18 de noviembre de 2010
Impasse
¿Cuándo vendrá y caerá sobre mí la lluvia que prometieron sus ojos?
14 de octubre de 2010
Sinsentido No. 7
Que absurdo reencuentro el que nos hemos preparado esta tarde
tú y yo, después de tanto tiempo de ausencia
Que absurda esta espera en el andén
este buscar tu rostro entre la gente, cuando arriba el tren a la estación
Que absurdo este alúd de recuerdos
que se avalanzan sobre mí todavía, precipitándome a la desesperanza
Que absurdas las distracciones que trato de crearme
con el propósito de no volver a pensar en cualquier cosa que lleve tu nombre
Que absurdo me veo, así de pie, bajo los anuncios
a merced de un sinnúmero de tics nerviosos que me invaden en este tiempo muerto
Que absurda tu tardanza, que emula nuestras antiguas citas
envías a los minutos como emisarios, desdeñosa, antes de llegar
Que absurdo, e innecesario gasto de ensayos de reencuentro
que preparo mientras llegas, los cuales se desbaratan como papel en el agua apenas los imagino
Que absurda la trivialidad de la que se componen las cosas
los viajes, los pasajeros, los motivos... nada es importante mientras esté sujeto al fluir del tiempo.
28 de septiembre de 2010
Es común la idea, de que si estuviésemos entre las nubes, sería como estar entre algodones; cuando en realidad allá arriba todo está frío como una tumba.
18 de septiembre de 2010
Nihil novum sub sole
En México (porque no puedo hablar de lo que se vive en otros países)los días festivos llenan los calendarios de todos los habitantes. Ya sea por un cumpleaños, el aniversario de un acontecimiento cívico o por una fecha religiosa. Si juntáramos todos estos feriados, uno tras de otro, formaríamos unas vacaciones del tamaño de un trimestre, así de fácil. El festejo del Bicentenario de la Independencia ha pasado, no así el maravilloso puente de días inhábiles que decretó el gobierno de México. Cinco días, para ser exactos, del 15 de septiembre al 19. Cierto que no todos los mexicanos harán uso de este descanso, en especial los que trabajan en negocios particulares (no burócratas o empleados de alguna empresa), pero pues en la mayor parte de la Ciudad de México, por citar una parte representativa del país, se percibe una atmósfera de haraganería y tedio que se manifiesta especialmente en las calles. La gente se resiste a volver a su ritmo de vida diario, a sus problemas y preocupaciones cotidianas, mas el cielo lleno de nubes, ausente de sol y con sus lloviznas periódicas nos obliga a pensar una vez más en la melancolía de los trabajos y los días. La mayoría de nosotros no deja de pensar, y ahora ¿qué sigue? El gobierno ha derrochado en un evento que no se volverá a repetir en mucho tiempo, el cual sirvió para recordar que "debemos estar orgullosos de ser mexicanos" y celebrar que tenemos "doscientos años de vivir en un país libre"; de ver en todos lados caras de héroes nacionales, de banderas, símbolos y publicidad creada ex-profeso para ensalzar la identidad nacional; de escuchar y ver en todos lados noticias, información, discursos, imágenes y más sobre esa entidad enorme llamada México. Y, ¿ahora qué? Tender un puente (este de días normales sin nada esplendoroso que celebrar) que nos conecte con otro punto remarcado con color rojo en los calendarios, para así descansar un poco de cualquier cosa y celebrar un mucho de algo en específico (¿Día de muertos? ¿El Centenario de la Revolución? ¿Navidad?). Llenar los huecos grises que no quedan registrados en viajes, eventos familiares o convivencias multitudinarias es, después de todo, mucho de lo que hacemos en nuestra vida.
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10 de septiembre de 2010
El libro blanco
Mi padre me compró un cuaderno a los cuatro años, y ahí comencé a escribir acerca de todo. De lo nada o poco relevante; de lo que creí importante o simplemente lo que observaba. Más mi propio carácter o mi naturaleza me definió en lo que muchos podrían considerar una manía obsesiva, cuestión que yo dejaré puesta en la mesa para que alguien más que le interese hacerlo la analice. Me limitaré a contarles mi punto de vista, quizás para muchos el menos objetivo.
Seguí comprando cuadernos. Elegía aquellos de cuadros chicos, nunca de raya. Tal vez por tener la seguridad de situarme en un espacio o por la manía de no irme chueco en el plano vertical de la escritura.
