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23 de agosto de 2018

Acerca de la lectura de los clásicos. Primera parte





Si de por sí es raro encontrar en la mayoría de las personas (pertenezcan estas al grupo de edad que sea) inculcado el hábito de la lectura, encontrar la presencia del hábito de la lectura de los "clásicos" es algo todavía más raro.

Pero primero, ¿qué entiendo por "clásicos"? Son aquellas obras, que no importando los siglos pasados desde su creación, se mantienen vigentes en su publicación y lectura, pero que además abordan cuestiones fundamentales, yo diría incluso urgentes, a sus lectores. Más aún: estas cuestiones urgentes alcanzan a todos los  tipos de lectores, pues en sus páginas hay algo para todos, ya sean aficionados como especialistas; obreros como académicos universitarios; campesinos de la Rusia zarista que jornaleros en el México post-revolucionario.

De esta forma, libros como El origen de las especies, de Charles Darwin o La Divina Comedia, de Dante Alighieri, a pesar de ser distintos en su tema, lenguaje y vocabulario, son muestras ampliamente  reconocidas de clásicos: libros que se leen época tras época sin agotar su sentido ni pertinencia, la primera porque, por ejemplo, nos plantea una hipótesis sobre la manera en que la vida en la tierra se ha transformado a través de tiempo; mientras la segunda espolea el anhelo de trascendencia humana más allá del plano de lo material, a través del amor, lo poético y lo espiritual.

¿Por qué entonces es raro encontrar lectores de clásicos entre el grueso de la población, si es que su lectura les compete a todos? Debiera de ser el género de obras más requerido, ese que ni siquiera tendría que ser obligado, sino requerido voluntariamente en cada hogar y ámbito de la vida cotidiana.

Empíricamente se constata la rareza: basta con hacer una encuesta en nuestro entorno con la pregunta "¿qué libros has leído durante el último año?", para saber que los clásicos no aparecerán en alto porcentaje de entre las lecturas de los consultados.

Aparecen sí, muchas obras que podrán decirle algo sólo a ciertos lectores, quienes las consultaron incluso por un motivo específico, por citar ejemplos: ciencia ficción en forma de sagas, dramas con finales edulcorados, libros de superación personal, novelas de suspenso para pasar el tiempo y biografías de grandes personalidades en boga. 

Y los que han leído clásicos, ¿quiénes son y cómo llegaron a ellos? Se trata de aquellos que los leen por propia voluntad o personas que son obligadas a leerlos.

De entre quienes llegan por obligación, están los estudiantes de enseñanza media y media superior, como parte de asignaturas escolares. Es habitual el caso de quienes deben leer, porque lo dice el profesor, El Quijote o La Odisea en su clase de literatura/ español/ lectura y redacción/ comunicación.

Algunos de esos lectores encontrarán "algo" que conectará con sus propios intereses e inquietudes, ya sea en forma de una frase, diálogo o fragmento. De esa obligación adquirirán una ganancia: más allá de una calificación cuantitativa podrán haber visto a la obra desde otra perspectiva, aunque sólo sea un atisbo que trascienda más allá del curso, cual si se tratara de la vista de un bello paisaje por una rendija.

Pero los otros, la inmensa mayoría, leerán con la visión impuesta y no podrán liberarse de ella durante todo el texto. Cuestionarán, protestarán y padecerán su labor; el libro clásico será un penosa experiencia que acabará cuando dejen de ver las líneas sobre el papel, pues sólo eso será para ellos: meras líneas sobre un papel idénticas a las de miles de millones de libros; incapaces de ser distinguidas de las que contiene un anuncio publicitario o una poliza de seguros; igual de monótonas y poco atractivas.

