1 de noviembre de 2015

Un lago



Vicente Huidobro


Me olvidaba deciros que también hay un lago y que este lago se aleja según la dirección del viento. A veces llega hasta a perderse de vista, a veces pasa largos años ausente y vuelve de otro color. A veces tiene hambre y maldice a los hombres que no naufragan a la hora debida. Otras veces camina en cuatro patas y roe durante horas y horas los despojos de tanta tragedia acumulados en sus orillas o los reflejos de quién sabe qué tiempos secretos. 


En Temblor de cielo.

16 de mayo de 2015

Orgullo de lector


Gaston Bachelard


En cuanto a nosotros, aficionados a la lectura feliz, no leemos ni releemos más que lo que nos gusta, con un pequeño orgullo de lector mezclado con mucho entusiasmo. Mientras el orgullo suele desarrollarse por lo general en un sentimiento avasallador que pesa sobre todo el psiquismo, la punta de orgullo que nace de la adhesión a una dicha de imagen, es siempre discreta, secreta. Está en nosotros, simples lectores, para nosotros, únicamente para nosotros. Es un orgullo de cámara. Nadie sabe que revivimos, leyendo, nuestras tentaciones de ser poetas. Todo lector un poco apasionado por la lectura, alienta y reprime, leyendo, un deseo de ser escritor. Cuando la página leída es demasiado bella la modestia reprime ese deseo. Pero el deseo renace. De todas maneras, todo lector que relee una obra que ama, sabe que las páginas amadas le conciernen.



En La póetica del espacio.






15


Rubén Bonifaz Nuño


No me ilusiono, admito, es de mi gusto,
que soy un hombre igual a todos.
Trabajo en algo, cobro
mi sueldo insuficiente; me divierto
cuando puedo, o me aburro hasta morirme;
hablo, me callo a veces, pido
mi comida, y a ratos
quisiera ser feliz gloriosamente,
y hago el amor, o voy y vengo
sin nadie que me siga. Tengo un perro
y algunas cosas mías.

En general, no estoy conforme
ni me resigno. Quiero mi derecho,
de hombre común, a deshacerme
la frente contra el muro, a golpearme,
en plena lucidez, contra los ojos
cerrados de las puertas; o de plano
y porque sí, a treparme en una silla,
en cualquier calle, a lo mariachi,
y cantar las cosas que me placen.

También, monumental, hago mi juego
en serio con las gentes,
según las reglas, y reclamo
mis ganancias y pérdidas, y busco
la revancha, o perdono
por generoso o por flojera.

Manos de hombre tengo; manos
para tomar, de las cosas que existen,
lo que por hombre se me debe,
y, por lo que yo debo, hacer algunas
de las cosas que faltan.

Y reconozco que me importa
ser pobre, y que me humilla,
y que lo disimulo por orgullo.

Tú, compañero, cómplice que llevo
dentro de todos, junto a mí, lo sabes.
Hermano de trabajos que caminas
en hombres y mujeres, apretado
como la carne contra el hueso,
y vives, sudas y alborotas
en mí y conmigo y para mí y contigo.



De Fuego de pobres (1961)


