que definen lo que somos, ¿por qué son tan difíciles? Quisiera verlo de nuevo, su rostro, lleno de conflictos sin resolver. Su endeble humanidad, perdiéndose en instantes irrecuperables. Decirle “oye, sin proponértelo ya estás muriendo. Lentamente, igual que todos”


Retomaría mi historia de los amigos, uno de ellos suicida. Omitiría nombres. Echaría mano de mi imaginación, porque no era cercano. Tendría que pensar cómo es enfrentarte a esa situación sin haberla vivido. Pura ficción y especulación.


Me levanto para tomar agua. En poco tiempo amanecerá. Levanto el cuaderno de apuntes arrumbado en el escritorio, busco la última página. Leo lo que escribí ayer: “en todas las noches hay ideas, y todas esas ideas también tienen su reverso: sus propias noches.”


Por primera vez siento el impulso por remontar el tiempo en dirección contraria: pensar en mis muertos de otra manera, su más lejano pasado. Esos días cuando niños, de los cuales hay testimonios en fotografías familiares. Mi madre conserva algunas de mi abuela, habrá que buscarlas. Así como traté de imaginar de nuevo el rostro de Alan tal y como lo recuerdo de la última vez que lo vi, trato de soñarlo como fue cuando pequeño. Tres, cuatro, cinco años a lo mucho. Y las ideas no tardan en salir:


“En esos patios inmensos del jardín de niños, Alan pasó los mejores días de su vida. Se le distinguía de sus compañeros de clase porque su madre lo vestía con tirantes, y continuamente se le desabrochaban las agujetas de los zapatos. Era bastante inquieto, y muchas veces se llegó a pelear con otros niños. Incluso una vez, por ejemplo, le pegó a una niña.”


Me pregunto si mi abuela pasó años felices en su infancia. Su historia tendrá lugar en una ciudad distinta. En ella no existe la violencia de hoy en día. Los camiones son escasos, no hay tanta contaminación. El cáncer es algo que de tan lejano se antoja imposible, no solo para ella, sino para todo el mundo. De pronto todos están vivos, ya nadie muere. Tomada de las manos de una tía, que fue quien cuidó de ella, Sandra camina por un mercado popular. Contempla con asombro los puestos repletos de legumbres, frutas y semillas, guajolotes, gallinas. El mundo asoma de repente ante su presencia. Está todo contenido ahí, incluso… incluso “eso”, oculto, velado. Pero ella no lo sabe. Hay una imagen que queda grabada en su mente, quien sabe si para siempre: un niño que desgrana elotes en un puesto, sentado en una sillita de madera, la mira de repente. Tema trillado, pero increíblemente milagroso: las miradas de ambos se cruzan por un instante. Suficiente: algo de la vida de ambos ha quedado arrancado, secuestrado para siempre. Cuando desaparezcan de este mundo, cuando las cosas salgan mal, quizás persistan en el otro: un pedazo de la vida de la abuela Sandra no habrá de sufrir el mismo destino que todas esas perspectivas de saber que Sandra murió habitantes en quienes la conocieron y trataron íntimamente. La abuela Sandra quizás está viva ahora, en lo más hondo de los recuerdos de un asilo para ancianos, en una casita de cartón, durmiendo al cuidado de ciertos bisnietos.


No quiero dejar de escribir, pero el agotamiento se vuelve más y más grande.

Antes de volver a dormir pienso otra vez en Alan. Ahora lo veo corriendo presuroso tras un balón, en alguna tarde de secundaria. Antes de llegar, se resbala. Su caída es tan graciosa que todos los compañeros estallan en risa. Pero la acción sigue: ahora ya están de nuevo en el partido de fútbol, bajo un sol a plomo.


Cada quien debería tomar aquellos modelos de muerte y trasmutarlos en historias. Así, hasta el infinito. Hasta que no podamos más, y nos llegue a nuestra vez la propia muerte. Volvernos biógrafos de los momentos más triviales, más anecdóticos de aquellas presencias que nos dan vueltas y vueltas en la cabeza, luchar con ellos en ese infinito instante, en ese eterno retorno del que habla cierto pensador.