28 de junio de 2016

Lot





Lo que le causaba asombro de la existencia no era tanto el que la suya particular fuera a terminar algún día, en el futuro, sino que en el preciso momento en que él estaba ahí leyendo a Demóstenes, ya habían transcurrido miles de años de civilizaciones, y en ellos millones de seres humanos habían desesperado, deseado, sentido y pensado. Era el terror del “demasiado tarde para empezar a vivir”, como si el flujo del tiempo avanzara a empellones, arrastrando consigo la sangre de otros que igual a él no habían hecho otra cosa que vivir, disponiendo de lo que tenían frente a sí, de un pedazo muy particular de mundo y acontecimientos. Y él podía percibir eso, por más que hubiera querido desentenderse. Le tocaría deshacerse contra la tierra poco a poco, reviviendo en su carne el drama mudo de la existencia humana, que no podía cuantificarse ni compararse de ningún modo. Era su turno, pero también era un poco ya todos los fracasos inevitables de generaciones anteriores, de las cuales no quedaba ni siquiera polvo. Vivía, pero sólo hasta cierto punto. Del otro lado del espectro él ya estaba condenado, incluso antes de haber nacido. La historia siempre lo pulverizaría cuando tratara de asomar la cabeza para cerciorarse de la magnitud de la corriente que lo arrastraba, de si ésta tenía fondo o alguna orilla donde poder reposar y encontrar verdades esenciales. Y era tanto como negarlo, imaginar que todavía estaba sucediendo el juicio a Sócrates; que un campesino se levantaba con el primer destello de una mañana radiante de Thermidor; o que cierta familia contaba historias del origen del mundo alrededor del fuego, una noche interminable en el desierto del Sahara. Bastaba también con cerrar los ojos para remontarse y desmontarlo todo, instante por instante. Sentir nuevamente la cualidad de liviana que puede tener la vida, sin tener que acumularse en inconmensurables piletas metafísicas. Quizás era por eso que soñaba, para desahogar un poco su angustia y elegir la otra perspectiva, esa que al contacto con los objetos deja un momentáneo sabor a sal en la piel, permisiva para proseguir con la seguridad de no quedar convertido por completo en estatua cada vez que quisiera volverse para mirar y desandar el camino.




15 de junio de 2016

A.





Los barrios estelares de la ciudad de México acaparan la portada imaginaria de ese folletín turístico que los chilangos nos hemos formado a base de experiencias dominicales a lo largo de nuestras vidas. Histéricas por el inmenso caudal de visitantes que reciben cotidianamente, las edificaciones del Centro Histórico escupen sus amargas siluetas sobre las calles, aumentando considerablemente su altura y magnificencia. Pero ya nada parece sorprendernos. Ha desaparecido el asombro ante el oropel del Palacio de Correos; la sensación de vértigo de la Torre Latinoamericana; incluso la placidez de la Plaza de la Constitución (cuando no está ocupada por algún evento multitudinario) se vuelve rutinaria extensión  que no vale la pena recorrer en su totalidad. Y lo mismo podríamos decir si agotamos las excursiones al Jardín Hidalgo de Coyoacán;  los canales de Xochimilco a bordo de sus trajineras o la peregrinación sin devoción a la Basílica de Guadalupe y al cerro del Tepeyac. 

Recordamos entonces que la ciudad es más ancha, integrada por cientos de barrios anónimos que sólo conocen quienes los habitan de continuo. Ante dicha revelación, surge en algunos el espíritu de la aventura, la emoción irrefrenable por internarse por avenidas de nombres poco mencionados en los noticieros televisivos, una cierta disposición a encontrar atracciones modestas, de brillo minúsculo, casi fugaz, pero capaces de alimentar nuevamente la dicha por vivir en la megalópolis cuyos orígenes se remontan a un pequeño islote sobre el lago salobre. 

Entonces esos intrépidos se lanzan a las colonias de la periferia, que no por carecer de ruinas precolombinas o catedrales de piedra tienen una menor edad de ser erigidas. Poco frecuente es pensar que la toponimia de ciertas localidades antecede en edad a la urbe nombrada en honor a Tenoch, como si la historia de una ciudad pudiera escribirse sólo a partir de la fundación de un imperio, olvidando que así como la nación mexicana se integra de gran variedad de pueblos y culturas así también la ciudad capital se ha compuesto por la asimilación de numerosas localidades a través de los siglos, integrándolas a su jurisdicción (que no su identidad o la historia común de sus pobladores). Están, por nombrar algunas de ellas, los pueblos de Tacubaya, Tacuba, Santa Isabel Tola, de Culhuacán o la Magdalena Mixhiuca. Poco queda en pie en cuanto testimonio visual y plástico de sus orígenes, mismos que se hallan recogidos por sus respectivos cronistas, transmisores orales casi anónimos cuyas historias son pasadas de generación en generación, ardua tarea de sostener pequeños cuadrantes que unidos integran el imposible imaginario de la ciudad. 