1 de mayo de 2015

Donde se aquietan la lluvia amarga y un par de brazos



Trac, trac. Enciende la luz del cuarto de baño, y lo primero que encuentra es su reflejo, señalado en buena parte por unos ojos rojos que se fijan en el cristal empañado como preguntándose acerca de la inclemente madrugada que no parece terminar nunca. Apenas veintiséis años y ya no puede dormir, pensando en la cercanía de las enfermedades, las preocupaciones económicas y las perspectivas laborales que no llenan sus expectativas. Hace calor afuera, más allá del mosquitero presencias ocultas palpitan inquietas a causa de la pantalla de luz, aguardando la invitación para mejor colarse a la ceremonia del insomnio. Los dedos flacos y pálidos parten por la mitad aquel rostro, apareciendo un anaquel repleto de botellas, jabones, frascos y cajas humedecidas. ¿Habrá alguien que gobierne esos movimientos nerviosos o simplemente han cobrado vida propia? No está seguro, pues su cabeza ya había volado siguiendo la hebra que configuran pensamientos difusos, sostenidos apenas por la certeza de una cura, mínimo alivio para destellos de neurosis, picaduras de insectos invisibles habitantes de los rincones del alma. Todo él se expande por la habitación de azulejos floridos, al compás de una cierta respiración, mientras las yemas de los dedos leen etiquetas, rugosas prescripciones, objetos que se estorban en el preciso momento de su inutilidad recobrada, para desvanecerse en una estela de materia informe. Por fin llega a la cajita huraña, escondida tras restos de cotonetes y navajas de rasurar oxidadas. En su interior se agitan dos pastillas milagrosas, que hasta ahora permanecían en su largo sueño aséptico, como gobernando un tiempo desconocedor de vehemencias y palpitaciones. ¡Están aquí!, exclama jubiloso, y por un momento olvida la complejidad en ciernes que lo ha traído dando vuelcos, adelantándose a la pacificación, donde el yo se desvanece y todo se reintegra al mar calmo, fuera de cualquier experiencia, incapaz de percepciones clasificatorias, deseoso de desvanecerse en llamaradas oscuras, olvido y solo olvido de ser- estar. Con las manos quietas vuelve la puerta hecha de espejos, las sinapsis abrazan su recobrado dominio en conciencias claras y duraderas, donde cabeza-torax-miembros reconcilian su frenesí para ser conducto donde naufragará la sustancia activadora del sueño, cual nave cóncava ofrendada a la tormenta para apaciguar la furia de un dios enloquecido. Libación en agua de grifo, vaso de vidrio que se alza para reflejar a su manera los destellos crepusculares de una mente enferma, a punto de apagarse para no más pensar. Mañana persigue formas irregulares en las nubes, porque no hay otra cosa que comer en casa. Hoy, tan solo queda tiempo para dormir.


23 de junio de 2014

Infortunio



No pudo dormir esa noche.
Hasta el día de ayer se había desenvuelto con gracia; su vida era despreocupada, hacía lo que le gustaba y sentía que de ese trabajo obtenía todo lo necesario para ser feliz. Más aún: amaba y lo amaban.

Todo era bueno, pero después llegó esa voz aguda acompañada de una sombra, murmurándole al oído. Se percató de su forma ominosa cuando ya era demasiado tarde. Le había dicho: "oye, ¿ya viste que aquel tiene más cosas que tú y es por lo tanto más feliz?"

Desde aquel momento todo le sabe amargo. Los objetos que le rodean tienen un cariz insuficiente, como si alguien les hubiera extraído gran parte de la sustancia que los conforma, y solo fueran láminas de cartón colocadas a su alrededor que su mano pudiera desbaratar al menor contacto.




3 de febrero de 2014

Fin de la tregua






Asciendo por los cabellos aún enmarañados, durmientes, de la ciudad

En el horizonte un sol, también adormilado, se levanta

Y la visión es agua tibia que cae sobre mis ojos en la sucesión de calles

Mientras sus aceras, inquietas, desaparecen.



Hay un legado húmedo y frío que aguarda en cada esquina

Una mujer en continua fuga que solo puede aprisionar su voz

Detiene con su índice delgado y pálido el rinoceronte cargado de ansiedades

Aborda, avanza, elige, descansa, todo lentamente



Y este laberinto de marasmos se despierta
poco a poco, cuando ella suspira

Otra vez una silueta dorada, delicada y frágil ha hecho la hazaña

La urbe milenaria de humo, fuego, polvo, sangre…

Nace para otro ciclo de dominio inmisericorde, después de la breve tregua en que se hallaba sumergida desde anoche.




14 de enero de 2014




Cada noche al recostarme en la cama, decidido a dormir hasta que el sol se levante otra vez sobre La Tierra, me asaltan decenas de ideas poderosas, cada una de distinta envergadura, todas ellas pidiéndome atención, como si al hacerlo alguna pudiera salir para realizarse.

Pospongo el momento propicio para el sueño. Me levanto y enfilo en dirección a mi escritorio, donde un par de hojas blancas se muestran sorprendidas ante la aparición repentina de su sueño. Inquietas, agitándose en la oscuridad, parecen preguntarme: “¿Qué haces aquí? ¿Algo anda mal? ¿Vienes acaso a dictarnos algún pensamiento apesadumbrado, cierto padecimiento que aqueja tu alma de anciano solitario?”

Rodeo con cuidado el rectángulo de madera, sin perder de vista la diminuta superficie blanca que ondea como una llama purificando la noche. Contemplo aquella densidad etérea hasta que cae, como si alguien le diera la orden de extinguirse, y ya con la ventana de mi habitación completamente cerrada, sin corriente de aire que surque la habitación y maliciosa otorgue vida a mis pertenencias, me acerco a la silla acolchada color negro eternizada en su postura recta, esa que ha recibido tantas veces a este cuerpo indisciplinado sin lograr apaciguarlo o al menos conducirlo a destinos más prominentes (funcionario público, administrativo en alguna oficina empresarial).

