22 de mayo de 2009

Esa batalla


Se nos ha ido Mario Benedetti, poeta donde la vitalidad y el amor conviven en versos hermosos y prosa vigorosa. Entra así, de manera definitiva al plano de los eternos, algo que por otro lado no le hace falta: ya lo había visitado en sus libros muchas veces antes. Uno de mis poemas favoritos escritos por él lo pongo aquí para honrar su memoria. Descanse en paz señor Benedetti.

¿Cómo compaginar 
la aniquiladora
idea de la muerte
con ese incontenible
afán de vida?
¿Cómo acoplar el horror
ante la nada que vendrá
con la invasora alegría
del amor provisional
y verdadero?
¿Cómo desactivar la lápida
con el sembradío?
¿la guadaña
con el clavel?
¿Será que el hombre es eso?
¿esa batalla?

 
  Mario Benedetti


20 de mayo de 2009

Breve historia de la censura religiosa en la literatura, Primera parte

Durante el periodo de tiempo conocido como "edad media" (que los historiadores suelen agrupar entre los siglos V al XV) surgieron dos instituciones dependientes de la Iglesia Católica que tenían como propósito "salvaguardar la fe cristiana y castigar a todos aquellos que renegaban o atentaban con sus actos hacia ella" incitando, en muchas ocasiones (según la curia romana) a la herejía, al pecado y a la blasfemia.


Estas dos "alegres" y bienintencionadas (porque todo ante los ojos de la Iglesia todo lo que hacía era por el bien del hombre) instituciones fueron: el Tribunal del Santo Oficio, conocido de forma coloquial como la Santa Inquisición; y el Index Librorum Prohibitorum. Del primero no hace falta decir mucho, ya que es bastante conocida su función que desempeñó por muchos siglos hasta hace poco más de dos siglos: castigar directamente a los hombres que eran encontrados culpables por delitos que iban desde la borrachera hasta la blasfemia, pasando por la homosexualidad, el adulterio y la herejía, violaciones de caracter moral y teológico (que en este caso en esos tiempos eran la misma cosa).


También es un hecho por todos conocido que la forma de castigar dichos actos iba desde penas de carácter "ligero" como la humillación y escarmiento público hasta torturas de tipo corporal cuyo fin era muchas veces la muerte, penas atroces que no tiene caso recordar aquí porque hacerlo implicaría una detallada narración descriptiva, la cual se llevaría mucho tiempo.


En cuanto a la segunda institución creada por la Iglesia, la cual es la que nos ocupa en esta ocasión resulta menos conocida entre nosotros (quizás por sus efectos menos "letales") aunque no por eso era menos indigna y cuestionable. Hablo del Index Librorum Prohibitorum como se conocía en latín, el cual puede traducirse simplemente como Índice de libros prohibidos de la Iglesia Católica, el cual como su nombre lo dice era una comisión dirigida por las propias autoridades eclesiástica cuya finalidad era la de vigilar que los libros que se publicaban en los países donde (literalmente hablando) dominaba esa religión, para asgurarse de que el contenido de dichas obras no incurriera en actos perniciosos para la fe católica. Era, pues, un comité de censura por el que pasaba todo libro que se publicara en esos tiempos.


Los textos en los cuales se encontraban cuestiones que comprometían y ponían en peligro el control de la iglesia, en muchos caso cuestionamientos sobre la palabra de Dios, la autoridad de la iglesia o simplemente algo que estuviera un poco subido de tono con respecto a los estrictos cánones de la moral cristiana, eran incluídos en una especie de "lista negra", un índice de títulos que eran encontrados como non-gratos, los cuales eran declarados peligrosos para quien los leyera. Lo que se hacía era, que dado que la imprenta cada vez se popularizaba más y los libros llegaban más a la gente, era necesario tener un control de el riesgo que conllevaba dicha "tecnología".


Por supuesto todo se trataba de defender los privilegios de la iglesia, el poder político de los sacerdotes y los líderes del clero secular que se hallaba constantemente amenazado, como ya mencioné antes. Por ende ambas instituciones (inquisición y el índice de libros prohibidos) eran solo algunas de las muchas formas de mantener a raya al pueblo y e incluso a la nobleza.


Continuará.

11 de mayo de 2009

¿Se puede ser sonámbulo y a la vez ente funcional de la sociedad?