Asistimos, casi siempre (si es que vamos ahí como curiosos en busca de lo exótico) "desde fuera", a la resistencia que cada uno de esos pueblos denominados “originarios” emprende frente a la voraz urbanización de espacios comerciales y construcción de condominios que amenazan con destruir sus pocos focos de unión comunitaria, al no contar con patronatos o fideicomisos que preserven las áreas comunes donde celebrar las costumbres y tradiciones que dan sentido de identidad a sus habitantes. Alguna vez comunidades a las afueras de la ciudad, con sus propios rasgos culturales, son hoy una denominación administrativa más, equiparable con la de colonias que surgieron hace apenas veinte o treinta años. Los automóviles y los peatones pasan de ellas camino a sus ocupaciones cotidianas, desconocedores de que la ciudad estaría un poco menos sin ellos, sin su plaza pública donde antes se celebraban las verbenas populares o se desarrolló un hecho de especial importancia para los destinos del país, una batalla o la casa donde vivió un personaje notable de la historia de México, etc. 

Y a partir de esta pequeña precisión que casi siempre pasamos por alto (porque incluso rescatarla del olvido y ponerla en práctica sólo en nombre del turismo es lo mismo que ignorarla), es que podemos llegar a enfoques mucho más relevantes para nuestra concepción cotidiana de la realidad social. Hemos contribuido, con este tipo de apreciaciones fáciles, a que la ciudad se vuelva uniforme, continuo trazado de calles y edificios donde rondan las estúpidas proclamas del progreso huero, una de ellas la de “no importa los diversos rasgos que formaron nuestra herencia histórica, cultural y social, pues lo único que importa es el futuro común hacia el que nos dirigimos cada uno de nosotros”. Desde el discurso agresivo del poder político de una oligarquía la diferencia se percibe como una amenaza a una supuesta estabilidad socio-económica. Lo ideal sería, para ese régimen fascista, que llegue un momento donde nadie recuerde de donde ha venido, para que tampoco le importe donde se encuentra ni hacia donde se dirige.



23 de junio de 2014

Infortunio



No pudo dormir esa noche.
Hasta el día de ayer se había desenvuelto con gracia; su vida era despreocupada, hacía lo que le gustaba y sentía que de ese trabajo obtenía todo lo necesario para ser feliz. Más aún: amaba y lo amaban.

Todo era bueno, pero después llegó esa voz aguda acompañada de una sombra, murmurándole al oído. Se percató de su forma ominosa cuando ya era demasiado tarde. Le había dicho: "oye, ¿ya viste que aquel tiene más cosas que tú y es por lo tanto más feliz?"

Desde aquel momento todo le sabe amargo. Los objetos que le rodean tienen un cariz insuficiente, como si alguien les hubiera extraído gran parte de la sustancia que los conforma, y solo fueran láminas de cartón colocadas a su alrededor que su mano pudiera desbaratar al menor contacto.




3 de febrero de 2014

Fin de la tregua






Asciendo por los cabellos aún enmarañados, durmientes, de la ciudad

En el horizonte un sol, también adormilado, se levanta

Y la visión es agua tibia que cae sobre mis ojos en la sucesión de calles

Mientras sus aceras, inquietas, desaparecen.



Hay un legado húmedo y frío que aguarda en cada esquina

Una mujer en continua fuga que solo puede aprisionar su voz

Detiene con su índice delgado y pálido el rinoceronte cargado de ansiedades

Aborda, avanza, elige, descansa, todo lentamente



Y este laberinto de marasmos se despierta
poco a poco, cuando ella suspira

Otra vez una silueta dorada, delicada y frágil ha hecho la hazaña

La urbe milenaria de humo, fuego, polvo, sangre…

Nace para otro ciclo de dominio inmisericorde, después de la breve tregua en que se hallaba sumergida desde anoche.




14 de enero de 2014




Cada noche al recostarme en la cama, decidido a dormir hasta que el sol se levante otra vez sobre La Tierra, me asaltan decenas de ideas poderosas, cada una de distinta envergadura, todas ellas pidiéndome atención, como si al hacerlo alguna pudiera salir para realizarse.

Pospongo el momento propicio para el sueño. Me levanto y enfilo en dirección a mi escritorio, donde un par de hojas blancas se muestran sorprendidas ante la aparición repentina de su sueño. Inquietas, agitándose en la oscuridad, parecen preguntarme: “¿Qué haces aquí? ¿Algo anda mal? ¿Vienes acaso a dictarnos algún pensamiento apesadumbrado, cierto padecimiento que aqueja tu alma de anciano solitario?”

Rodeo con cuidado el rectángulo de madera, sin perder de vista la diminuta superficie blanca que ondea como una llama purificando la noche. Contemplo aquella densidad etérea hasta que cae, como si alguien le diera la orden de extinguirse, y ya con la ventana de mi habitación completamente cerrada, sin corriente de aire que surque la habitación y maliciosa otorgue vida a mis pertenencias, me acerco a la silla acolchada color negro eternizada en su postura recta, esa que ha recibido tantas veces a este cuerpo indisciplinado sin lograr apaciguarlo o al menos conducirlo a destinos más prominentes (funcionario público, administrativo en alguna oficina empresarial).

Y mis piernas tiemblan como hacía mucho no temblaban, mientras acomodo la espalda por completo en el respaldo. Mi cuerpo es recorrido por un extraño escalofrío al posar las manos sobre el escritorio, cual si presintiera que algo malo está por suceder. Pero la habitación permanece en silencio, completa es su calma. Solo rechinan de vez en cuando los muebles, que de tan viejos resisten el paso de la humedad, el calor y las heladas a la manera de los gestos inmóviles de las estatuas de héroes. Los vidrios de las ventanas se cimbran en la noche, frágil frontera de los reinos que anuncia los bailes perpetuos del viento. Cada uno de estos accidentes vienen a saludarme, y mi alma les responde con un gesto humilde, piadoso.

El bolígrafo se apodera de mis dedos, siento como si de su oblonga superficie salieran invisibles tenazas que aprisionan la piel, completando la continua ilusión labrada por mi mente y de la cual no he logrado sustraerme hasta ahora de que existe una conexión fantasmagórica entre ciertos objetos y mis instintos más sediciosos. ¿Debería resistirme? ¿O más bien esperar para ver hasta dónde llegarán mis voliciones? Luego, ¿gritar? ¿Correr aterrado para refugiarme en mi lecho, cubrirme con las sábanas y tratar (de una vez por todas) de dormir?

Sí, todo sea para aumentar las posibilidades de poder dormir. Me digo “vamos ya, de prisa”, como si fuera un conjunto de actos impostergables. Comencemos. Escribo: “Hace varios días que no consigo cerrar los ojos…”





26 de agosto de 2013

Sobre la búsqueda del sentido



"[...] De pronto mi vida me parece trivial, no solo indigna de ser escrita, sino aun de ser contemplada con cierto detalle, y tan poco importante, hasta para mis propios ojos, como la del primero que pasa. De pronto me parece única, y por eso mismo sin valor, inútil -por irreductible a la experiencia del común de los hombres. Nada me explica: mis vicios y virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios; y sobre todo por él mismo. Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros."


Fragmento de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar



7 de mayo de 2013

Crónica de un interregno


  



Así mejor nos quedamos, sin salir de casa. Satisfechos los dos, acostados en la cama el uno junto al otro. Estando y no estando en la habitación. A veces escuchamos nuestros latidos del corazón, las manecillas del reloj con su marcha de ciempiés en la pared, los ruidos de los automóviles que transcurren con pereza por la avenida. Otras nos alejamos a contemplar las imágenes evanescentes que surcan nuestro interior, rodeados de la calidez que emana la proximidad del cuerpo del otro. Dormitando…



… De pronto una corriente de aire frío se cuela por la ventana, sin pedir permiso a las cortinas azul claro que cubren un poco de esa película luminosa llamada tarde, avanzando con rapidez hasta donde estamos, posándose en mi costado, amenazando con ir más allá, directo hacia tus mejillas.



Es en ese momento que caigo en la cuenta del sentido de la palabra protección: cómo te cubro del exterior, como si quisiera imitar una casa, aunque estas paredes que la conforman tiemblen cuando las rozas con tus piernas, aunque por sus cimientos las recorran cientos de preguntas, y estén sujetas a la misma contingencia semanal de mis ocupaciones laborales, cuando confuso, malhumorado, me muevo por los espacios reducidos, llenos de puertas con vistas opacas a ninguna parte, siempre marcadas por la cronometrada persistencia de la huída…



… Yo creo que mejor deberíamos levantarnos y salir un rato, para distraernos. Tomar un poco de ese aire sabatino que llena los parques y plazas públicas de despreocupación, en vez de permanecer aquí, inmóviles. Vivir como los demás, aunque duela. Separarnos un momento de nuestro amor indisoluble, a ver qué se siente. Pero no te preocupes, te tendré cogida de la mano durante todo el camino, no creas que te soltaré, permanecerás a mi lado. Es más, cuando tú me lo pidas nos regresamos, no hay ningún problema. Es una cosa que debemos lograr poco a poco, gradualmente…



… Dejémoslo a la suerte: águila nos levantamos. Sol, nos quedamos. Pero espera, nada de trucos. Yo me sé muchos, e igual podría usarlos, pero prefiero que sea la suerte pura, y no un mero simulacro de mis deseos. Que pase lo que tenga que pasar, que sufra lo que tenga que sufrir…



… Permanezco sin hablar un momento, esperando que digas algo. A veces cierro los ojos y estoy a punto de caer completamente dormido. Pero reacciono a tiempo, vuelvo a jugar cuidadosamente con tus cabellos, no quiero que te des cuenta. Todo debe ser espontáneo, nada planeado. Forzarte a una palabra sería imperdonable. He dejado de creer que un cuerpo en reposo es sinónimo de silencio, está el sonido acompasado de tu respiración, por ejemplo.



Mentira que me guste cuando callas, quiero escucharte gritar y reír en alguna cima, apenas unida a mí por el miedo al vértigo, sostenerte cuando caigas súbitamente y vuelvas poco a poco a la normalidad, más nunca al silencio completo. Estarás imaginando lugares, personas, objetos, cosas por hacer; sin atreverte a soñarlas o a realizarlas. Solo estás aquí, vulnerable, una potencia misteriosa e incalculable capaz de desatarse en cualquier momento con solo un movimiento. Mientras tu alma no deja de moverse, ese rostro tuyo, que permanece oculto a mi vista, es en su delicada sencillez la fantasía de algún artista…



… Canta un pájaro allá afuera, ¿lo escuchas? ¿Se parece a algún otro canto que recuerdes desde que vives aquí? No lo creo, cada uno tiene algo de diferente. Estará anunciando que el día (este día y no otro) muere lentamente, canto fúnebre para ese tiempo perdido que nunca volverá a manifestarse en el brillo de las hojas de los árboles y en la figura de ciertas nubes; solemne canto antes de regresar a refugiarse a su nido en espera del nuevo amanecer. Ven, vamos a besarnos, porque si se da cuenta que nos fijamos en él puede que se avergüence y deje de cantar…



… Este amor laberíntico en que hemos entrado en algún momento indeterminado de nuestras vidas, sin contar con algún hilo de Ariadna para orientarnos; amor construido con paredes elevadas e impenetrables, que coartan cualquier posibilidad de hacer trampa, sin poder saber en qué parte estamos, si en su corazón o en alguna de los extremidades. ¿Habremos de quedarnos aquí dentro para siempre?

Vuelvo a abrir los ojos: sigues a mi lado. Nada ha cambiado…



… Las sombras  a nuestro alrededor anuncian el surgimiento de un reino que no nos pertenece; somos intrusos a bordo de una cama que navega a la deriva de la noche, apenas orientados por las luces eléctricas que ya se han encendido en las casas vecinas, soldados de una resistencia condenada a la derrota, exiliados, más bien apátridas porque en el orden natural de las cosas no dormimos ni participamos de la vigilia.