Y mis piernas tiemblan como hacía mucho no temblaban, mientras acomodo la espalda por completo en el respaldo. Mi cuerpo es recorrido por un extraño escalofrío al posar las manos sobre el escritorio, cual si presintiera que algo malo está por suceder. Pero la habitación permanece en silencio, completa es su calma. Solo rechinan de vez en cuando los muebles, que de tan viejos resisten el paso de la humedad, el calor y las heladas a la manera de los gestos inmóviles de las estatuas de héroes. Los vidrios de las ventanas se cimbran en la noche, frágil frontera de los reinos que anuncia los bailes perpetuos del viento. Cada uno de estos accidentes vienen a saludarme, y mi alma les responde con un gesto humilde, piadoso.

El bolígrafo se apodera de mis dedos, siento como si de su oblonga superficie salieran invisibles tenazas que aprisionan la piel, completando la continua ilusión labrada por mi mente y de la cual no he logrado sustraerme hasta ahora de que existe una conexión fantasmagórica entre ciertos objetos y mis instintos más sediciosos. ¿Debería resistirme? ¿O más bien esperar para ver hasta dónde llegarán mis voliciones? Luego, ¿gritar? ¿Correr aterrado para refugiarme en mi lecho, cubrirme con las sábanas y tratar (de una vez por todas) de dormir?

Sí, todo sea para aumentar las posibilidades de poder dormir. Me digo “vamos ya, de prisa”, como si fuera un conjunto de actos impostergables. Comencemos. Escribo: “Hace varios días que no consigo cerrar los ojos…”





26 de agosto de 2013

Sobre la búsqueda del sentido



"[...] De pronto mi vida me parece trivial, no solo indigna de ser escrita, sino aun de ser contemplada con cierto detalle, y tan poco importante, hasta para mis propios ojos, como la del primero que pasa. De pronto me parece única, y por eso mismo sin valor, inútil -por irreductible a la experiencia del común de los hombres. Nada me explica: mis vicios y virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios; y sobre todo por él mismo. Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros."


Fragmento de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar



6 de junio de 2013

Y si las cosas salen mal...






Este minuto de angustia es más valioso que todos los otros, existentes en mí, ya finiquitados. Las mismas estaciones donde días atrás varios se arrojaron, dispuestos a terminar todo, quien sabe si anhelantes de una segunda, mejor oportunidad. Es difícil pensar en otra cosa cuando todo te cubre de golpe, desde dentro hacia fuera. No hay nubes negras, tampoco rostros delirantes. Solamente esta angustia, como un dolor punzante y persistente, que no permite pensar en nada. Las imágenes se agolpan con furia, y deseas que termine de una vez por todas aquel torrente. Cortar de tajo este estado, con lo que esté disponible a la mano. El silencio adquiere un cariz sanador, se vuelve una obsesión. Una vez ahí, ya no hay vuelta atrás.


Carla se acordó de todos los días que su madre le preparó el almuerzo: el trastecito color lila, tantas veces ocupado por sándwiches y ensaladas. ¿Dónde estaría ahora? Se mudó hace tantos años de la casa materna, y ahora tenía ganas de volver. Llegaría directamente a preguntarle “¿y mi trastecito lila mamá? ¿Todavía lo tienes?” Sí, seguro lo conservaba. Guardado en la alacena blanca, acompañado de otros enseres. Proyectaba la imagen de los trastes ordenados, en hilera, limpios. Quietud, la primera en muchos años. Luego se arrojó.


Me asomo por la ventana tratando de ver a las personas que esperan en la otra dirección. Están despreocupadas, como si supieran todo de antemano. Si alguien les dijera que mañana sucederá algo fatal en sus vidas, se trastornarían de inmediato. Pero volverían a la normalidad de inmediato.


Yo las envidio. Saludo con desdén al guardia de seguridad de la entrada. Anoche me dormí pensando en la muerte, y ahí sigo. Mañana en el cine seguramente olvidaré todo, abrazado de Miranda. Pero hoy está todo muy confuso.