[Desempolvado de mis archivos y reflexiones viejas: ]
Se acerca otra vez el fin de otro año. Ocasionalmente ocurre, y festejamos cumpleaños, aniversarios y una bola de madres que inventamos en el proceso. Cuando uno cumple esa función se dice que se es una persona funcional de la sociedad. Trabajas, comes, te insertas en relaciones sociales de diversa índole, te mantienes sumiso al sistema -que por lo general en cada país es una mierda- y así la vas llevando. Ves el fut, sufres, te emocionas, gritas. Uno se puede salir ocasionalmente de ese ciclo vital. No sé, tal vez madreando a un cabrón de vez en cuando al pasarte de copas en una fiesta porque creíste que estaba insultando a tus ancestros. O porque te dió la gana sólamente. Puedes armarle una infidelidad a tu vieja y ponerte el mundo de cabeza tu sólo y azotarte por un tiempo. De vez en cuando todos hacen más o menos eso. Digamos que hasta ahora eso es lo normal, en nuestro caso los cánones del catolicismo -y no sólo para los católicos- y en general del mexicano son flexibles.

Quizás empieces a ausentarte de las amistades y te recluyas en esa obsesión escolar de fin de semestre que tardaras en quitarte de encima -exámenes finales-, durmiendo tarde por varias semanas tratando igual de memorizar un concepto que explicar como un pendejo hace un montón de siglos ideó un sistema o una función en una tal ciencia. Comes a deshoras, ves feo a todos los güeyes que no se ven inmersos en broncas como las tuyas y te haces un amargado ocasional. Eso es sobrevivir, y digamos que mientras no te ates al ciclo de esa sobrevivencia -irla llevando- todo esta bien. Pasará pronto. Ves a la banda de vez en vez y a la novia -si es que es temporada de fidelidad, por lo regular en tales casos esta temporada no existe-. La tierra gira y gira, los comerciales estúpidos de compañías celulares, los anuncios navideños que te invitan a reventar el gasto en pos de juguetitos brillantes y coloridos, las noticias de decapitados-secuestrados-balaceados-violados-mutilados-trepanados, la final del torneo de fut que tu equipo no ganará... El ciclo vital sigue a los ojos del hombre normal.

¿Pero qué pasa si forzamos las cosas? Me refiero a entrar en la categoría del sonámbulo recurrente. Ese que añora las fiestas con los cuates que no llegan ahora es noctámbulo lector de obras filosóficas o de semanarios sensacionalistas. El otrora bebedor social y adorador del ídolo de porcelana es el que ora visita su correo a altas horas de la madrugada tratando de ver que se perdió del mundo o viendo videos y oyendo música, escribiendo en su blog o en su myspace o en ese lugar purgatorial llamado hi5. Las páginas divertidas de internet, los monólogos y los amigos imaginarios sustituyen al amigo bohemio, al ligue femenino y a la colectividad transtornada en pos del desmadre.

¿Es este sonámbulo un ente funcional de la sociedad, o ha pasado a un submundo en el cual sólo habitan unos cuantos? Uno puede salirse desde el principio, y seguir en el camino de la inercia corporal y la racionalidad -si es que la tiene o si es que la escucha-. Pero si no, ¿qué destino le aguarda al infeliz que osa seguir en el arte del sonambulismo?

Yo no sé ustedes, pero a ese tipo le recomendaría una próxima peda y un desmadre habitual, para que vuelva, aunque sea por un rato a la cruda realidad. Luego podrá volver a su surrealismo madrugado. Digo, ese tipo porque estoy hablando de un cuate mío. Sí, creo que le diré eso. También que vea las estrellas y que se dé cuenta que Kant sea o no considerado el destructor de la metafísica o que los diagramas de flujo existan o no, la tierra igual sigue girando en torno a ciclos estúpidos. Salud compa.
Diciembre 2008

2 de mayo de 2009

El amor en los tiempos de influenza


Tirarse a las compras de pánico en los supermercados, seguir en la indiferencia total, esbozar teorías conspiratorias para tratar de explicar la situación... Hay muchas cosas que se pueden hacer en estos días, ya sea rozando el estatus de obsesivos compulsivos o de personas con sentido común intacto. Y es que las masas siempre reaccionan de manera intensa, y no siempre conveniente y ordenada, ante momentos de contingencia, y ya que muchas veces los medios auxilian a estas reacciones... pues los resultados son variopintos: personas que ven que lo peor está por venir y que no quieren ni salir de su casa, etc, etc.
En mi caso puedo decir que soy una persona bastante razonable, modestia aparte, y ecúanime, que ve en estos días de no ir a clases un gran inconveniente: la acumulación de días perdidos de clase resultará en una acumulación de trabajo en los pocos días que le quedan al semestre actual (en el caso de la UNAM el de febrero a julio).