Durante toda mi vida siempre tuve un bendito cuaderno a mi lado. Escribía casi todos los días y era parte importante de mi vida. En mi temprana adolescencia ya había escrito más de lo que muchos escribirán en toda su vida. No me pregunten el destino final de los primeros cuadernos, los que corresponden al desarrollo de mi
infancia, ya que ni yo mismo sé ahora donde se encuentran. Nunca me preocupé por saberlo. Quizás mi madre al ver que se acumulaban decidió comenzar a tirarlos antes de arrumbar “basura” en mi habitación.
infancia, ya que ni yo mismo sé ahora donde se encuentran. Nunca me preocupé por saberlo. Quizás mi madre al ver que se acumulaban decidió comenzar a tirarlos antes de arrumbar “basura” en mi habitación.
No me importaba ese pasado de escritura irrelevantes o poco apreciadas por el mundo que no era yo. Simplemente seguía y seguía escribiendo. Era un frío, un metodista. Solo le otorgaba valor y cuidado al cuaderno en turno, y cuando se terminaba su vida útil lo abandonaba a su suerte y me hacia de otro ejemplar.
Solo escribía. Escribía cuando llovía, escribía cuando asoleaba en el patio y escribía en el verano y en invierno.
Pronto descubrí que escribiría toda mi vida, y me sucedió una extraña mezcolanza de sentimientos dentro de mí que no supe comprender. Sentí solamente una ansiedad y un temor, luego una especie de vértigo. A la mañana siguiente a ese día aciago desperté sin ese cúmulo de sensaciones. Lentamente me incorporé en la silla de mi escritorio y me senté, para comenzar a escribir. Llovía afuera. Las gotas se agolpaban sobre el vidrio opaco de mi habitación. Sentía ganas de salir pero mi naturaleza pudo más y me quedé a anotar algunas cosas que se me habían ocurrido en el sueño de la noche anterior. Permanecí en un estado de furor y exaltación toda la mañana, y me olvidé de la hora.
Salí esa noche a caminar un rato, a sentir la humedad aún presente de la lluvia evaporada de a poco sobre las calles. Me sentía con las mejillas heladas y con sudor en las manos.
No pude más. A los pocos minutos volví a mi habitación. Todo estaba como al principio de ese día, cuando me hube despertado. El reloj despertador gris y hosco sobre la cabecera de mi cama, marcando ineluctablemente las horas que siempre ignoraba.
Las cobijas y las sábanas apenas extendidas para guardar la estética y el arreglo de la cama, más por propio compromiso que por convicción. Los estantes vacíos. El escritorio igual de escueto. Y sobre él el ejemplar en turno, mi cuaderno de pasta marrón cerrado y con la pluma estilográfica a un lado.
Las cobijas y las sábanas apenas extendidas para guardar la estética y el arreglo de la cama, más por propio compromiso que por convicción. Los estantes vacíos. El escritorio igual de escueto. Y sobre él el ejemplar en turno, mi cuaderno de pasta marrón cerrado y con la pluma estilográfica a un lado.
Me senté. Sabía que escribir. Después de toda una vida (en ese momento el escribir había sido toda mi vida) sabía que hacer y como hacerlo. Sabía las palabras exactas que describirían lo que yo quería decir antes de que llegara ahí. Incluso tenía en mis manos el estilo y el ritmo exacto, listo para quedar materializado en las
hojas cuadriculadas del cuaderno.
hojas cuadriculadas del cuaderno.
La ansiedad
volvió. Me estremecí repentinamente sin saber porque. No quise prestar
importancia y de nueva cuenta abrí el cuaderno, como tantas otras veces lo había
hecho con los que le habían precedido en existencia.
volvió. Me estremecí repentinamente sin saber porque. No quise prestar
importancia y de nueva cuenta abrí el cuaderno, como tantas otras veces lo había
hecho con los que le habían precedido en existencia.
Mi sobresalto no
era el del novelista maduro que no sabe como terminar su historia, o como el
novato que tiene pavor a la página blanca que da nombre al síndrome tan
acostumbrado en los que se inician. Tampoco era el sobresaltado júbilo de quien
ha encontrado las palabras exactas para terminar su obra cumbre o su trabajo
más realizado o cuidado. Era diferente.
era el del novelista maduro que no sabe como terminar su historia, o como el
novato que tiene pavor a la página blanca que da nombre al síndrome tan
acostumbrado en los que se inician. Tampoco era el sobresaltado júbilo de quien
ha encontrado las palabras exactas para terminar su obra cumbre o su trabajo
más realizado o cuidado. Era diferente.
Sentí una
incertidumbre tal que no supe explicar, que es más, nunca había sentido en mi
vida.
incertidumbre tal que no supe explicar, que es más, nunca había sentido en mi
vida.