En los periódicos siempre se muestran discretos con los suicidios. Ocupan un espacio bastante pequeño en comparación con otras notas, como aquellas que hablan de los asesinatos a sangre fría, los accidentes, los secuestros. Apenas unos cuantos detalles, casi nula información sobre el finado. Alguna conjetura, muy superficial.


Concretamente recuerdo a Alan, un amigo mío de preparatoria. El se suicidó hace unos años. Cuando pienso en su rostro intranquilo, contenido, pienso en el dolor que provocan los recuerdos. Es una asociación peligrosa. Y sin embargo notablemente clara. Los años pasan a nuestro alrededor, destruyéndonos poco a poco. Es inevitable la muerte, paulatina, nadie puede escaparse a ella. Pero él quiso enfrentarla de una buena vez. Para muchos alteró “el ciclo natural de las cosas”. Mi teoría es que el suicidio resulta horrendo porque pone en aviso algo que debe ser espontáneo, sorpresivo. Pero, ¿alterar el ciclo? Trajo la muerte a su vida, punto. Murió.


Tecleo con fuerza, miro al monitor. Los ojos me duelen, estoy enfrascado en mis ocupaciones. Nada me distrae. La mente trabaja a dos niveles, maldita sea. La atmósfera está enrarecida, hay una incomodidad. Será el calor. O simplemente son ideas mías.


Sabíamos que sufría, pero no nos imaginamos un desenlace como aquel. No acudí al funeral. No era tan cercano. Otros amigos si lo conocían más a fondo. Su perfil de la red social se llenó de mensajes póstumos. Había de todo: enojo, tristeza, dolor. Sorpresa. Mucha sorpresa.


Contemplo los rieles, tan inofensivos, no parece que a través de ellos fluya la corriente eléctrica. Si por accidente me cayera sobre ellos, me electrocutaría. Seguro moriría en unos segundos. Antes de que pasara el tren, sin violencia. Tal vez se detendría. Recogerían mi cadáver en unos minutos. Y ya.


No quise hacerles preguntas. Cosas como ¿cuál fue el motivo? ¿Cómo lo hizo…? Los días y noches siguientes no pude dormir. Pensaba y pensaba en su desaparición. En el instante en que dejó salir su último respiro. Y después solo un montón de carne. Sin misterios, sin sueños, sin imágenes. Todo se detiene para siempre. Un mundo de significados se desintegra, irremplazable. En ese instante algo de nosotros se murió para siempre: lo que de nosotros conocía Alan. Nos arrebató una perspectiva de nuestra existencia. Sin nuestro permiso. Pero, aunque siguiera existiendo, ¿qué importa? ¿Qué importa su muerte para nosotros, hoy y de ahora en adelante?


Llego a casa en la noche. Hay una oscuridad y silencio casi completos. Mis tripas gruñen. Tengo hambre desde hace varias horas. Mis piernas, ojos y espalda acusan cansancio. Me comunican su vida. Son más fuertes que mis pensamientos, que apenas surcan por mi mente se desvanecen. Esos que se despiden de mí ser con sutileza. No hay ceremonial, simplemente se van. No obstante, sigo siendo el mismo.


Tuve la idea, hace algunos meses, de hacer un álbum de recortes de periódico. Su contenido, quizás desagradable para algunos. Suicidios. Desistí. Solo logre juntar unos cuantos pedacitos. Los buscaré. Tengo ganas de leerlos.


Y otra vez en la cama, tratando de dormir. Contemplo el librero de mi habitación, sin poner atención en sus formas. Algo se dibuja dentro de mí, pero no quiero que siga. En unos minutos dormiré, pero ahora estoy inquieto. Trato de pensar en lo que haré mañana.
Eso siempre ayuda. De pronto ya estaré en otras cosas.


Los dos psiquiatras que me atendieron, muy serios pero amables, escuchaban todo con atención. Ellos, ¿alguna vez…? Seguramente. ¿Qué pensaban en aquellas noches? ¿Se imaginaron que atenderían a muchachitos deprimidos en el futuro? Dejé de asistir un día, sin motivo. De alguna forma me sentí mejor. Hay crónicas de eso en algunas hojas de cuaderno. Pero nada más. No quiero dar testimonio de lo que sentía por aquellos días. Es mejor olvidarlo porque ¿a quién ayuda?


Nunca termine una historia ideada hace varios años sobre un par de amigos, uno de los cuales se suicidaba. El título era bastante rebuscado. Algunos párrafos, y ya. Como muchas otras cosas que empiezo y nunca termino.


