20 de octubre de 2009

Yo aspiro

Tratar de captar la vida de un hombre en un párrafo, sus miedos, sus frustraciones. Lo que nos hermana, lo que puede separarnos. Las preguntas que sólo parezcamos decirnos a nosotros mismos y que se encuentran en lo más profundo de nosotros mismos. Esas que nos importan, que sólo nos importan a nosotros.

Las rabias, las alegrías. Lo que resulta de ese milagroso choque cotidiano con los otros, porque pareciera que el infierno son los otros, aunque repensándolo parezca que no podamos temer nada de un mundo tan regular. Porque nunca terminaran los laberintos ni los murmullos. Porque el corazón de nuestras tinieblas puede permanecer oculto y porque nunca dejaran de doblar las campanas.

Aunque nos parezcan lejanas las urbes belicosas que alguna vez atacaron los aqueos, aunque creamos que estamos a salvo de locuras quijotescas y de vez en cuando nos aseche un terror kafkiano a convertirnos en repugnantes bichos, seguiremos aspirando a las ancestrales veladas en donde todo era mágico y gozoso bajo la luz de la vela, sosteniendo un libro.

Escribiendo o leyendo. Cuando hablo de ellos intento explicarme a mí mismo. Apagar mundos, universos, puntos de vista, latidos... Para de nuevo volver a encenderlos en la siguiente oportunidad que se nos presente. Humilde aspiración. Oh, humilde aspiración.

8 de octubre de 2009

Fuck the "If - then - else"...

Subsuelo Superficie.

Sociable Misántropo

Eufórico Depresivo.

Pesimista Hombre con fe.

Multivocal Silencioso.

Sombrío Luminoso

Suicida Vital

Noble Egoísta

Autómata Librepensador

Racional Loco.

Citadino Campestre

.

.

.

Y pensar que a efectos de la estadística, de la convivencia social, es preciso elegir sólo una de las opciones.

Por el contrario yo prefiero otra, la que equivocadamente se ha nombrado del cobarde, del impasible, del tibio: elijo no elegir.

Que quieren. Algo tenía que valerme madres.

Salud.



4 de octubre de 2009

Superhéroes


Una de las pocas cosas que compartí con los niños de mi edad, fue el gusto por los superhéroes. Lo admito, además, la cosa no es nada grave. Como muchos, coleccioné albumes con estampas, comics, figuras de acción... Y seguramente en alguna ocasión soñé con tener superpoderes. En suma: el paquete completo de la fase niño-fanático-superhéroes.

Claro está que la edad va cambiando las cosas. Además de la obvia pérdida de la inocencia y todo ese rollo de convertirse en adulto y sus implicaciones, uno se da cuenta que eso de ser superhéroe no es la gran cosa. Y lo digo desde un punto de vista teórico, reflexivo (me refiero a que lógicamente uno no se da cuenta de esto siendo superhéroe en la vida real ).

¿O es qué aquellos tipos enmascarados que defienden la justicia y la paz no tienen también una existencia desastrosa y caótica igual que la que nosotros, los simples mortales soportamos everyday? Claro, la ficción los defiende (la mayoría de las veces) de peligros como la muerte; pero por el contrario no puede hacer nada contra cuestiones tales como el desarrollo de una doble vida, el no poder llevar una vida normal (ya saben, esa que los neoliberales estandarizaron: casa, coche, esposa, hijos, lic en Sistemas/ Administración de empresas, ipod...) En suma: ser un superhero trae, inevitablemente, la marginación.

Vistos desde ese modo, los superhéroes no deberían inspirarnos más que compasión y tristeza. Excluídos por la gente normal por el hecho de ser distintos (debido a sus "poderes"), los héroes de ficción tienen que aprender a vivir en una atmósfera constante de tensión, de conflicto que fluctua entre el odio y el reconocimiento.