Mi corazón me
dio un vuelco cuando contemplé la hoja en donde había de continuar mi relato.
dio un vuelco cuando contemplé la hoja en donde había de continuar mi relato.
Desde niño había
escrito. De la naturaleza, de mí, de mis padres. De lo que veía en televisión.
Luego comencé desmenuzando la existencia oculta de los que aún vivíamos, de lo
que seríamos todos. Me volví un macabro profeta que domina su arte, a saber el
de las palabras. No me faltaban razones para creer que mi vida sería escribir y
que el escribir era mi vida.
escrito. De la naturaleza, de mí, de mis padres. De lo que veía en televisión.
Luego comencé desmenuzando la existencia oculta de los que aún vivíamos, de lo
que seríamos todos. Me volví un macabro profeta que domina su arte, a saber el
de las palabras. No me faltaban razones para creer que mi vida sería escribir y
que el escribir era mi vida.
Me levanté.
En el cuaderno
yacía lo que había escrito desde siempre, en silencio. Esto es, lo que había
vivido. Una misma sentencia, infinidad de veces repetida: “La inquietud no
desaparece”.
yacía lo que había escrito desde siempre, en silencio. Esto es, lo que había
vivido. Una misma sentencia, infinidad de veces repetida: “La inquietud no
desaparece”.
2008
26 de agosto de 2010
Qwertyasdf...
A veces se me sale de las manos sin darme cuenta. Es una palabra pequeña, insignificante, que no amenaza con lastimar a nadie ni a nada en el mundo. Si no tuviera un sonido, una forma, pasaría por un fantasma. Tan invisible es que me olvido de ella aún cuando permanece por horas, flotando en la habitación, entre los muebles de colores apagados y llenos de polvo.
Es una suerte que sobreviva el tiempo suficiente como para que la escuches. Llegas muy cansada del trabajo, pidiendo esquina, a veces vociferas en contra de todo el mundo y me miras con unos ojos color catálogo funerario. No importa. Sentada en el sillón, derrotada por tus propias palabras, adviertes la presencia de la pequeña, que se te acerca con la cabeza agachada sin pedir nada.
De pronto algo en la casa cambia. No son mis ideas, mis miedos o mis errores. No hay más alegría que la que nos compramos diario ni menos tristeza que la que adeudamos desde hace tantos meses y por la que estamos a punto de que nos quiten nuestros rostros. El departamento sigue igual de sucio, pequeño y oscuro.
¿Qué es entonces? Sabes lo que es. Sueltas la carcajada, aflojas el cuerpo y te olvidas del mundo. No me dirás. Y la palabrita se extinguió hace unos cuantos minutos. Así, simplemente desapareció. Pudo evaporarse, disolverse, etc. Me siento utilizado. ¿Habré de amenzarte otra vez? No servirá de nada. El concierto de tu delirio termina y como si nada hubiera pasado te marchas en silencio a tu habitación.
Me quedo en una posición ridícula, de pie frente a la puerta. Es como si estuviera desocupado, desocupado de todo, hueco e inútil. ¿Dejar escapar más palabritas aldrede para ver si se repite el extraño fenómeno? Intento, total que puedo perder. La boca se me traba, salen sólo sonidos guturales, chillidos y onomatopeyas.
A la media hora esto se ha convertido en un caos. Hiciste bien en encerrarte, porque acá afuera se llena la casa de puras palabras nacidas a medias. Como si se tratara de una venganza, por traerlas al mundo incompletas, tullidas, cercenadas, deformes, se ponen a dar vueltas armando escándalo. ¿Abrir las ventanas, la puerta, para que salgan las malditas? Ya lo intenté. Pero si cuentas con nociones elementales de física y acústica sabrás que es inútil.
Derrotado elijo la esquina de la alcoba para sentarme. No hay espacio, así que es buen lugar para dormirme en cuanto pienso que hacer. Quizás salgas pronto, impulsada por una emoción extraña. Quizás no. Abro las manos para ver si todavía quedan palabras por salir, pero no. Han salido todas de golpe.
7 de agosto de 2010
Time after time...
Este destierro de la razón me sienta bien, abandonarse a las playas del caos me permite recordar todo lo que eres y que no se sujeta a las definiciones, a las palabras. Como una canción de jazz, que en cada interpretación arroja algo distinto, pero que en todo caso se eleva hasta perderse en el horizonte. Apresarte, ¿para qué apresarte? Deja que el tiempo te analice, con su rostro de titán sin saber lo que significas. A mí me basta con cerrar los ojos y escucharte.
