31 de enero de 2016

El sufrimiento



José Revueltas


El mundo puede ser inconmensurable; pueden existir países y montañas y ríos y ciudadanos.  Pero el sufrimiento humano, aún el más grande, el sufrimiento que no tenga medida, puede caber en sólo un pedacito de la tierra, en un pedacito pequeño, donde quepan un pie o una mirada.


en La conjetura.

26 de enero de 2016

El infierno




Italo Calvino


"(...) El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”

en Las ciudades invisibles.

1 de noviembre de 2015

Un lago



Vicente Huidobro


Me olvidaba deciros que también hay un lago y que este lago se aleja según la dirección del viento. A veces llega hasta a perderse de vista, a veces pasa largos años ausente y vuelve de otro color. A veces tiene hambre y maldice a los hombres que no naufragan a la hora debida. Otras veces camina en cuatro patas y roe durante horas y horas los despojos de tanta tragedia acumulados en sus orillas o los reflejos de quién sabe qué tiempos secretos. 


En Temblor de cielo.

16 de mayo de 2015

Orgullo de lector


Gaston Bachelard


En cuanto a nosotros, aficionados a la lectura feliz, no leemos ni releemos más que lo que nos gusta, con un pequeño orgullo de lector mezclado con mucho entusiasmo. Mientras el orgullo suele desarrollarse por lo general en un sentimiento avasallador que pesa sobre todo el psiquismo, la punta de orgullo que nace de la adhesión a una dicha de imagen, es siempre discreta, secreta. Está en nosotros, simples lectores, para nosotros, únicamente para nosotros. Es un orgullo de cámara. Nadie sabe que revivimos, leyendo, nuestras tentaciones de ser poetas. Todo lector un poco apasionado por la lectura, alienta y reprime, leyendo, un deseo de ser escritor. Cuando la página leída es demasiado bella la modestia reprime ese deseo. Pero el deseo renace. De todas maneras, todo lector que relee una obra que ama, sabe que las páginas amadas le conciernen.



En La póetica del espacio.






15


Rubén Bonifaz Nuño


No me ilusiono, admito, es de mi gusto,
que soy un hombre igual a todos.
Trabajo en algo, cobro
mi sueldo insuficiente; me divierto
cuando puedo, o me aburro hasta morirme;
hablo, me callo a veces, pido
mi comida, y a ratos
quisiera ser feliz gloriosamente,
y hago el amor, o voy y vengo
sin nadie que me siga. Tengo un perro
y algunas cosas mías.

En general, no estoy conforme
ni me resigno. Quiero mi derecho,
de hombre común, a deshacerme
la frente contra el muro, a golpearme,
en plena lucidez, contra los ojos
cerrados de las puertas; o de plano
y porque sí, a treparme en una silla,
en cualquier calle, a lo mariachi,
y cantar las cosas que me placen.

También, monumental, hago mi juego
en serio con las gentes,
según las reglas, y reclamo
mis ganancias y pérdidas, y busco
la revancha, o perdono
por generoso o por flojera.

Manos de hombre tengo; manos
para tomar, de las cosas que existen,
lo que por hombre se me debe,
y, por lo que yo debo, hacer algunas
de las cosas que faltan.

Y reconozco que me importa
ser pobre, y que me humilla,
y que lo disimulo por orgullo.

Tú, compañero, cómplice que llevo
dentro de todos, junto a mí, lo sabes.
Hermano de trabajos que caminas
en hombres y mujeres, apretado
como la carne contra el hueso,
y vives, sudas y alborotas
en mí y conmigo y para mí y contigo.