Solo los sonidos de nuestras tripas irrumpen de repente en la austera calma que gobierna la habitación. Gruñen y gruñen como una criatura oculta en el fondo de su guarida. Es un lenguaje real, pero imposible de traducir. Aunque a veces, jugando un poco al adivino, siento que dicen muchas cosas chistosas.



A lo mejor también se ríen como nosotros ahora lo hacemos: primero con cautela, luego conscientes de que nada va a pasarnos si perturbamos la pasividad de esta atmósfera viciada por las huellas térmicas de nuestra presencia, subimos el tono hasta una efusividad festiva, incontrolable. Es como si una llamarada comenzara a agitarse dentro de nosotros…



5 de diciembre de 2012

Reaparición



Volvieron a tener noticia de él cuatro años después, cuando se lo encontraron caminando por la calle; iba con los brazos pegados en los costados, como colgando, inanimados, una mera extensión de sus hombros fornidos. Las piernas también se movían con dificultad; a través de su rostro asomaban pequeños retazos de un pasado que trataba de negar esbozando una sonrisa fingida, replegado todo su ser en aquel abrigo monumental color negro comprado hacía muchos años en el tianguis de La Lagunilla, el cual nunca se quitaba de encima (aún cuando hiciera, como ese día que lo vieron, bastante calor)




3 de diciembre de 2012

Autobús



Ignoraba su tono de voz;
quizás el tiempo de escucharla no llegaría nunca.

Destinado a contemplarla inmóvil, tan distante. 
Viajando juntos, lado a lado, solo por esta noche. 

No puedo abrir un mundo entre nosotros, 
ella permanece dormida.




2 de diciembre de 2012



Le gustaba ser sombra, amaba ser una sombra colgada en las paredes de habitaciones ocupadas por amantes furiosos, yendo y viniendo entre los caminos que una lamparilla oscilante, trepidante, señalaba; amenazando caer al suelo y reunirse con la oscuridad (siempre tranquila, siempre insondable) que vivía de continuo bajo las camas. 





23 de mayo de 2012



Quizás los inicios de la vida sean más fecundos artísticamente hablando, pero muy pocos se percatan del poder disponible y lo utilizan. El resto del tiempo que nos queda, en el cual propiamente nos formamos como individuos, es ya demasiado tarde para manifestar nuestros sueños. La vida se inserta en sus múltiples apariciones dentro y alrededor del cuerpo, distrayéndonos con sus rumores inquietantes, sin dar tregua alguna, instándonos a llenar todos los espacios con el pesado yo. Y para no sentirnos mal pretextamos sentencias macabras: que los sueños no son de nadie, que la poesía es una incompletitud, que la imaginación es, ha sido y siempre será la loca de la casa.




19 de diciembre de 2011

Literatura

Esas innumerables voces murmurando en mitad de la noche, que irremediablemente busco, que irremediablemente encuentro; un obsesivo afán, interminable, paralelo a la propia vida, lleno de sugerencias; un caudal que se multiplica con cada decisión, con cada acción, pero también con esas imágenes inconscientes; esa historia cargada de derrotas y de aciertos, que me hace temblar cuando la tomo por una de sus pequeñísimas partes, al sostener un libro, al posar la mirada sobre una sola de sus hojas...

4 de diciembre de 2011

Sombreros

En tu breve historia del mundo sobran los sombreros. Quitárselos a tus mejores personajes, eso es lo que te sugiero que hagas. Detesto tus imágenes tan pobladas de detalles, que si una sombrilla de colores en aquella señora, que si una pipa en el anciano ese...


¿No te das cuenta que en estos días todos andan vestidos de lo más sencillo por las calles? Atrévete a mirar por encima de tu ventana, a cualquier hora del día. Las mujeres ya no usan bolsos, los hombres van a trabajar con un morral de lo más ordinario, incluso los niños que antes se atiborraban de cajas de cartón para caminar con ellas sobre la cabeza o que jalaban latas de aluminio atadas con cordeles, han desaparecido. 