“Y si las cosas salen mal”, me digo. Y cruzo las esquinas, abordo los autobuses, camino por calles oscuras, avanzo a tientas en el cuarto de baño con los ojos y plantas de los pies cubiertos de jabón. “Y si las cosas salen mal”, como en el caso de la abuela Sandra, de Alan, de tantos otros muertos: Judith, Angélica, Leonardo, Norberto, Jessica, con sus últimos rostros, su último dolor, su último pensamiento que nunca conoceré pero que intuyo en mis propias vivencias.


Camino por el pasillo, el espejo del fondo me devuelve mi imagen. Lentamente se hace más borrosa, como si alguien moviera todo en torno a mí. No sé si repentinamente se oscurecerá todo por completo, o si seguirá igual por algún tiempo.

“Y si las cosas salen mal…”, murmuro antes de terminar.




24 de junio de 2011

ESA LOCURA

NO HACE FALTA UNA RENCILLA QUE SIRVA DE PRETEXTO PARA ENCAJARNOS UN FRAGMENTO DE METAL EN LAS ENTRAÑAS. UN ACTO TORPE, MAL EJECUTADO EN NUESTRA CADENA DE EVENTOS ES MÁS QUE SUFICIENTE

LLUVIA DE METRALLAS EN PLENA CALLE, ALTOS FUNCIONARIOS DEVOTOS DE PODER ENARBOLANDO DISCURSOS ELEGANTES DESDE UNA TRIBUNA

MIRATE BIEN, MIRANOS BIEN, SOMOS CARNE VIOLENTA QUE SE DESHACE CADA TARDE EN PUÑADOS DE CENIZA

GRITAN LOS MUERTOS DESDE LAS ACERAS, LOS BALDÍOS, CANALES DE DESAGÜE Y FOSAS CLANDESTINAS, MIMETIZADOS EN FORMA DE NUESTROS PASOS

NOS CREEMOS DIVIDOS EN DOS ÚNICOS BANDOS, AGRESOR Y VICTIMA: SON LOS ROLES PARA ESCOGER. SIN SABER QUE LA VIDA, ESE INCONTENIBLE IR Y VENIR A TRAVÉS DEL TIEMPO Y EL ESPACIO, ES AJENA A DUALISMOS.

LA RUINA SE ACUMULA ALREDEDOR DE LA CIUDAD, MIENTRAS HACEMOS FLORECER LA RESIGNACIÓN, ESE TEMBLOR SILENCIOSO CUYA SEMILLA YACÍA OCULTA DENTRO DE NOSOTROS DESDE EL NACIMIENTO.

27 de julio de 2010

Lluvia

Los niños no lo vieron hasta que cayo al piso. Y eso porque escucharon el ruido que hizo contra el pavimento mojado de la avenida. Gente que corría de un lado a otro para protegerse de la lluvia, autos esquivos que salpicaban los charcos que se formaban sobre la superficie gris hacia las aceras.

Arriesgándose a un regaño de su madre, que discutía con la dependienta de la tienda de abarrotes, corrieron para ayudar al hombre que permanecía inmóvil sobre el asfalto. Al acercarse notaron algo extraño, que confirmaron días después en un noticiero nocturno.

Su piel, pálida como la luna, expelía un extraño vapor que ascendía poco a poco, confundiéndose en una primera instancia con el vaho. Su atuendo era común: una chamarra de un equipo deportivo, pantalones de mezclilla y zapatos deportivos. Sus ojos abiertos bullían, como si fueran huevos sobre un sartén calentados al fuego.

Las gotas de lluvia no resbalaban sobre su rostro, sino que parecían atravesarlo como proyectiles disparados desde el cielo, sólo que con suavidad, ninguna violencia había que se notara. Asustados, sin ninguna respuesta ni intenciones de saber que sucedía, los pequeños hermanos corrieron al resguardo de la madre.