De Fuego de pobres (1961)


1 de mayo de 2015

Donde se aquietan la lluvia amarga y un par de brazos



Trac, trac. Enciende la luz del cuarto de baño, y lo primero que encuentra es su reflejo, señalado en buena parte por unos ojos rojos que se fijan en el cristal empañado como preguntándose acerca de la inclemente madrugada que no parece terminar nunca. Apenas veintiséis años y ya no puede dormir, pensando en la cercanía de las enfermedades, las preocupaciones económicas y las perspectivas laborales que no llenan sus expectativas. Hace calor afuera, más allá del mosquitero presencias ocultas palpitan inquietas a causa de la pantalla de luz, aguardando la invitación para mejor colarse a la ceremonia del insomnio. Los dedos flacos y pálidos parten por la mitad aquel rostro, apareciendo un anaquel repleto de botellas, jabones, frascos y cajas humedecidas. ¿Habrá alguien que gobierne esos movimientos nerviosos o simplemente han cobrado vida propia? No está seguro, pues su cabeza ya había volado siguiendo la hebra que configuran pensamientos difusos, sostenidos apenas por la certeza de una cura, mínimo alivio para destellos de neurosis, picaduras de insectos invisibles habitantes de los rincones del alma. Todo él se expande por la habitación de azulejos floridos, al compás de una cierta respiración, mientras las yemas de los dedos leen etiquetas, rugosas prescripciones, objetos que se estorban en el preciso momento de su inutilidad recobrada, para desvanecerse en una estela de materia informe. Por fin llega a la cajita huraña, escondida tras restos de cotonetes y navajas de rasurar oxidadas. En su interior se agitan dos pastillas milagrosas, que hasta ahora permanecían en su largo sueño aséptico, como gobernando un tiempo desconocedor de vehemencias y palpitaciones. ¡Están aquí!, exclama jubiloso, y por un momento olvida la complejidad en ciernes que lo ha traído dando vuelcos, adelantándose a la pacificación, donde el yo se desvanece y todo se reintegra al mar calmo, fuera de cualquier experiencia, incapaz de percepciones clasificatorias, deseoso de desvanecerse en llamaradas oscuras, olvido y solo olvido de ser- estar. Con las manos quietas vuelve la puerta hecha de espejos, las sinapsis abrazan su recobrado dominio en conciencias claras y duraderas, donde cabeza-torax-miembros reconcilian su frenesí para ser conducto donde naufragará la sustancia activadora del sueño, cual nave cóncava ofrendada a la tormenta para apaciguar la furia de un dios enloquecido. Libación en agua de grifo, vaso de vidrio que se alza para reflejar a su manera los destellos crepusculares de una mente enferma, a punto de apagarse para no más pensar. Mañana persigue formas irregulares en las nubes, porque no hay otra cosa que comer en casa. Hoy, tan solo queda tiempo para dormir.


23 de junio de 2014

Infortunio



No pudo dormir esa noche.
Hasta el día de ayer se había desenvuelto con gracia; su vida era despreocupada, hacía lo que le gustaba y sentía que de ese trabajo obtenía todo lo necesario para ser feliz. Más aún: amaba y lo amaban.

Todo era bueno, pero después llegó esa voz aguda acompañada de una sombra, murmurándole al oído. Se percató de su forma ominosa cuando ya era demasiado tarde. Le había dicho: "oye, ¿ya viste que aquel tiene más cosas que tú y es por lo tanto más feliz?"

Desde aquel momento todo le sabe amargo. Los objetos que le rodean tienen un cariz insuficiente, como si alguien les hubiera extraído gran parte de la sustancia que los conforma, y solo fueran láminas de cartón colocadas a su alrededor que su mano pudiera desbaratar al menor contacto.




3 de febrero de 2014

Fin de la tregua






Asciendo por los cabellos aún enmarañados, durmientes, de la ciudad

En el horizonte un sol, también adormilado, se levanta

Y la visión es agua tibia que cae sobre mis ojos en la sucesión de calles

Mientras sus aceras, inquietas, desaparecen.