Quisiera estar contigo en estos momentos. Abrazado a tu cuerpo. Sentir que no hay nada más en este mundo. Vivir para siempre juntos, lejos del mundo. Que egoísta. Que grotesco. Es una idea romántica bastante enferma. El contraste no ayuda.


Entre ayer y hoy varias sensaciones. Nada nuevo, me pasaría igual si estuviera de vacaciones, fuera de casa. De niño era muy callado, no tenía muchos amigos. El único que tenía era un primo cercano. Pero no jugábamos mucho. Casi todo el tiempo estuve solo. Y eso no ha cambiado mucho que digamos.


En mis sueños hay lugares que en verdad existen, acontecen cosas que no recuerdo al día siguiente. Solo quedan sensaciones, que de tan vívidas me inquietan. Seguro ya lo pensó un escritor: el sueño es la puerta a otra vida, un vaso comunicante a un yo alterno, que en esos momentos vive en alguna parte del universo. Nos colamos a flashbacks de su propia vida, por eso al día siguiente no entendemos nada. Solo lo haríamos de ser él mismo.


Por otra parte, el único velorio al que he asistido es al de mi abuela Sandra. Ninguno más. Ni falta hace. Ella murió de cáncer. Fue una muerte lentamente anunciada, todo lo contrario a la de Alan. Los pongo como polos opuestos, cuando en realidad son personas, no sirven de modelos para nada. Vivieron, murieron, con circunstancias personales que de tan distintas se pierden en una heterogeneidad de la cual nunca pude conocer ni una milésima parte. Pero están en mis pensamientos. Cuando recuerdo la muerte, ahí están. Cercanos, danzantes, como si estuvieran vivos aún.


“Y si las cosas salen mal” pienso. “Y si las cosas salen mal”, seré pronto uno de ellos. Acaso alguien pensara en mí. Seré un modelo cuando otro piense en la muerte, pero yo no estaré ahí. Será mi tragedia: un anuncio en el periódico sobre un fatídico accidente, algún impulso adolescente, estar en el lugar y tiempo equivocados. Fuera de toda teorización, de toda vivencia.


Los últimos días de mi abuela son los recuerdos más dolorosos de mi vida. Creí que podría lidiar con ellos, pero no. Pienso en ellos y vienen a mi mente imágenes repletas de angustia. Una extraña culpabilidad, de estar bien, mientras ella se moría. No poder hacer nada. Almacenar eso como se almacena un dato histórico para un examen final. No tener alternativa más que la propia vida, la inmensidad de la vida.


¿Qué le diría a Alan si pudiera hablarle de nuevo? Preguntas tontas, seguramente. Nada verdaderamente significativo. Ese tipo de sentencias que definen lo que somos, ¿por qué son tan difíciles? Quisiera verlo de nuevo, su rostro, lleno de conflictos sin resolver. Su endeble humanidad, perdiéndose en instantes irrecuperables. Decirle “oye, sin proponértelo ya estás muriendo. Lentamente, igual que todos”


Retomaría mi historia de los amigos, uno de ellos suicida. Omitiría nombres. Echaría mano de mi imaginación, porque no era cercano. Tendría que pensar cómo es enfrentarte a esa situación sin haberla vivido. Pura ficción y especulación.


Me levanto para tomar agua. En poco tiempo amanecerá. Levanto el cuaderno de apuntes arrumbado en el escritorio, busco la última página. Leo lo que escribí ayer: “en todas las noches hay ideas, y todas esas ideas también tienen su reverso: sus propias noches.”


Por primera vez siento el impulso por remontar el tiempo en dirección contraria: pensar en mis muertos de otra manera, su más lejano pasado. Esos días cuando niños, de los cuales hay testimonios en fotografías familiares. Mi madre conserva algunas de mi abuela, habrá que buscarlas. Así como traté de imaginar de nuevo el rostro de Alan tal y como lo recuerdo de la última vez que lo vi, trato de soñarlo como fue cuando pequeño. Tres, cuatro, cinco años a lo mucho. Y las ideas no tardan en salir:


“En esos patios inmensos del jardín de niños, Alan pasó los mejores días de su vida. Se le distinguía de sus compañeros de clase porque su madre lo vestía con tirantes, y continuamente se le desabrochaban las agujetas de los zapatos. Era bastante inquieto, y muchas veces se llegó a pelear con otros niños. Incluso una vez, por ejemplo, le pegó a una niña.”