Urgan todos ellos, eso sí, sus bolsillos. Los mueve aquella prisa fastidiosa que se debate por salir de cuadro o permanecer inmóviles en una esquina, optando casi siempre por la primera. Persíguelos hasta donde alcance tu mirada, cuando desaparezcan en el interior de un autobús o detrás de una puerta. Y ahora sí, con aquellas imágenes simples, sencillas, trata de evocarlos en el interior de tu conciencia.


Coge el bolígrafo lentamente, al tiempo que te hundes en los murmullos del presente, esos que nadie puede desechar a menos que comience a pensar en otra cosa. Manténlos un poco, como si contuvieras la respiración. Y ahora sí, mientras das rienda suelta a ese caballo desbocado que has arengado durante largas horas, te percatas de que las palabras salen, con una extraña soltura que no conoce adorno alguno en su apariencia.  




27 de noviembre de 2011

... también [debes saberlo] hay lunas intimidatorias que aparecen repentinamente en mitad de la noche. Uno se asoma por la ventana buscando inspiración en el cielo estrellado y se las encuentra:

parecen mirarnos a la cara con detenimiento, explorando en nuestra mente minuciosamente, como si quisieran provocarnos pensamientos pesados que nos saquen de quicio, hacernos desdeñar las seguridad de nuestro lecho durante el resto de horas antes del amanecer.

5 de octubre de 2011

Noche de diciembre [Fragmento]


"Poco después comenzó a llover, muy inocentemente al principio, pero el cielo estaba atestado de nubes y gradualmente las gotas se hicieron más grandes y más pesadas, hasta que lo que caía era una melancólica lluvia otoñal… una lluvia que parecía llenar el mundo entero con su plúmbeo golpeteo, una lluvia que sugería - en su tristeza – interminables precipitaciones pluviales entre los planetas, lluvia que techaba el cielo de lobreguez y pesaba opresivamente sobre toda la campiña como una enfermedad, fuerte en la potencia de su chata e invariable monotonía, su asfixiante pesadez, su fría e implacable crueldad.

Suave, suave, caía sobre toda la región, sobre las aplastadas hierbas de los pantanos, sobre el torturado lago, sobre los llanos color gris-acero, cubiertos de cascajo, sobre la sombría montaña que dominaba el pegujal, borroneando todo el paisaje. Y los golpes pesados, desesperantes, interminables, se insinuaban en cada una de las grietas de la casa, se pegaban a los oídos como algodón y lo abrazaban todo, como una historia carente de romanticismo, sacada de la vida misma, que no tuviese ritmo ni crescendo, ni clímax, pero que, aun así, resultase abrumadora en su alcance, terrorífica en su significado. Y en el fondo de ese no sondeado océano de hirviente lluvia estaba la casita, y su solitaria mujer neurótica."


Halldór Laxness, Gente Independiente

29 de septiembre de 2011

Ayuda

Doce señoritas del Colegio de Monjas, formando una fila india a la entrada del museo. El sol está pegando fuerte, hace que se impacienten aquellos retoños vestidos con sus faldas largas color negro, sonrisas en flor, cabellos dulcemente recogidos con un broche sobre la cabeza. Platican en voz baja. Son pocas las oportunidades que tienen de salir y divertirse.

"...Ayúdame Señor a inculcarles los valores cristianos a estas señoritas, como hasta ahora lo has hecho...", piensa Sor Inés, vigilándolas a unos pasos de distancia. Curtida en la férrea disciplina femenina, aquella anciana se debate últimamente entre la amargura y un amor cada vez más profundo hacia Dios. Pero la edad no perdona, y en lugares como este es que se da cuenta de las fuerzas perdidas.

"Qué distintas, Señor, las muchachas de hoy a las de mis tiempos. Antes, era muy común la vocación religiosa, era un orgullo en las familias el que sus hijas acariciaran la vida casta y el servicio hacia Dios de por vida. En cambio ahora... ahora se ve a la religión y las escuelas como la nuestra, como los únicos resquicios de la vida capaces de orientar y salvaguardar almas frágiles y confusas como son las niñas en este país."

Era cierto. Los padres de familia, recalcitrantes católicos, o simplemente angustiados hombres y mujeres con la esperanza de sacar adelante a sus hijas, veían en la escuela de monjas la oportunidad para sortear las turbulencias propias de la etapa juvenil de sus hijas.