Hay un legado húmedo y frío que aguarda en cada esquina

Una mujer en continua fuga que solo puede aprisionar su voz

Detiene con su índice delgado y pálido el rinoceronte cargado de ansiedades

Aborda, avanza, elige, descansa, todo lentamente



Y este laberinto de marasmos se despierta
poco a poco, cuando ella suspira

Otra vez una silueta dorada, delicada y frágil ha hecho la hazaña

La urbe milenaria de humo, fuego, polvo, sangre…

Nace para otro ciclo de dominio inmisericorde, después de la breve tregua en que se hallaba sumergida desde anoche.




14 de enero de 2014




Cada noche al recostarme en la cama, decidido a dormir hasta que el sol se levante otra vez sobre La Tierra, me asaltan decenas de ideas poderosas, cada una de distinta envergadura, todas ellas pidiéndome atención, como si al hacerlo alguna pudiera salir para realizarse.

Pospongo el momento propicio para el sueño. Me levanto y enfilo en dirección a mi escritorio, donde un par de hojas blancas se muestran sorprendidas ante la aparición repentina de su sueño. Inquietas, agitándose en la oscuridad, parecen preguntarme: “¿Qué haces aquí? ¿Algo anda mal? ¿Vienes acaso a dictarnos algún pensamiento apesadumbrado, cierto padecimiento que aqueja tu alma de anciano solitario?”

Rodeo con cuidado el rectángulo de madera, sin perder de vista la diminuta superficie blanca que ondea como una llama purificando la noche. Contemplo aquella densidad etérea hasta que cae, como si alguien le diera la orden de extinguirse, y ya con la ventana de mi habitación completamente cerrada, sin corriente de aire que surque la habitación y maliciosa otorgue vida a mis pertenencias, me acerco a la silla acolchada color negro eternizada en su postura recta, esa que ha recibido tantas veces a este cuerpo indisciplinado sin lograr apaciguarlo o al menos conducirlo a destinos más prominentes (funcionario público, administrativo en alguna oficina empresarial).

Y mis piernas tiemblan como hacía mucho no temblaban, mientras acomodo la espalda por completo en el respaldo. Mi cuerpo es recorrido por un extraño escalofrío al posar las manos sobre el escritorio, cual si presintiera que algo malo está por suceder. Pero la habitación permanece en silencio, completa es su calma. Solo rechinan de vez en cuando los muebles, que de tan viejos resisten el paso de la humedad, el calor y las heladas a la manera de los gestos inmóviles de las estatuas de héroes. Los vidrios de las ventanas se cimbran en la noche, frágil frontera de los reinos que anuncia los bailes perpetuos del viento. Cada uno de estos accidentes vienen a saludarme, y mi alma les responde con un gesto humilde, piadoso.

El bolígrafo se apodera de mis dedos, siento como si de su oblonga superficie salieran invisibles tenazas que aprisionan la piel, completando la continua ilusión labrada por mi mente y de la cual no he logrado sustraerme hasta ahora de que existe una conexión fantasmagórica entre ciertos objetos y mis instintos más sediciosos. ¿Debería resistirme? ¿O más bien esperar para ver hasta dónde llegarán mis voliciones? Luego, ¿gritar? ¿Correr aterrado para refugiarme en mi lecho, cubrirme con las sábanas y tratar (de una vez por todas) de dormir?

Sí, todo sea para aumentar las posibilidades de poder dormir. Me digo “vamos ya, de prisa”, como si fuera un conjunto de actos impostergables. Comencemos. Escribo: “Hace varios días que no consigo cerrar los ojos…”





26 de agosto de 2013

Sobre la búsqueda del sentido



"[...] De pronto mi vida me parece trivial, no solo indigna de ser escrita, sino aun de ser contemplada con cierto detalle, y tan poco importante, hasta para mis propios ojos, como la del primero que pasa. De pronto me parece única, y por eso mismo sin valor, inútil -por irreductible a la experiencia del común de los hombres. Nada me explica: mis vicios y virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios; y sobre todo por él mismo. Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros."


Fragmento de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar