12 de julio de 2016
Melanoma
6 de junio de 2013
Y si las cosas salen mal...
24 de junio de 2011
ESA LOCURA
NO HACE FALTA UNA RENCILLA QUE SIRVA DE PRETEXTO PARA ENCAJARNOS UN FRAGMENTO DE METAL EN LAS ENTRAÑAS. UN ACTO TORPE, MAL EJECUTADO EN NUESTRA CADENA DE EVENTOS ES MÁS QUE SUFICIENTE
LLUVIA DE METRALLAS EN PLENA CALLE, ALTOS FUNCIONARIOS DEVOTOS DE PODER ENARBOLANDO DISCURSOS ELEGANTES DESDE UNA TRIBUNA
MIRATE BIEN, MIRANOS BIEN, SOMOS CARNE VIOLENTA QUE SE DESHACE CADA TARDE EN PUÑADOS DE CENIZA
GRITAN LOS MUERTOS DESDE LAS ACERAS, LOS BALDÍOS, CANALES DE DESAGÜE Y FOSAS CLANDESTINAS, MIMETIZADOS EN FORMA DE NUESTROS PASOS
NOS CREEMOS DIVIDOS EN DOS ÚNICOS BANDOS, AGRESOR Y VICTIMA: SON LOS ROLES PARA ESCOGER. SIN SABER QUE LA VIDA, ESE INCONTENIBLE IR Y VENIR A TRAVÉS DEL TIEMPO Y EL ESPACIO, ES AJENA A DUALISMOS.
LA RUINA SE ACUMULA ALREDEDOR DE LA CIUDAD, MIENTRAS HACEMOS FLORECER
27 de julio de 2010
Lluvia
Arriesgándose a un regaño de su madre, que discutía con la dependienta de la tienda de abarrotes, corrieron para ayudar al hombre que permanecía inmóvil sobre el asfalto. Al acercarse notaron algo extraño, que confirmaron días después en un noticiero nocturno.
Su piel, pálida como la luna, expelía un extraño vapor que ascendía poco a poco, confundiéndose en una primera instancia con el vaho. Su atuendo era común: una chamarra de un equipo deportivo, pantalones de mezclilla y zapatos deportivos. Sus ojos abiertos bullían, como si fueran huevos sobre un sartén calentados al fuego.
Las gotas de lluvia no resbalaban sobre su rostro, sino que parecían atravesarlo como proyectiles disparados desde el cielo, sólo que con suavidad, ninguna violencia había que se notara. Asustados, sin ninguna respuesta ni intenciones de saber que sucedía, los pequeños hermanos corrieron al resguardo de la madre.
"¡Mamá, mamá!", le gritaron en cuanto la tuvieron al alcance de la mano. "¡Ese señor, ese señor tiene algo raro, ven a ver!" Pero sus gritos no encontraron respuesta. La mujer no veía nada. Tampoco pudieron dar respuestas los del noticiero, sólo atinaron a señalar sobre una "horrenda silueta parecida a la de un cuerpo dibujada sobre una avenida de la colonia M., que despedía un olor parecido al azufre y de la cual quedaban todavía rastros como de gelatina gris que conforme pasaba el tiempo se iba derritiendo".
No supieron nunca que aquel era uno de los últimos ejemplares de su especie, ni más ni menos que un Vampiro de lluvia, los cuales a diferencia de sus primos los vampiros comunes pueden salir a la calle a plena luz del sol, siempre y cuando no llueva.
Pero a pesar de todo a mí me queda la incógnita: ¿Acaso fue un sucidio, un descuido mortal de un Nosferatu que no pudo resguardarse a tiempo o un homicidio muy bien ejecutado? Quizás en esta historia eso sea lo menos importante.
10 de junio de 2010
Cada océano es un útero de vida, en silencio
Cada ciudad es una mezcla de seres, llenos de ruido
Que se debaten entre la angustia y la esperanza
Cada día cae en picada a las profundidades, muere
Cada noche asciende al firmamento, nace
Cada uno de nosotros, llenos de sueños
Que se debaten entre la memoria y el olvido
1 de marzo de 2010
Sospechemos, querida,
de esta misteriosa caja
en cuya tapa está
nítidamente inscrita
en grandes letras
“Inmortalidad”
No nos acerquemos, a pesar
de que la gente proclama las maravillas que encierra
las cuales son demasiado buenas para ignorarlas,
sino sigamos de largo, juntos,
dando un gran rodeo.
Silenciosos. En puntillas.
Aguantando la respiración.
Si la miramos, vamos a querer tocarla.
Y no debemos, porque (algo me lo dice)
aunque lo hagamos con sumo cuidado
si empezamos a manosearla
se abrirá
y saltará la muerte
E. E. Cummings
****
No me importa que un poeta como Cummings (uno de mis favoritos, por cierto) sea muy difícil de traducir. Confío en esta versión que encontré de uno de sus poemas, el cual viene en un libro de poesías suyas titulado: "En epoca de lilas : cuarenta y cuatro poemas", traducción de Juan Cueto-Roig.
