La idea del pecado parte de considerar al cuerpo como un bello instrumento, un arpa quizás. Si hay un exceso en el uso de este instrumento, dejará de producir armonías y canciones deliciosas. También si no se utiliza como corresponde, igual que tocar un violín con el tallo de una planta o toser en la boquilla de una flauta. Más, ¿por qué ver a un cuerpo como un instrumento cuyo único propósito es proporcionar armonías? ¿Quién dijo que fuimos hechos con una boquilla que solo tiene un uso correcto, o que nuestra piel es un conjunto de cuerdas que desafina si no es tocada de una forma adecuada?
16 de abril de 2011
12 de marzo de 2011
Inversión
Ciertos dioses niegan la posibilidad de mi existencia. No los culpo: sus altares me son inaccesibles cuando sueño.
19 de febrero de 2011
Viejo
Se cierran otros ojos. Quedan ya muy pocos, de entre aquellos que me vieron nacer...
14 de febrero de 2011
Armisticio
Te escucho. A pesar del estruendo causado por las bombas y proyectiles que detonan a nuestro alrededor, te escucho. Tu voz me parece ahora dulce, como el hilillo de miel que uno derrama sobre el pan tostado y que se va acumulando de poquito en poquito sobre su superficie áspera. Así me parece tu voz, y estas palabras se acumulan en mí hasta formar un compendio igual de dulce.
Me hablas de amor, ¿no es cierto? Me hablas de amor y de lo que haremos mañana, cuando todo esto termine. Porque ahora mismo, de noche, en esta habitación en la que dormimos, nada es seguro. Mañana sí, porque levantarse de la cama, salir a la calle, sea como sea que uno se sienta, implica que se tomaran decisiones ciertas, que no habrá ya marcha atrás. Mañana, siempre mañana.
7 de febrero de 2011
Inventiva onírica. Primera parte
Mis sueños son desordenados y fugaces. Son, si quisiera compararlos con un objeto bonito, como lluvia de estrellas. Queda bien la comparación: la lluvia de estrellas es una cosa que casi siempre se da en la noche (o que asociamos directamente con la noche), al igual que los sueños (que casi siempre asociamos con la noche); no podemos atraparlos porque apenas llegan se van, o los olvidamos (en el caso de los sueños); y ambos se suceden inmersos en la inconmensurabilidad: en un caso la del espacio, en el otro de la mente.
Como yo no tengo alma de romántico o de resignado astrónomo, ya que no puedo atar a mis sueños al tiempo y a la narratividad, he decidido inventarme unos. No soy pretencioso. No quiero aprovecharme de la fertilidad de la ficción y así fabricarme sueños grandes, con historias fantásticas; sueños llenos de acción, de heroísmo, florituras y sobretodo belleza estética.
Quiero hacerme sueños sencillos, comunes. Sueños que cualquier persona en cualquier lugar de la galaxia pueda ser capaz de soñar, no importando sus capacidades o las circunstancias de su vida. Sueños que no sean tan verosímiles que alguien al escucharlos relatar diga “¡Oye! ¡Eso te sucedió, no lo soñaste!”; pero tampoco tan elaborados que me grite mi auditorio “¡Vaya chico! ¡Menudo cóctel de narcóticos se ha preparado anoche!”.
Sé que viéndolo así, de esa forma, luce como empresa difícil. Me dirán que me exijo demasiado, y quizás no estén tan equivocados si lo ven desde esta perspectiva. Pero es tanta mi necesidad de apresar esas estrellas fugaces, que estoy dispuesto a esforzarme mucho. Si no fuera por esta dificultad, de mí ni tendrían noticia.
21 de enero de 2011
Balada del hastío
Mi desazón era producto del dúplex que nos alojaba a ti y a mí, insignes ejemplares de la juventud humana (tan radiantes, enérgicos y vivaces), aprisionando nuestras ilusiones al grado de dejarlas convertidas en montoncitos de chatarra, para luego venderlas por kilo en algún depósito de desencantos amorosos.
Tu padre no dejaba de reír con su programa cómico de la televisión, sentado en un sillón viejo que se asemejaba a una tumba. Ni tu ni yo podíamos movernos de nuestros lugares porque al instante su mirada de buen señor se posaría sobre ambos, y sin decir palabra nos interrogaría con un “¿se puede saber a donde van, muchachos?”, como en otras ocasiones lo había hecho.
Y tu madre, a pesar de ser más comprensiva que aquel, se mantenía como producto de la costumbre suscrita a la misma sintonía radial que transmite a toda hora y desde el principio de los tiempos civilizados el estribillo “soy buena madre porque vigilo a todas horas a mi hijita adolescente”, y por más que con mis adulaciones prefabricadas y argumentos persuasivos trataba, no lograba cambiarla de aquella maldita frecuencia.
“Jajaja”, escupía tu padre, “¿no quieren más refresco chicos?”, decía tu madre. Entre los dos evitando que tú y yo perpetuáramos el ritual de la adolescencia, buscando convertirnos en estatuas grecolatinas como para colocarlas en fuentes para ave.