Porque Spiderman nunca va a poder ir a Tepito o a Iztapalapa como ciudadano común y disfrutar de un paseo tranquilo ya que le quedaría la preocupación de que tarde o temprano su sentido arácnido se le activará cuando a Maria Juana (Mary Jane para los anglos) le quieran dar baje con su bolsa y él use sus poderes para atrapar al malhechor... y entonces todos se darán cuenta que San Juditas le hizo el milagro de darle superpoderes bien chidos... luego el acabose, ya que entonces:

-- Sería explotado por el gobierno calderonista el cual lo usaría como emblema del sexenio, colgándose de sus triunfos y aventándose sus vomitivos discursos como el que "gracias al gobierno que toma acciones, es que los mexicanos ahora están protegidos contra la delincuencia y el narco"...

--y sería llevado a todos los programas matutinos basura de Telerisa y Tv Apesta, los cuales se pelearían entre sí para tenerlo y aumentar el rating, poniéndolo a competir en concursos absurdos de famosos y a bailar entre conductores carentes de materia gris y tendría que soportar que las Maribel Guard o las Ingrid Coronado le tiraran los perros a indiscreción...

-- las marcas transnacionales como Gillette, Coca Cola o hasta Men Force y Nixxon lo asediarían hasta el cansancio para que accediera a aparecer por millone$ de pesosen sus respectivas campañas publicitarias (diablos! hay algo peor que imaginarse a Spiderman diciendo que "con N. se siente en las nubes" ??)...

-- Después de formar parte del MP, PGR y el ejército, así como la AAA, el CMLL y la Femexfut (¿?), los de "La Familia" le llegaría al precio y se pasaría al lado oscuro, aunque no se salvaría ya que igual se tendría que cuidar de las traiciones de sus compañeros del mal...

-- y ya no analizamos como afectaría esto su vida conyugal, sólo porque ya no nos da tiempo.

Ejemplos de porque los pobres superhéroes sufren, hay muchos. Y para ser un marginal, un excluido de la sociedad, prefiero ser un citizen común y corriente. Prefiero, una que otra vez, y siempre y cuando la situación lo requiera, aventarme a rescatar niños de edificios en llamas y realizar maniobras de resucitación cuando a mis amigos se les atore un sabritón en la garganta...

En suma, que eso de las alienaciones y los conflictos existenciales, sin embargo, pueden darse sin necesidad de pasar por el doloroso proceso de "super heroicización". Me explico: no tenemos necesidad de ser super héroes para ser marginales. Quizás esté entendiendo al super héroe desde su aspecto más trivial, prescindiendo de la carecterística determinante: la de los super poderes. Pero por otro lado, si lo vemos desde un punto de vista más abstracto, creo que la marginalidad es un aspecto que hace del super héroe un ser interesante y que inconscientemente actúa en nosotros para dotarlo (en estos tiempos cada vez más alejados de lo irreal) todavía de una vigencia y actualidad constante...

De cualquier forma y aunque no venga al caso, me daré el lujo de confesarles (nótese el grave caso de regresión infantil), que si pudiera ser un encapuchado con capa e identidad secreta, escogería el poder de la teletransportación: ¡Zuuuumm! *


* Supuesta onomatopeya que indica una teletransportación, y en el caso de la presente entrada funciona también como despedida (N. del A.)

30 de septiembre de 2009

Univers[al]idad

Uno se siente abrumado cuando se está sobre el pasillo de la Facultad. Quizás sea por las numerosas aulas que hay a lo largo del mismo, y cada una tiene una dimensión de unos 15 x 20 metros. No he contado cuantas son, pero calculo que su número es superior a 50, tan sólo en este piso...

Al fondo del pasillo hay una inmensa escalera cuyos pasamanos están labrados de maderas finas, lo cual no deja de desentonar con la atmósfera más bien contemporánea de la Facultad. Esta escalera comunica cada piso del edificio, y enseguida que uno la conoce advierte que es tan distinta a las demás áreas de la Facultad. Más aún: al subir o bajar por sus solemnes escalinatas uno se siente inmerso en otra dimensión.