"Después... Pobres, se extravían por completo. Pero, ¿qué le va uno a hacer?" Contempla el cuadro tan alegre que se desarrolla frente a ella. A pesar de no ser perfecto, pues imagina las dificultades internas de aquellas jovencitas, piensa que esta será la mejor época de sus vidas. Después... quién sabe. A lo mejor llegarán a ser buenas esposas, o buenas profesionistas. Buenas cristianas en todo caso.

Pero, ¿y si no? Las posibilidades se multiplican, atroces combinaciones, cualquiera de ellas capaz de llevarlas a perder su alma. Los padres y las madres, llorando detrás de un féretro, suplicando por la salvación de la niña muerta por una sobredosis, una golpiza de su marido, una enfermedad mortal contraída con un extraño... Cuanto sufrimiento podría evitarse.

"Decirles que busquen bien en su corazón, que sepan lo que quieren. Encontrar esa voz, hermosa, fuerte, invitándolas al único amor verdadero, al amor divino, que lo purifica todo..." Quisiera contagiarlas de ese calor inefable, sentido muchas décadas atrás, cuando recibiera los votos, pero le es imposible.

Las puertas del museo se abren. Las hermanas, compañeras de la órden, forman una valla alrededor de las niñas, hablándoles con claridad: "boleto en la mano señoritas". Una a una, entran en el ámbito oscuro del gran salón, desapareciendo sus voces detrás de los regaños de las profesoras, volviendo una vez más al órden y la disciplina. La hermana Inés pronuncia el amén de una oración, encaminándose, la última de todas, en dirección al recinto, desapareciendo por las puertas de cristal, adivinándose como una diminuta sombra desde fuera.


12 de septiembre de 2011

Amaneceres

Ya lo he visto infinidad de ocasiones

Y sin embargo cada vez es distinto

Los colores de ayer no se parecen a los de hoy


El cielo parece abrirse paso entre la luz

Como una verdad evidente

Tiene la tranquilidad de las cosas eternas

Esas que no hablan de dominio, poder o reino


Se extiende el amanecer como si fuera la primera vez


Desde la ventana, todavía sumido en una oscuridad impaciente

El firmamento es ancestral, anterior al hombre

Lo hace sentir a uno fantasma

Un mero accidente contemplando lo inefable




24 de junio de 2011

ESA LOCURA

NO HACE FALTA UNA RENCILLA QUE SIRVA DE PRETEXTO PARA ENCAJARNOS UN FRAGMENTO DE METAL EN LAS ENTRAÑAS. UN ACTO TORPE, MAL EJECUTADO EN NUESTRA CADENA DE EVENTOS ES MÁS QUE SUFICIENTE

LLUVIA DE METRALLAS EN PLENA CALLE, ALTOS FUNCIONARIOS DEVOTOS DE PODER ENARBOLANDO DISCURSOS ELEGANTES DESDE UNA TRIBUNA

MIRATE BIEN, MIRANOS BIEN, SOMOS CARNE VIOLENTA QUE SE DESHACE CADA TARDE EN PUÑADOS DE CENIZA

GRITAN LOS MUERTOS DESDE LAS ACERAS, LOS BALDÍOS, CANALES DE DESAGÜE Y FOSAS CLANDESTINAS, MIMETIZADOS EN FORMA DE NUESTROS PASOS

NOS CREEMOS DIVIDOS EN DOS ÚNICOS BANDOS, AGRESOR Y VICTIMA: SON LOS ROLES PARA ESCOGER. SIN SABER QUE LA VIDA, ESE INCONTENIBLE IR Y VENIR A TRAVÉS DEL TIEMPO Y EL ESPACIO, ES AJENA A DUALISMOS.

LA RUINA SE ACUMULA ALREDEDOR DE LA CIUDAD, MIENTRAS HACEMOS FLORECER LA RESIGNACIÓN, ESE TEMBLOR SILENCIOSO CUYA SEMILLA YACÍA OCULTA DENTRO DE NOSOTROS DESDE EL NACIMIENTO.

16 de junio de 2011




Dormir a cielo abierto.
                                     Imposible.