Se repetía armoniosamente, aderezada con tus bostezos y mis sonrisas fingidas, la eterna balada del hastío, con su 1,2,3,4; 1,2,3,4; 1,2,3,4. Los muebles rústicos que inundaban el reducido espacio de la sala, las plantas de sombra en los rincones, los cuadros colgados en la pared: todos aquellos objetos inertes eran el público de esa melodía que nos cantaba la vida los sábados y domingos por la tarde cuando iba a visitarte, aunque más que melodía a ambos nos parecía un escupitajo en la cara.
Tomados de las manos, silenciosos ante la imperturbabilidad de la noche que se anunciaba por la ventana, nos arrojábamos al unísono hacia la única escapatoria posible. Imaginábamos una serie de notas desafinadas y caóticas que nos sabían a diversión desenfrenada.*
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* Por lo regular estas eran: imágenes de manos con el poder de desbaratar cajas fuertes; pies sin punto de apoyo que flotaban en la ingravidez del espacio; torsos que emulaban ciclos de lavado; voces sin fin que inventaban nuevos lenguajes empujados por una inminente muerte; cabellos agitándose frenéticos cual trigales azotados por el huracán; etc., etc., …
10 de enero de 2011
I
Las vacaciones o los recesos que duran más que un fin de semana, son para mí interregnos desagradables, en los cuales pierdo el ritmo de vida adquirido a fuerza de la rutina y la regularidad. El tiempo parece estancarse, queda solo una plataforma extraña en la cual se suceden imágenes, pensamientos y sensaciones, a la espera de que el mecanismo de los días con sus horarios y sus deberes se ponga en marcha de nueva cuenta.
11 de diciembre de 2010
Fe
Las calles se llenaron de murmullos, los cuales flotaban en el aire antes de desvanecerse en los oídos de la multitud. No importaba el calor, el hambre, la sed. Solamente los niños, cargados en los brazos de las madres, tapados con una gorra o un periódico, parecían estar vivos. Plañideros como al salir del vientre, respiraban con dificultad y se unían en un concierto de gritos aislados. Los adultos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, exhibían sus rostros de respeto, tratando de emular a las estatuas en su solemnidad, aunque sus pasos (débiles y difíciles) delataran su diferencia con respecto a los árboles y casas que dejaban atrás.
Cada una de las personas de la procesión sabía exactamente su papel, el cual habían representado por largos años. Repetían una y otra vez frases que buscaban elevarse a los cielos, saludar a los hombres santos, mostrarles que ellos también sabían de piedad, obediencia y sobre todo de arrepentimiento. A ratos se escuchaban gritos que buscaban animar los cuerpos agotados, que salían del sopor de las oraciones para dar sentidas Gracias a la Virgen, denotar un cariño inmenso y un amor supraterrenal.
En esos momentos, los pocos automovilistas que pasaban a su lado, se mostraban sorprendidos de su marcha, como águilas que merodean en el desierto y advierten la presencia de caravanas diminutas, extrañas, arrojadas a un ambiente hostil del que no pueden tener motivos o garantías. "¿Qué hacen esas figuras en medio de la calle? ¿Qué buscan, qué las mueve?", se preguntan los conductores desde el interior de sus caparazones relucientes sin encontrar respuesta.
Rostros hoscos, compasivos, indiferentes, cariñosos o fervientes: los curiosos se detienen a mostrarles el crisol de reacciones que anida en cada uno de ellos, marcados por una educación distinta, similar, ambigua, transgresora o conciliadora. Permiten el paso a regañadientes, algunos quisieran abandonar sus ocupaciones actuales para seguirlos, otros simplemente se comportan con el guión de la urbanidad y el respeto.
El espectáculo de los estandartes, de las banderas, de las imágenes, de las voces y caracteres humanos, impera en la ciudad un día cada año. Su origen, como el de todas las demostraciones de fe que existen en cada pueblo, en cada cultura, se remite a los tiempos primigenios sorteando obstáculos imprevisibles. Algunas perduran entre la pompa y el festejo, otras se ocultan en cavernas oscuras so pena de ser completamente exterminadas. Todas ellas tratando de tender puentes a lo inefable, nutriéndose de una dimensión que los trasciende y a la cual muestran su condición de vulnerables. Por instantes, sienten que su existencia y la de los suyos en el universo, está de alguna manera justificada.
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18 de noviembre de 2010
Impasse
¿Cuándo vendrá y caerá sobre mí la lluvia que prometieron sus ojos?
14 de octubre de 2010
Sinsentido No. 7
Que absurdo reencuentro el que nos hemos preparado esta tarde
tú y yo, después de tanto tiempo de ausencia
Que absurda esta espera en el andén
este buscar tu rostro entre la gente, cuando arriba el tren a la estación
Que absurdo este alúd de recuerdos
que se avalanzan sobre mí todavía, precipitándome a la desesperanza
Que absurdas las distracciones que trato de crearme
con el propósito de no volver a pensar en cualquier cosa que lleve tu nombre
Que absurdo me veo, así de pie, bajo los anuncios
a merced de un sinnúmero de tics nerviosos que me invaden en este tiempo muerto
Que absurda tu tardanza, que emula nuestras antiguas citas
envías a los minutos como emisarios, desdeñosa, antes de llegar
Que absurdo, e innecesario gasto de ensayos de reencuentro
que preparo mientras llegas, los cuales se desbaratan como papel en el agua apenas los imagino
Que absurda la trivialidad de la que se componen las cosas
los viajes, los pasajeros, los motivos... nada es importante mientras esté sujeto al fluir del tiempo.
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