Me pregunto si mi abuela pasó años felices en su infancia. Su historia tendrá lugar en una ciudad distinta. En ella no existe la violencia de hoy en día. Los camiones son escasos, no hay tanta contaminación. El cáncer es algo que de tan lejano se antoja imposible, no solo para ella, sino para todo el mundo. De pronto todos están vivos, ya nadie muere. Tomada de las manos de una tía, que fue quien cuidó de ella, Sandra camina por un mercado popular. Contempla con asombro los puestos repletos de legumbres, frutas y semillas, guajolotes, gallinas. El mundo asoma de repente ante su presencia. Está todo contenido ahí, incluso… incluso “eso”, oculto, velado. Pero ella no lo sabe. Hay una imagen que queda grabada en su mente, quien sabe si para siempre: un niño que desgrana elotes en un puesto, sentado en una sillita de madera, la mira de repente. Tema trillado, pero increíblemente milagroso: las miradas de ambos se cruzan por un instante. Suficiente: algo de la vida de ambos ha quedado arrancado, secuestrado para siempre. Cuando desaparezcan de este mundo, cuando las cosas salgan mal, quizás persistan en el otro: un pedazo de la vida de la abuela Sandra no habrá de sufrir el mismo destino que todas esas perspectivas de saber que Sandra murió habitantes en quienes la conocieron y trataron íntimamente. La abuela Sandra quizás está viva ahora, en lo más hondo de los recuerdos de un asilo para ancianos, en una casita de cartón, durmiendo al cuidado de ciertos bisnietos.


No quiero dejar de escribir, pero el agotamiento se vuelve más y más grande.

Antes de volver a dormir pienso otra vez en Alan. Ahora lo veo corriendo presuroso tras un balón, en alguna tarde de secundaria. Antes de llegar, se resbala. Su caída es tan graciosa que todos los compañeros estallan en risa. Pero la acción sigue: ahora ya están de nuevo en el partido de fútbol, bajo un sol a plomo.


Cada quien debería tomar aquellos modelos de muerte y trasmutarlos en historias. Así, hasta el infinito. Hasta que no podamos más, y nos llegue a nuestra vez la propia muerte. Volvernos biógrafos de los momentos más triviales, más anecdóticos de aquellas presencias que nos dan vueltas y vueltas en la cabeza, luchar con ellos en ese infinito instante, en ese eterno retorno del que habla cierto pensador.


“Y si las cosas salen mal”, me digo. Y cruzo las esquinas, abordo los autobuses, camino por calles oscuras, avanzo a tientas en el cuarto de baño con los ojos y plantas de los pies cubiertos de jabón. “Y si las cosas salen mal”, como en el caso de la abuela Sandra, de Alan, de tantos otros muertos: Judith, Angélica, Leonardo, Norberto, Jessica, con sus últimos rostros, su último dolor, su último pensamiento que nunca conoceré pero que intuyo en mis propias vivencias.


Camino por el pasillo, el espejo del fondo me devuelve mi imagen. Lentamente se hace más borrosa, como si alguien moviera todo en torno a mí. No sé si repentinamente se oscurecerá todo por completo, o si seguirá igual por algún tiempo.

“Y si las cosas salen mal…”, murmuro antes de terminar.




7 de mayo de 2013

Crónica de un interregno


  



Así mejor nos quedamos, sin salir de casa. Satisfechos los dos, acostados en la cama el uno junto al otro. Estando y no estando en la habitación. A veces escuchamos nuestros latidos del corazón, las manecillas del reloj con su marcha de ciempiés en la pared, los ruidos de los automóviles que transcurren con pereza por la avenida. Otras nos alejamos a contemplar las imágenes evanescentes que surcan nuestro interior, rodeados de la calidez que emana la proximidad del cuerpo del otro. Dormitando…



… De pronto una corriente de aire frío se cuela por la ventana, sin pedir permiso a las cortinas azul claro que cubren un poco de esa película luminosa llamada tarde, avanzando con rapidez hasta donde estamos, posándose en mi costado, amenazando con ir más allá, directo hacia tus mejillas.