En estos días que la mayoría de los estudiantes gastan en pasar horas frente a la computadora, me las he visto con una investigación acerca de fray Alonso de la Vera Cruz y la lectura de Sobre el amor: comentarios al banquete obra del renacentista Marsilio Ficino. Además de estas lecturas me he terminado otras fuera de mis obligaciones académicas: El jugador, de Fiodor Dostoievski y El amor en tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. La primera una brillante exploración al lado egoísta y adictivo que brota del ser humano cuando se enfrenta al vicio del juego; la segunda una lectura que había comenzado hace varios meses pero que había dejado inconclusa sin motivo.
Aquí resaltan dos cosas: mi caracter de ratón de biblioteca (en este caso de la biblioteca de mi cuarto, jeje) y mi afán por sacar algo de utilidad en situaciones que usualmente parecerían no tenerla. (¿Alguien mencionó al absurdo?)


Y hablando de literatura, en una de estas tardes perdidas me vino a la mente el recuerdo dos libros excelentes que tiene unos años que leí. Me refiero a Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago y La Peste, de Albert Camus, obras que resultan fundamentales en dichos autores ganadores del premio Nobel, las cuales muestran metáforas muy agudas sobre la naturaleza humana y el comportamiento de los individuos en las sociedades ante un acontecimiento de grandes magnitudes, en este caso una epidemia de ceguera blanca y la peste bubónica, respectivamente.


Muy poco o nada tienen que ver con la situación actual, las proporciones son bastante desiguales. Lo interesante es el es buen pretexto que resulta en estos días de inactividad echar un ojo a tan buenos exámenes sobre el comportamiento humano ante situaciones adversas.


Por un lado una aguda crítica a la sociedad de Saramago mediante una metáfora de un mundo de ciegos en el cual sólo una mujer conserva la visión: ¿Cuál sería nuestra responsabilidad en un mundo de ciegos en el que sólo nosotros (en los zapatos de la mujer que ve) podemos ver?


Por otro lado la filosofía existencialista de Camus contada por personajes entrañables: Encerrados en una repentina epidemia de peste en una ciudad de Argelia la cual es aislada de inmediato, la convivencia entre todos ellos hará que comiencen a cuestionarse acerca de lo que son en tanto que seres humanos que se encuentran libres a merced de situaciones que no parecen tener una explicación, en que sólo ellos mismos deberán ayudarse para sobrevivir, aprendiendo de sí mismos.


Para quienes sufran de paranoia provocada por influenza les recomiendo una buena dosis de literatura; así por lo menos se distraeran y dejaran de sentirse por lo menos por un buen rato esa sensación de leones enjaulados que cargan desde hace varios días. Salud.


PD. Me tomé la libertad de colocar al comienzo de esta entrada un cartón magnífico hecho por maese Ahumada, publicado en el siempre punzante blog de Sacatrapos, el cual recomiendo ampliamente en todo momento. En especial en tiempos en que el humor parece ser la mejor medicina contra los males que nos aquejan diariamente.