"¡Mamá, mamá!", le gritaron en cuanto la tuvieron al alcance de la mano. "¡Ese señor, ese señor tiene algo raro, ven a ver!" Pero sus gritos no encontraron respuesta. La mujer no veía nada. Tampoco pudieron dar respuestas los del noticiero, sólo atinaron a señalar sobre una "horrenda silueta parecida a la de un cuerpo dibujada sobre una avenida de la colonia M., que despedía un olor parecido al azufre y de la cual quedaban todavía rastros como de gelatina gris que conforme pasaba el tiempo se iba derritiendo".

 No supieron nunca que aquel era uno de los últimos ejemplares de su especie, ni más ni menos que un Vampiro de lluvia, los cuales a diferencia de sus primos los vampiros comunes pueden salir a la calle a plena luz del sol, siempre y cuando no llueva.

Pero a pesar de todo a mí me queda la incógnita: ¿Acaso fue un sucidio, un descuido mortal de un Nosferatu que no pudo resguardarse a tiempo o un homicidio muy bien ejecutado? Quizás en esta historia eso sea lo menos importante.

10 de junio de 2010

Cada desierto es una mina de muerte, en silencio
Cada océano es un útero de vida, en silencio

Cada ciudad es una mezcla de seres, llenos de ruido
Que se debaten entre la angustia y la esperanza

Cada día cae en picada a las profundidades, muere
Cada noche asciende al firmamento, nace

Cada uno de nosotros, llenos de sueños
Que se debaten entre la memoria y el olvido

1 de marzo de 2010


Sospechemos, querida,

de esta misteriosa caja

en cuya tapa está

nítidamente inscrita

en grandes letras

“Inmortalidad”

No nos acerquemos, a pesar

de que la gente proclama las maravillas que encierra

las cuales son demasiado buenas para ignorarlas,

sino sigamos de largo, juntos,

dando un gran rodeo.

Silenciosos. En puntillas.

Aguantando la respiración.

Si la miramos, vamos a querer tocarla.

Y no debemos, porque (algo me lo dice)

aunque lo hagamos con sumo cuidado

si empezamos a manosearla

se abrirá

y saltará la muerte


E. E. Cummings


****


No me importa que un poeta como Cummings (uno de mis favoritos, por cierto) sea muy difícil de traducir. Confío en esta versión que encontré de uno de sus poemas, el cual viene en un libro de poesías suyas titulado: "En epoca de lilas : cuarenta y cuatro poemas", traducción de Juan Cueto-Roig.

Y, ¿alguien dijo que estoy obsesionado con el tema de la muerte en estos últimos días?

26 de febrero de 2010

Último intento


Un día cualquiera de mi adolescencia me enamoré de torpes ideales del tipo de los que no se desbaratan con la lluvia. Finalmente, después de muchos años, he terminado por aborrecerlos. Y así también, un día cualquiera, emprendí la tarea de deshacerme de ellos. Por desgracia hasta ahora no lo he conseguido. Las tentativas han sido numerosas: Los he sacado a pasear, a calles húmedas, en horas nocturnas, intentando perderlos entre la confusión de la gente que avanza de un lado a otro sobre las aceras. Allí los abandono, a su suerte, pero no sé cómo todavía… siempre terminan encontrando el camino de regreso a mi habitación. 

Entonces elaboro torpes excusas; para hacer que se vayan les hablo de calamidades, de pesadillas fantásticas, de tragedias mitológicas. Incluso he apelado a mi locura, lo cual no es del todo una mentira. Cuando menos me doy cuenta me encuentro en escenas siempre parecidas: todavía despierto al amanecer, en vela desde altas horas de la noche. La garganta reseca de tanto hablar con ellos, de tanto discutir, de tanto susurrarles mis historias. Pero nada.

Ya estoy harto de ellos. Quisiera poder ahogarlos en piletas de agua inconmensurables, verlos hundirse poco a poco, hasta perderse en las tinieblas abismales. Desafortunadamente tal empresa sólo es posible realizarla en el terreno de los sueños.                                                 También he pensado, a la inversa, poder dejarlos a su suerte en un desierto infernal e inhóspito para que se mueran de sed, de hambre. Calcinados por el agobiante sol del mediodía, carroña de buitres e insectos, únicos moradores de aquellos parajes. Esta de más decir que esta empresa también resulta infructuosa.