26 de febrero de 2010
Último intento

Un día cualquiera de mi adolescencia me enamoré de torpes ideales del tipo de los que no se desbaratan con la lluvia. Finalmente, después de muchos años, he terminado por aborrecerlos. Y así también, un día cualquiera, emprendí la tarea de deshacerme de ellos. Por desgracia hasta ahora no lo he conseguido. Las tentativas han sido numerosas: Los he sacado a pasear, a calles húmedas, en horas nocturnas, intentando perderlos entre la confusión de la gente que avanza de un lado a otro sobre las aceras. Allí los abandono, a su suerte, pero no sé cómo todavía… siempre terminan encontrando el camino de regreso a mi habitación.
Entonces elaboro torpes excusas; para hacer que se vayan les hablo de calamidades, de pesadillas fantásticas, de tragedias mitológicas. Incluso he apelado a mi locura, lo cual no es del todo una mentira. Cuando menos me doy cuenta me encuentro en escenas siempre parecidas: todavía despierto al amanecer, en vela desde altas horas de la noche. La garganta reseca de tanto hablar con ellos, de tanto discutir, de tanto susurrarles mis historias. Pero nada.
Ya estoy harto de ellos. Quisiera poder ahogarlos en piletas de agua inconmensurables, verlos hundirse poco a poco, hasta perderse en las tinieblas abismales. Desafortunadamente tal empresa sólo es posible realizarla en el terreno de los sueños. También he pensado, a la inversa, poder dejarlos a su suerte en un desierto infernal e inhóspito para que se mueran de sed, de hambre. Calcinados por el agobiante sol del mediodía, carroña de buitres e insectos, únicos moradores de aquellos parajes. Esta de más decir que esta empresa también resulta infructuosa.
Y así fantaseo con el día final de mis ideales de los cuales tuve la fatalidad de enamorarme, sin poder darles muerte o siquiera perderlos de vista. Borro una y otra vez mis huellas sobre el asfalto, tanto así que hasta me he acostumbrado a caminar del revés. Por miedo de encontrarlas en todas partes es que me he alejado del mundo. Evito las amistades, mis parejas formales y las informales. Ya no habito los cafés, las librerías de viejo ni las tertulias literarias. Los parques dominicales, las estaciones de autobuses… todo: seres humanos y lugares se han convertido en escenografías y maniquíes de cartón que he dejado arrumbados en el recuerdo de mi antigua vida cotidiana.
Pero tampoco el volverme un pinche ermitaño ha dado resultado. Cansado de seguir así, durmiendo, despertando, respirando, comiendo codo a codo con esos estúpidos ideales, he decidido probar un último intento, sin duda alguna desesperado. Ya nada importa, he perdido toda esperanza en una pronta cura. Damas y caballeros, ruego a ustedes que no intenten en casa lo que están por leer a continuación. Si tienen hijos pequeños o padecen alguna enfermedad del corazón, les pido los alejen de esta sala.
El siguiente acto que van a presenciar es sin duda alguna verídico. Me arrojaré a la siguiente hoja en blanco de mi diario. Acto seguido, me prenderé fuego. Tengo fe en que una vez que desaparezca en cuerpo y alma de este mundo, ellos no tendrán ya razón de ser. Se irán conmigo. Mis últimas palabras las reservo para otras vidas, que sin duda alguna serán más prometedoras que esta que a punto estoy de terminar. Hasta luego.
Música, maestro…
2 de julio de 2009
Epitafios

"...Y no tengan miedo"
Epitafio de Jorge Luis Borges
* * *
"Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar"
Epitafio de Vicente Huidobro
* * *
Rarezas mías aparte, confieso que lo único que me gusta de cuando tengo que acudir a un cementerio ya sea por obligación o compromiso, es leer los diversos epitafios se encuentran en las criptas. Cuando los hay, claro está.
Lástima que en México la mayoría son epitafios de índole religiosa: citas bíblicas, mensajes de los familiares al difunto, que en Stricto sensu no son auténticos epitafios ya que en mi opinión el epitafio es un acto individual y no un homenaje de parte de los deudos.
Pasa que, como la mayoría de los seres humanos morimos un día indeterminado, bajo circunstancias que nos son desconocidas, todo lo referente a como afrontar ese momento es algo siempre repentino. Pocos son los que meditan y piensan sobre su futura muerte. Así, los epitafios no son algo común. Pocos son a los que se les ocurre realizarlos.
¿Pero por qué o para qué se hacen los epitafios? ¿Para seguir vivo de alguna forma y ayudar a recordar de nuestra existencia a los que nos sobreviven? ¿Para dejar constancia de que existimos en este mundo? ¿Para expresar el pensamiento que el ahora ocupante de la tumba tuvo en vida? ¿Para hacer de una tumba algo más que un monumento poco práctico que contiene nuestros restos descompuestos a pocos metros de profundidad en la tierra? ¿O sólo para constatar que vivimos en el absurdo?