9 de abril de 2009

Rituales de un fin de semana

Me apresuro a terminar mi trabajo sobre Kant y la metafísica de las costumbres. No puedo negar que me he divertido bastante con su lectura, y más aún con su relectura. Pero hoy tengo otro tipo de diversión que me aguarda. No se trata de un libro, ni tampoco algo académico. En medio del silencio de mi habitación, en ese pequeño claustro artificial que me construyo de cuando en cuando para abstraerme y concentrarme en mis delicadas lecturas, comienzo a especular. A impacientarme.
Escribo las conclusiones finales. Observo por enésima vez el reloj despertador sobre mi cama y me levanto. Doy una rápida lectura a lo que llevo escribiendo desde hace varias horas. Estoy conforme. Quizás lo revise más tarde, con más tranquilidad.
Doy un vistazo alrededor mío, el panorama es de desorden: fichas de trabajo esparcidas sobre la cama y en el suelo, libros abiertos por doquier. Suspiro. La tarde comienza a caer, pongo atención a los sonidos del otro lado de la puerta. Como para alimentar más la impaciencia miro por última vez el reloj. Salgo de mi habitación, me dirijo con paciencia a la sala de la casa de ustedes.
Levanto la mirada, al fondo del pasillo que conecta las habitaciones con la sala el rumor es ya distinguible: la televisión está prendida desde hace mucho tiempo. Me siento en uno de los sillones y converso con mi padre. Por primera vez en mucho tiempo en lo que va del día, lo que sale de mi boca es ajeno a conceptos como deberes jurídicos, deberes de virtud, cuestiones casuísticas, etc., etc.
Devuelto a este mundo de formas y colores definidos y también de trivialidades, me dispongo al ritual de cada sábado. Ya no soy el que argumenta cuidadosamente en hojas de cuaderno y fichas de trabajo. Tampoco el que lee y relee minuciosamente los libros de la biblioteca.
A una señal casi imperceptible, a la par de un conteo, comienzo a ser el que vocifera y se explaya en pensamientos rápidos y sencillos. Olvido las formalidades y el ascetismo: salto, grito, me llevo las manos a la cabeza, hago un sinfín de muecas, camino alrededor del pequeño espacio frente a mi asiento, me levanto y me vuelvo a sentar una y otra vez… incluso exclamo algunas groserías en voz baja y maldigo.
¿Qué pasa? ¿Qué extraño cambio se ha operado en mí, en tan poco tiempo?
Una pausa. Por unos minutos me pongo a platicar con mi padre, intercambiamos diversos puntos de vista. Profundizamos en nuestras diferencias y en nuestras concordancias. Al final no llegamos a algo claro, pero no importa.
Vuelvo a mi lugar, miro por la ventana: se ha hecho de noche. Contemplo por un instante mis manos, que se encuentran sudorosas. Intercambio de vez en cuando algunas palabras con mi padre, sentado a pocos centímetros de mí. El conteo se ha reiniciado.
Una vez más las mismas actitudes de hace unos minutos: grito, me desespero, río nervioso, me levanto de mi asiento… Me encuentro impaciente y ansioso. Del meditabundo y calmado estudiante de filosofía de hace una hora no queda nada.
De pronto un suceso fatídico me recorre como un escalofrío. No, no es posible. Siento como cuando llego tarde a una de las clases en las que hay hora de tolerancia. Como cuando uno pierde el autobús o el último subterráneo. No doy crédito a lo que ven mis ojos. Y pienso en otros, que en ese mismo instante se hayan a la inversa: felices, conmocionados; gritando pero de alegría.
Pasan los minutos y mi rostro es el del consternado. Pero al poco rato vuelve la esperanza. Una sensación de júbilo inclina la balanza. Mi padre y yo celebramos.Pero como en todo ser humano queda la ambición, las ganas de ir por más. Una a una las posibilidades se van agotando, a la par del tiempo que transcurre. Me voy haciendo a la idea de que por hoy todo se ha terminado. Minutos después se escucha el silbatazo final.
Apagamos la televisión. Yo regreso a mi habitación, de vuelta a mis lecturas habituales. El partido de fútbol de aquel día se ha terminado. Empate 1-1. El mal sabor de boca, porque aunque no se perdió tampoco se ganó. En fin: que mi equipo pudo haber hecho más.
Que quieren, si yo también soy parte de este extraño ritual. O de ambos, si así lo prefieren. Uno racional, el otro… pasional.