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3 de agosto de 2010
Júrame...
Que importa que estemos ahogados bajo toneladas de agua, en el fondo de los mares; que nuestros fantasmas se pudran en las paradas de autobuses junto con ramos de flores marchitas, salpicados por autos último modelo cuya música habla de lascivia y deseo; que los discos LP que escuchamos con fervor acompañados de recuerdos de mujeres, de retratos en blanco y negro perfumados, de suspiros y de sueños poéticos, que las cartas con caligrafía preciosista, estén todos hechos polvo desde hace mucho tiempo. Que la estrategia de la conquista con sus galanteos, poemas puros e invitaciones a los parques... esté sólo en libros que estudian los filólogos... Que me importa que el romaticismo y los románticos hayamos muerto hace siglos, que la era de la rapidez y lo superficial nos hayan dado el tiro de gracia... no podía dejar de postear esta bellísima canción. Júrame...
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Definición n° 5
Enamorado: Dícese de aquél que todavía conserva el apetito por las cosas triviales y los días cotidianos debido a una fijación con respecto a otra persona. P. Ej.: A Matías no le importa tener que asistir al trabajo de lunes a sábado porque esta enamorado de Celeste. || Que ha visto la realidad tal y como es pero que aún así ya puede morir satisfecho. Fam.: Loco, hereje, pleno, caoticófilo.
Había una vez un "yo" cinéfilo...
Hace unos pocos días volví a comprar películas del tipo que llaman "cine de autor": "Vertigo", de Alfred Hitchocock, la más celebrada por sus críticos y con una trama desconcertante; "Nostalgia", del que considero el cineasta más poético de todos los tiempos y uno de mis favoritos: Andrei Tarkovsky y "Sed de mal", de Orson Welles quien revolucionó la forma de hacer cine con su "Ciudadano Kane".
Lo anterior no tendría nada de importante de no ser porque ya tenía algo de tiempo en que no adquiría este tipo de películas, de las cuales soy un adicto. Aunque no presumo de saber de cine, la verdad es que en los últimos dos años me ha entrado la inquietud y la curiosidad por ver todo tipo de cine de calidad, llámese cine de arte, cine de autor, cine de culto, etc, etc.
Me confieso adicto porque hubo una época en que compraba hasta cuatro películas por semana, época que por diversas cuestiones ya llegó a su fin. Con el tiempo me fuí diversificando: no sólo compraba películas sino que cuando podía iba a la Cineteca Nacional que está por Coyoacán o de plano descargaba títulos por internet a diestra y siniestra.
Fiel a mi costumbre de quererlo todo en el menor tiempo posible, algo así como volverme una enciclopedia cinematográfica andante, sólo que prescindiendo de la erudición con que muchos se pavonean ante los demás, veía todo tipo de cine: italiano, francés, americano, alemán, oriental, latino, etc. Todo tipo de directores: Fellini, Hitchcock, Kurosawa, Bergman, Truffaut, De Sicca, Wenders, Jarmusch y todo tipo de épocas: cine mudo, contemporáneo, neorrealismo italiano, de la posguerra, etc.
Hablo en pasado porque ya tiene tiempo que no veo mucho cine. Eso aunado a la descompostura de mi computadora recién unas semanas, me arrojó a un periodo de vacaciones cinematográficas inusual en mí. Pero esta inquietud de cine no meramente comercial no se limita a la mera visión, sino que siempre me ha gustado platicar sobre títulos de cine con mis conocidos y amigos, hacer reseñas (como ya se habrán dado cuenta en este blog) y conocer todo lo que hay detrás de este llamado "séptimo arte".
Como parte de todo esto, es que abrí un grupo en una red social en que se discutiría sobre películas recientes y antiguas para darlas a conocer entre los miembros y así conocer y compartir nuestros gustos. Desafortunadamente no prosperó, y curiosamente, dado que soy muy insistente en cuanto a mis obsesiones, es que meses después he abierto un grupo que tratará de abordar lo mismo, sólo que en otra red social y con más empeño y optimismo.
No se culpen a las vacaciones por hacerme abrir blogs nuevos y espacios diversos sobre diversos temas. Es algo inevitable y que no puedo parar, jajaja. Para los interesados en unirse al proyecto de un servidor, y así compartir las películas que han marcado su vida que quieren que otros disfruten y conozcan, pueden unirse al grupo, sólo envíenme un correo para que les mande la invitación. Eso si, es necesario que tengan una cuenta en la famosa red social de la "F" para que puedan pertenecer a él.
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