Lo que es un hecho es que el epitafio será leído mínimamente una vez: por el que habrá de labrarlo en la lápida o por el familiar quien ejecute la última voluntad del fallecido mandando poner la inscripción.
En la mente de aquellos dos personajes resonaran por un momento las oraciones que él difunto tuvo a bien pensar y meditar años antes de morir.
El contenido de los epitafios también varía. Al ser una actividad subjetiva expresa el pensamiento acerca de la muerte que cada particular se formo en vida. Podemos hacer un epitafio que pretenda aportar un pensamiento, que busque revelar una especie de sabiduría para que al leerlo otros aprendan de ella. Temas usuales de este tipo que muchos usan: la brevedad de la vida, lo inevitable y natural de la muerte, etc., etc.…
Hacer un verso, mostrando las cualidades poéticas del que lo compone. Por ejemplo este, muy cursi y malo que a mí se me ocurre para ilustrar el tipo: La vida, una aurora/ la muerte, un crepúsculo.
Que sea humorístico, esto es que trate de quitarle lo tenso y solemne al hecho de tener que morirse.
Que se burle de la muerte y la tome como algo sin importancia.
Aquí bien pueden entrar las calaveritas, nuestro estilo particular de hacer una especie de combinación de epitafio, poema, sátira y parodia.
La desventaja de un epitafio sería el pensar que no hacerlo bien le daría un sentido incompleto o vago. Puede que pensamos que si no está bien hecho el que lo lea después no entienda lo que quisimos decir, o que le parezca algo tonto o banal.
Otra desventaja es que pensemos el epitafio no engloba muchas cosas, que no tiene unidad, que necesita decir algo más porque puede ser todo lo contrario, que el epitafio dice mucho menos de lo que el vivo quería. Esto es que resulte muy escueto.
Por lo demás el epitafio a muchos les parece algo estúpido, sin sentido. “Tuviste toda tu vida para decir lo que tenías que decir. ¿Para qué entonces el epitafio?”, me dijo un amigo, el día en que salió a conversación Inter nos el tema de los epitafios. Yo difiero de él. ¿Por qué no seguir hablando, por así decirlo, aunque sea por un instante, después de muerto?
El muerto pareciera sonreírnos, escuchamos su voz, evocamos su recuerdo o simplemente dialogamos con él por un momento… al leer el epitafio inscrito en su lápida. El muerto nos habla, tiene algo que decir aun después de haber pasado a mejor vida.
Como buen loco y ocioso, he hecho y rehecho epitafios para el día en que muera, pero no quedo conforme. No encuentro ningún epitafio que me convenza todavía. Luego el tiempo apremia y crea una desventaja: ¿Y si no logro hacer mi epitafio antes de morir?
He leído y releído acerca de epitafios geniales, escritos por gente famosa en distintos aspectos para darme una idea de cómo hacer el mío: científicos, filósofos, poetas y estadistas. Aunque también hay registrados muy buenos epitafios en las tumbas de las personas comunes y corrientes. Pero sin duda, hay que admitir, que los que hacen los mejores epitafios son los escritores y los humanistas.
Idear un epitafio propio es un ejercicio entretenido e incluso puede que hasta termine resultando agradable. Se descubre mucho acerca de uno mismo en el proceso. Además de que se contamos con la ventaja de tener toda una vida para pensar en cual será el epitafio que más nos convenga. Incluso me atrevo a decir que podemos, en un ejercicio extremo de perfeccionamiento, elegir nuestro epitafio hasta el último momento, en el umbral mismo de nuestra muerte.
Haciendo gala de esta estretagia, pienso en dos hombres que están a punto de batirse en un duelo a muerte. Estos hombres completan su ideal poético de la muerte por honor con el añadido de contar con un epitafio digno que los acompañe en su último descanso. Como todo idealista y perfeccionista, ambos sostienen la convicción de pensar su última frase hasta el último momento.
Antes de enfrentarse y de disparar, conscientes de la probabilidad de que cada uno pierda este último combate, van pensando en el epitafio, pero no se encuentran del todo convencidos.
Momentos después la bala alcanzará a uno de ellos, quien de a poco, muriéndose, va descartando con la velocidad de su vida que se escapa, uno a uno, los posibles epitafios.
Una vez satisfecho por el producto final y con sus últimas fuerzas, el derrotado pronuncia el epitafio elegido a la persona de confianza/ al ser querido que se acerca para asistirlo. Instantes después, muere.
El epitafio elegido en dichas circunstancia podría resultar más puro, honesto y correcto de todos cuanto pudieron haber existido, ya que se elige en un momento propicio, a la vez que preciso.
Yo por mi parte, a estas alturas de la vida, no tengo todavía un epitafio que me convenza.
Y ustedes, si hicieran un epitafio ¿qué diría?