18 de marzo de 2009

Pequeñas raciones de estrés

Son las seis de la mañana y ya tomé mi ración diaria de estrés. Con suerte me servirá para todo el día. Aunque debo confesar que ciertas veces he necesitado de unas cuantas dosis extra, ya que a lo largo de la jornada voy necesitando cada vez más miligramos, y las pequeñas raciones van sucediéndose una a la vez a medida que las ingiero. Apenas ayer me extravié en una situación que requería estrés, pero ya no había más...
Soy sólo un ciudadano común que como tal, en situaciones cotidianas, [inmerso en esta caótica ciudad de calles transitadas olorosas a orines con congestionamientos viales monumentales] hace uso de su tradicional frasquito, el cual contiene pequeñas tabletas de estrés. Ayer, cuando esperaba el autobús en la esquina habitual, tardó este más de media hora en llegar. Se hacía tarde, y no tuve más remedio que devorarme mi dosis de estrés de un sólo golpe. Fue una tristeza el saber que mi ración estaba consumida apenas en la primera hora de esa mañana atroz.
Pocos minutos estaba por abordar el subterráneo, en el cual no alcancé lugar, algo poco común, ya que me considero un semi-experto de las lides de combate necesarias para hacerse de un cómodo asiento en el vagón repleto, batallas que tienen lugar justo cuando las puertas se abren a la furia de los dedicados, de los impulsivos, de los astutos, los serios, los intrépidos, los conspiradores... en fin, de todos los adjetivables sujetos que viven en esta ciudad y que hacen uso de tal transporte.
Dada mi mala fortuna antes mencionada fue que necesité de mi estrés habitual para tener que soportar los embates de las mareas humanas en medio del vagón, justo cuando invoqué a la desesperación que no llegaba. En ese momento me di cuenta que llegaría tarde a mi primera clase del día. Busqué entre mi saco de preocupaciones, y me percaté que en ellas habitaba la lectura que se discutiría en esa clase, la cual tenía puesta una etiqueta mental previamente puesta, la cual repasé en silencio mientras iba apretujado en el vagón del metro: léase de camino a la universidad, durante el viaje en el subterráneo, cuando se esté cómodamente sentado.
¿Qué hacer en estos casos? ¿A quién acudir, a qué plan alternativo apelar, a qué oscura deidad invocar para hacerse de una salida posible cuando se está uno atrapado en este callejón sin salida? Porque sin estrés uno puede sentirse ajeno a todo lo que le rodea, se apodera de nosotros un sentimiento de alienación, de extrañeza, como si perteneciésemos a una especie distinta, fuera de la propia humanidad.
De pronto, cual si hubiése escuchado mis extrañas plegarias, un hombre me proporcionó la ayuda necesaria:no nos conocíamos, y tampoco cruzamos media palabra. Un rápido contacto visual fue suficiente. Era un sujeto alto, robusto. Su expresión era la de un bravucón más que la de un gentleman. Uno de esos que te imaginas de gángster antes que pediatra. Seguramente era uno de tantos que iba tarde a su trabajo. Pobre imbécil, pensé para mis adentros. Unos minutos después tan sólo, algo extraño había sucedido. Volvió a mí aquella sensación que da cuando uno digiere, lentamente, el estrés. ¿Cómo, por qué?, me pregunté en medio de la muchedumbre.
Pero, ¿será posible? Y luego: si, pero... si está muy claro. ¡Aquel grandulón, él fue! Mi reacción inmediata, casi instintiva, fue la de buscarlo donde nuestras miradas se habían cruzado hacía unos cuantos minutos. Quise devolverle un profundo y sentido agradecimiento. Ahí estaba: de pie, apretado entre la gente, a unas cuantas personas de distancia, sosteniéndose de forma incómoda del pasamanos. Contrario a mis intenciones primarias, no dije nada. Además, algo en él había cambiado. Si, era de esperarse. Su aspecto era el de un hombre despreocupado, sonriente.
Por fin me decidí, tímidamente, pero aún así lo suficiente como para alcanzar a ser oído exclamé: - Es usted una amable persona.- Pero aquel sujeto ya no alcanzó a escucharme. Se había dado la vuelta, alejándose inquieto a través de la gente. Lo comprendo, pues en la mañana había sentido lo mismo que aquel: el descorazonamiento de haber perdido la dosis habitual de estrés en una situación que apenas si la requería. Gracias a su buena obra del día es que en esa larga jornada no me hizo falta el estrés: mi frasco se había vuelto a llenar.

14 de marzo de 2009

Revelación


*****

LO SUPE de repente:
hay otro.
Y desde entonces duermo sólo a medias
y ya casi no como.

No es posible vivir
con este rostro
que es el mío verdadero
y que aú
n no conozco.


*****


Rosario Castellanos

9 de marzo de 2009

Cultura y podcast, una combinación marca UNAM


La UNAM se ha caracterizado por ser un semillero y difusor de la cultura en México. No en vano su Facultad de Filosofía y Letras está entre las mejores 20 del mundo. Aunado a esto están las actividades que promueve y organiza en las comunidad estudiantil y fuera de ella: conciertos, exposiciones, conferencias magnas, ferias del libro... y ahora esta que es la que nos ocupa.