Y así fantaseo con el día final de mis ideales de los cuales tuve la fatalidad de enamorarme, sin poder darles muerte o siquiera perderlos de vista. Borro una y otra vez mis huellas sobre el asfalto, tanto así que hasta me he acostumbrado a caminar del revés. Por miedo de encontrarlas en todas partes es que me he alejado del mundo. Evito las amistades, mis parejas formales y las informales. Ya no habito los cafés, las librerías de viejo ni las tertulias literarias. Los parques dominicales, las estaciones de autobuses… todo: seres humanos y lugares se han convertido en escenografías y maniquíes de cartón que he dejado arrumbados en el recuerdo de mi antigua vida cotidiana.

Pero tampoco el volverme un pinche ermitaño ha dado resultado. Cansado de seguir así, durmiendo, despertando, respirando, comiendo codo a codo con esos estúpidos ideales, he decidido probar un último intento, sin duda alguna desesperado. Ya nada importa, he perdido toda esperanza en una pronta cura. Damas y caballeros, ruego a ustedes que no intenten en casa lo que están por leer a continuación. Si tienen hijos pequeños o padecen alguna enfermedad del corazón, les pido los alejen de esta sala.

El siguiente acto que van a presenciar es sin duda alguna verídico. Me arrojaré a la siguiente hoja en blanco de mi diario. Acto seguido, me prenderé fuego. Tengo fe en que una vez que desaparezca en cuerpo y alma de este mundo, ellos no tendrán ya razón de ser. Se irán conmigo.   Mis últimas palabras las reservo para otras vidas, que sin duda alguna serán más prometedoras que esta que a punto estoy de terminar. Hasta luego. 

Música, maestro…

2 de julio de 2009

Epitafios


"...Y no tengan miedo"

Epitafio de Jorge Luis Borges

* * *

"Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar"

Epitafio de Vicente Huidobro

* * *

Rarezas mías aparte, confieso que lo único que me gusta de cuando tengo que acudir a un cementerio ya sea por obligación o compromiso, es leer los diversos epitafios se encuentran en las criptas. Cuando los hay, claro está.
Lástima que en México la mayoría son epitafios de índole religiosa: citas bíblicas, mensajes de los familiares al difunto, que en Stricto sensu no son auténticos epitafios ya que en mi opinión el epitafio es un acto individual y no un homenaje de parte de los deudos.

Pasa que, como la mayoría de los seres humanos morimos un día indeterminado, bajo circunstancias que nos son desconocidas, todo lo referente a como afrontar ese momento es algo siempre repentino. Pocos son los que meditan y piensan sobre su futura muerte. Así, los epitafios no son algo común. Pocos son a los que se les ocurre realizarlos.

¿Pero por qué o para qué se hacen los epitafios? ¿Para seguir vivo de alguna forma y ayudar a recordar de nuestra existencia a los que nos sobreviven? ¿Para dejar constancia de que existimos en este mundo? ¿Para expresar el pensamiento que el ahora ocupante de la tumba tuvo en vida? ¿Para hacer de una tumba algo más que un monumento poco práctico que contiene nuestros restos descompuestos a pocos metros de profundidad en la tierra? ¿O sólo para constatar que vivimos en el absurdo?

Lo que es un hecho es que el epitafio será leído mínimamente una vez: por el que habrá de labrarlo en la lápida o por el familiar quien ejecute la última voluntad del fallecido mandando poner la inscripción.
En la mente de aquellos dos personajes resonaran por un momento las oraciones que él difunto tuvo a bien pensar y meditar años antes de morir.