Es en ese momento que caigo en la cuenta del sentido de la palabra protección: cómo te cubro del exterior, como si quisiera imitar una casa, aunque estas paredes que la conforman tiemblen cuando las rozas con tus piernas, aunque por sus cimientos las recorran cientos de preguntas, y estén sujetas a la misma contingencia semanal de mis ocupaciones laborales, cuando confuso, malhumorado, me muevo por los espacios reducidos, llenos de puertas con vistas opacas a ninguna parte, siempre marcadas por la cronometrada persistencia de la huída…



… Yo creo que mejor deberíamos levantarnos y salir un rato, para distraernos. Tomar un poco de ese aire sabatino que llena los parques y plazas públicas de despreocupación, en vez de permanecer aquí, inmóviles. Vivir como los demás, aunque duela. Separarnos un momento de nuestro amor indisoluble, a ver qué se siente. Pero no te preocupes, te tendré cogida de la mano durante todo el camino, no creas que te soltaré, permanecerás a mi lado. Es más, cuando tú me lo pidas nos regresamos, no hay ningún problema. Es una cosa que debemos lograr poco a poco, gradualmente…



… Dejémoslo a la suerte: águila nos levantamos. Sol, nos quedamos. Pero espera, nada de trucos. Yo me sé muchos, e igual podría usarlos, pero prefiero que sea la suerte pura, y no un mero simulacro de mis deseos. Que pase lo que tenga que pasar, que sufra lo que tenga que sufrir…



… Permanezco sin hablar un momento, esperando que digas algo. A veces cierro los ojos y estoy a punto de caer completamente dormido. Pero reacciono a tiempo, vuelvo a jugar cuidadosamente con tus cabellos, no quiero que te des cuenta. Todo debe ser espontáneo, nada planeado. Forzarte a una palabra sería imperdonable. He dejado de creer que un cuerpo en reposo es sinónimo de silencio, está el sonido acompasado de tu respiración, por ejemplo.



Mentira que me guste cuando callas, quiero escucharte gritar y reír en alguna cima, apenas unida a mí por el miedo al vértigo, sostenerte cuando caigas súbitamente y vuelvas poco a poco a la normalidad, más nunca al silencio completo. Estarás imaginando lugares, personas, objetos, cosas por hacer; sin atreverte a soñarlas o a realizarlas. Solo estás aquí, vulnerable, una potencia misteriosa e incalculable capaz de desatarse en cualquier momento con solo un movimiento. Mientras tu alma no deja de moverse, ese rostro tuyo, que permanece oculto a mi vista, es en su delicada sencillez la fantasía de algún artista…



… Canta un pájaro allá afuera, ¿lo escuchas? ¿Se parece a algún otro canto que recuerdes desde que vives aquí? No lo creo, cada uno tiene algo de diferente. Estará anunciando que el día (este día y no otro) muere lentamente, canto fúnebre para ese tiempo perdido que nunca volverá a manifestarse en el brillo de las hojas de los árboles y en la figura de ciertas nubes; solemne canto antes de regresar a refugiarse a su nido en espera del nuevo amanecer. Ven, vamos a besarnos, porque si se da cuenta que nos fijamos en él puede que se avergüence y deje de cantar…



… Este amor laberíntico en que hemos entrado en algún momento indeterminado de nuestras vidas, sin contar con algún hilo de Ariadna para orientarnos; amor construido con paredes elevadas e impenetrables, que coartan cualquier posibilidad de hacer trampa, sin poder saber en qué parte estamos, si en su corazón o en alguna de los extremidades. ¿Habremos de quedarnos aquí dentro para siempre?

Vuelvo a abrir los ojos: sigues a mi lado. Nada ha cambiado…



… Las sombras  a nuestro alrededor anuncian el surgimiento de un reino que no nos pertenece; somos intrusos a bordo de una cama que navega a la deriva de la noche, apenas orientados por las luces eléctricas que ya se han encendido en las casas vecinas, soldados de una resistencia condenada a la derrota, exiliados, más bien apátridas porque en el orden natural de las cosas no dormimos ni participamos de la vigilia.



Solo los sonidos de nuestras tripas irrumpen de repente en la austera calma que gobierna la habitación. Gruñen y gruñen como una criatura oculta en el fondo de su guarida. Es un lenguaje real, pero imposible de traducir. Aunque a veces, jugando un poco al adivino, siento que dicen muchas cosas chistosas.



A lo mejor también se ríen como nosotros ahora lo hacemos: primero con cautela, luego conscientes de que nada va a pasarnos si perturbamos la pasividad de esta atmósfera viciada por las huellas térmicas de nuestra presencia, subimos el tono hasta una efusividad festiva, incontrolable. Es como si una llamarada comenzara a agitarse dentro de nosotros…