Hablo de un sitio creado por la universidad a través de su Coordinación de difusión cultural: Descarga Cultura.unam.mx, en la que los cibernautas pueden entrar para descargar cuentos, novela corta, poesía, ensayo, crónica y teatro leídos por lectores profesionales e incluso algunos de ellos por ¡los propios autores! Pero no sólo es literatura lo que ahí puede oírse, sino que la oferta cultural de descargas incluye música producida por la Universidad Nacional, como lo es su prestigiosa Orquesta Sinfónica, así como también conferencias y cursos cuyos temas van desde divulgación de la ciencia hasta temas de humanidades y artes.

Todo lo anterior está disponible en formato MP3, a modo de Podcast el cual muchos de nosotros reconocemos de forma inmediata por ser ese ingenioso concepto, que en muchas páginas de la red se ofrece, el cual permite descargar contenidos de audio para ser escuchados en los reproductores portatiles cuando se desee (llamese Ipod, celulares, memorias USB, por mencionar algunas), y que es ahora usado por la UNAM para difundir y propagar la cultura de manera novedosa y actual y así enriquecer nuestro "panorama cultural" .

El sitio es el siguiente: http://www.descargacultura.unam.mx/ y en él se pueden escuchar directamente los contenidos, y posteriormente, si el usuario lo desea los puede descargar a su equipo de cómputo de manera gratuita. No es necesario ser estudiante de la universidad, ya que está disponible para todo público, ni es obligatorio registrarse para tener acceso a los contenidos. El registrarse es sólo por si deseas crear una lista personalizada en el sitio cada vez que acceses.

Su servidor es un asiduo visitante de este maravilloso sitio, el cual desde que lo descubrí (unos pocos días después de su creación lo cual se debió a que soy estudiante de esta gran universidad y que por lo mismo la noticia me llegó más rápido que a muchos otros... encima ser estudiante de filosofía, jeje) no he tardado en poner entre mis favoritos y del que descargo cada que tengo oportunidad y que mis ocupaciones me lo permiten, cuentos y música sobretodo (Chejov, Poe, Cervantes, Poniatowska, Sor Juana Inés, Dostoievski, Quiroga, y Schubert, Mozart, Wagner, Beethoven por otro lado) los cuales escucho en el metropolitano o en el autobús de camino/regreso a la escuela o cuando me hallo en un pequeño receso de mi vida agitada. Altamente recomendable. Enhorabuena por la coordinación de difusión cultural de mi querida universidad, la cual se ha sacado un 10 con esta idea.

Espero que este sitio de Descarga Cultura.unam.mx les guste tanto como a mí, que en lo personal creo que hace algo que muy pocos hacen en la internet: ayudar a incrementar y mejorar nuestras capacidades intelectuales (nótese la indirecta a youtube y a otras webpages), lo cual nunca está de más. Claro, eso si el usuario está dispuesto a poner de su parte, jeje.

6 de marzo de 2009

La fiesta de los oscar... segunda parte, Slumdog y la misma trama


Fue hasta hace unos pocos días que pude ver la película ganadora de los premios Oscar en su edición 2009: Slumdog Millionaire, traducida en México como Quisiera ser millionario. Mucho había oído hablar acerca de este filme. Que si la industria de Hollywood por fin había reconocido una película fuera de las tramas que se acostumbran hacer en los EEUU (recordemos que Slumdog... es de producción británico-hindú), que si esta película era un himno a la vida, un mensaje optimista y alentador en medio de estos tiempos de crisis que se viven en el mundo...

En fin, que yo quería ver la mentada película para poder opinar a conciencia. Y la verdad, en lo personal, me ha dejado con la impresión de aquel que a una atracción turística popular que resulta ser poco interesante y muy mediática. Eso es Slumdog, una película muy mediática. Sobrevalorada es la palabra, que se ajusta a la perfección a dicha película.

Una producción que utiliza el realismo como hilo conductor de la primera parte... pero un pésimo desarrollo a la "cuento de hadas" en su segunda mitad. Si, muchos dirán que soy el típico sujeto que piensa que la vida no es felicidad y que alabo el pesimismo. Pues no, Slumdog pudo haber sido optimista y gustarme. Pero fue optimista irreal y no me gustó. Es buena, el argumento es original y hay partes muy emotivas e intensas en ella, pero creo que es una película "buena" a secas. Nada sorprendente.

Curiosamente la reacción de su director y el equipo de producción me dan a mí y a muchos que compartimos estas opiniones, la razón, ya que al hacer esta película nunca se imaginaron pelear por el "premio gordo" de los premios cinematográficos de EEUU (incluir al término "mundo" sería arriesgado), sino que pensaron que la película no iba a recibir mucha atención de los medios.

Podemos explicar esta curiosa cuestión si analizamos el año cinematográfico que acaba de pasar. Hollywood pasa por una de sus peores crisis, no ya económica sino argumentativa-creativa. Vamos, las películas que estuvieron nominadas este año al Oscar no le llegan a muchas de las nominadas del año anterior, o de otros años. Este "vacío" de buenas producciones explica en buena medida el triunfo de Slumdog.

Ya discutía hace unas semanas lo controvertido que es el oscar. Su politización y su preferencia por lo convencional y lo correcto en términos morales. Muchos dirán que Slumdog acabó con ese "sistema" este año. Yo les preguntaría, ¿en verdad rompió con él? Porque si vemos Slumdog detalladamente nos daremos cuenta que en ciertas partes es una trama más del héroe que triunfa al final, lo cual ya es un asunto bastante choteado en la historia del cine de EEUU. Ya saben, el sueño americano, la filosofía utilitarista que permea las relaciones socio-económicos de los habitantes de la potencia más poderosa del mundo.

Así que no nos sorprendamos de que estén por venir más Titanics, más Gladiators, más Chicagos, grandes producciones que maravillan por sus efectos, sus secuencias de acción y sobretodo por las celebridades que participan en ellas. El cine comprometido con la calidad es ignorado, sin más. Los premios oscar me parecen un espectáculo brillante, pero nada más. Más interesante reulta ver películas de festivales europeos, como el de Berlín, Venecia o Cannes, en los que por lo menos hay mejores películas.

28 de febrero de 2009

La elite


Nadie de los que conozco en toda la estepa sabe como ingresar en la elite. Sólo sabemos que la elite es un grupo superior a nosotros. Ni siquiera J, el sabio de nuestra aldea, conoce algo más al respecto.

J es también el más anciano de la aldea, un entendido en diversas artes y ciencias, cuenta con el don de las palabras hermosas además de que es el único entre los habitantes de la aldea que puede componer poesías maravillosas acerca de lo terrestre y lo divino, de lo espiritual y lo material.
A pesar de esto nada puede explicarnos sobre la elite. Tiene sus hipótesis, como todos, pero nada en claro.

Sabemos que la elite existe porque la hemos visto, durante las noches de invierno escuchan sus voces al otro lado de la estepa, aunque la mayoría de las veces no sean más que murmullos, y su apariencia apenas se distingue en la oscuridad. También vemos sus luces de colores que se levantan en mitad de las tinieblas; y sonidos, muchos sonidos que no podemos explicar de donde provienen ni que significan.

El más desconcertante de todos los fenómenos originados allá afuera por la elite se sucedió en una noche estrellada, sin nubes: se escuchó por unos minutos un estruendo de tal magnitud que parecía que la tierra se abriría para tragarnos, o que el firmamento fuera a caerse en pedazos sobre la estepa.

[H, mi amigo de toda la vida, recuerda el estruendo. Lo recuerda como todos, pero más aún porque H es sordo de nacimiento, y aún así pudo escucharlo.
Cuando le pregunto, una y otra vez acerca del suceso, su respuesta es siempre la misma:
Su rostro se torna en un color pálido y sus ojos se dilatan en el más exacerbado asombro y ambos, H y yo, nos estremecemos con gran escalofrío, un pavor que parece aumentar en medio de estas noches sumidas en el silencio.]

Pienso que la elite es la causante de todo lo que el viejo J no es capaz de explicar. Que como tal, como un grupo de superiores, están por encima de la naturaleza y de todo cuanto existe. Su don de palabra será más hermoso que la de nuestro más grande sabio, su ciencia más avanzada, su poesía estará llena de cosas mucho más altas y más sublimes que las que habremos de conocer en toda nuestra vida, aquí dentro, aquí en la estepa.

Quizás algún día llegue a ser parte de la elite, para saber, como ellos de seguro saben desde hace mucho tiempo, el porque esta aldea se encuentra aislada de todo lo demás, aquí en esta estepa, separada por un muro invisible que no podemos traspasar.

Sueño con un día llegar a ser parte de la elite.