El contenido de los epitafios también varía. Al ser una actividad subjetiva expresa el pensamiento acerca de la muerte que cada particular se formo en vida. Podemos hacer un epitafio que pretenda aportar un pensamiento, que busque revelar una especie de sabiduría para que al leerlo otros aprendan de ella. Temas usuales de este tipo que muchos usan: la brevedad de la vida, lo inevitable y natural de la muerte, etc., etc.…
Hacer un verso, mostrando las cualidades poéticas del que lo compone. Por ejemplo este, muy cursi y malo que a mí se me ocurre para ilustrar el tipo: La vida, una aurora/ la muerte, un crepúsculo.
Que sea humorístico, esto es que trate de quitarle lo tenso y solemne al hecho de tener que morirse.
Que se burle de la muerte y la tome como algo sin importancia.
Aquí bien pueden entrar las calaveritas, nuestro estilo particular de hacer una especie de combinación de epitafio, poema, sátira y parodia.

La desventaja de un epitafio sería el pensar que no hacerlo bien le daría un sentido incompleto o vago. Puede que pensamos que si no está bien hecho el que lo lea después no entienda lo que quisimos decir, o que le parezca algo tonto o banal.

Otra desventaja es que pensemos el epitafio no engloba muchas cosas, que no tiene unidad, que necesita decir algo más porque puede ser todo lo contrario, que el epitafio dice mucho menos de lo que el vivo quería. Esto es que resulte muy escueto.
Por lo demás el epitafio a muchos les parece algo estúpido, sin sentido. “Tuviste toda tu vida para decir lo que tenías que decir. ¿Para qué entonces el epitafio?”, me dijo un amigo, el día en que salió a conversación Inter nos el tema de los epitafios. Yo difiero de él. ¿Por qué no seguir hablando, por así decirlo, aunque sea por un instante, después de muerto?

El muerto pareciera sonreírnos, escuchamos su voz, evocamos su recuerdo o simplemente dialogamos con él por un momento… al leer el epitafio inscrito en su lápida. El muerto nos habla, tiene algo que decir aun después de haber pasado a mejor vida.
Como buen loco y ocioso, he hecho y rehecho epitafios para el día en que muera, pero no quedo conforme. No encuentro ningún epitafio que me convenza todavía. Luego el tiempo apremia y crea una desventaja: ¿Y si no logro hacer mi epitafio antes de morir?


He leído y releído acerca de epitafios geniales, escritos por gente famosa en distintos aspectos para darme una idea de cómo hacer el mío: científicos, filósofos, poetas y estadistas. Aunque también hay registrados muy buenos epitafios en las tumbas de las personas comunes y corrientes. Pero sin duda, hay que admitir, que los que hacen los mejores epitafios son los escritores y los humanistas.

Idear un epitafio propio es un ejercicio entretenido e incluso puede que hasta termine resultando agradable. Se descubre mucho acerca de uno mismo en el proceso. Además de que se contamos con la ventaja de tener toda una vida para pensar en cual será el epitafio que más nos convenga. Incluso me atrevo a decir que podemos, en un ejercicio extremo de perfeccionamiento, elegir nuestro epitafio hasta el último momento, en el umbral mismo de nuestra muerte.

Haciendo gala de esta estretagia, pienso en dos hombres que están a punto de batirse en un duelo a muerte. Estos hombres completan su ideal poético de la muerte por honor con el añadido de contar con un epitafio digno que los acompañe en su último descanso. Como todo idealista y perfeccionista, ambos sostienen la convicción de pensar su última frase hasta el último momento.
Antes de enfrentarse y de disparar, conscientes de la probabilidad de que cada uno pierda este último combate, van pensando en el epitafio, pero no se encuentran del todo convencidos.


Momentos después la bala alcanzará a uno de ellos, quien de a poco, muriéndose, va descartando con la velocidad de su vida que se escapa, uno a uno, los posibles epitafios.
Una vez satisfecho por el producto final y con sus últimas fuerzas, el derrotado pronuncia el epitafio elegido a la persona de confianza/ al ser querido que se acerca para asistirlo. Instantes después, muere.


El epitafio elegido en dichas circunstancia podría resultar más puro, honesto y correcto de todos cuanto pudieron haber existido, ya que se elige en un momento propicio, a la vez que preciso.
Yo por mi parte, a estas alturas de la vida, no tengo todavía un epitafio que me convenza.

Y ustedes, si hicieran un epitafio ¿qué diría?