Pareciera que durante el tiempo que dura el ascenso o descenso, fueran a suceder cosas metafísicas o sobrenaturales sobre los mismos escalones. Una vez recuerdo que cuando niño me imaginé mientras subía uno de los pisos de entre el 23avo al 39avo, que en el piso inmediato me encontraría en la nada. Mi terror fue tan intenso que al instante me detuve, y ya no me atreví a seguir por verdadero pánico de que mis sospechas fueran ciertas.

Esa historia termina de forma patética, y harto penosa: Desde ese momento no me atrevo a subir más allá del piso 23. Cuando alguna asignatura es impartida en alguno de los pisos superiores al 23, simplemente no la tomo o la descarto al instante.

En cuanto a los salones, esos lugares inmensos en los cuales se imparten las áreas del conocimiento humano más nobles, siempre hay un aire impersonal que lo llena todo, lo mismo si se encuentran colmados de estudiantes que si sólo hay unos cuantos repartidos entre los pupitres de su majestuosa superficie.

Es tal la impresión que da la aquella atmósfera, que al salir del aula, al estar todavía frescas las impresiones de exactitud y belleza, eliminados los juicios personales y los sentires propios, que uno piensa encontrarse de frente en los pasillos, lo mismo a un quark, que una supernova; el Ser que el concepto de Logos.

He visto también en mi larga vida de estudiante los crudos efectos que toda esta experiencia provoca en otros: casos graves en los que los estudiantes han sufrido agudos transtornos depresivos y esquizofrénicos. Los comprendo, y doy gracias a la diosa Razón al permanecer aún hoy ileso cuando paso de un lado a otro de la línea, ya que salir de aquella mole la cual es en si misma un Universo a la pequeñez e insignificancia del mundo monótono, es en si una auténtica tragedia.

30 de agosto de 2009

De Calls Centers y resfríados en Verano...

Este mes de agosto que está por terminar ha sido un tanto extraño. Las razones principales: entre que he estado mucho tiempo enfermo de resfríados no atendidos [los cuales son el producto de la constante lluvia y de mi negligencia], que he tenido que organizarme con mi trabajo y con la escuela...

Ambos son hechos extraños por lo siguiente:

1. porque creo que nadie nos esperábamos una temporada de lluvias en pleno mes de Agosto. No olvidemos que antes de los desvaríos climáticos de este nuevo siglo, la temporadas de lluvia casi siempre eran en primavera, y no en verano como ahora.

2. porque desde hace casi mes y medio que trabajo, algo que no acostumbraba a hacer por lo exigente de la carrera que estudio. Siempre creí que trabajar y estudiar filosofía al mismo tiempo era suicida, aunque ahora veo que no es así... bueno, sólo un poco.

A estas peculiaridades habría que sumarle una tercera, que se deriva o relaciona con la segunda:

3. que mi trabajo es el de un operador telefónico en un Call Center: 6 horas diarias, de lunes a sábado por la mañana. Los demás datos sobre este particular me los reservo para evitar alargar esto demasiado y también para no hacer publicidad.

Y digo que esta es una extrañeza también porque ¿Un estudiante de Filosofía trabajando en un Call Center? Pues si, así es. Lo curioso es que ya me estoy acostumbrando al ambiente de trabajo, a mis compañeros operadores y a mis funciones laborales.

Lo malo es que del trabajo tengo que irme derechito a la Facultad, a mis clases, lo cual se traduce en dos incomodidades:

1. que como la política del Call Center es que los hombres vayamos vestidos formales [camisa, pantalón de vestir y corbata] me perjudica el que tenga que asistir a mis clases por la tarde vestido también así. Máxime que la Facultad de Filosofía y Letras es en donde más nos vale madres los códigos de la moda y de la etiqueta... ya se imaginaran lo contrastante que resulta el aspecto de un servidor con relación al de los otros estudiantes al ir por los pasillos de camino a mis clases.

2. que el cansancio es inevitable; a eso de las seis de la tarde empieza a darme mucho sueño y agotamiento tanto físico como mental. A esto hay que sumarle que de regreso a su casa el metro [medio de transporte que uso tres veces en el día] viene a reventar, además de que cada vagón se convierte en una caldera insoportable. Que para acabar pronto ya me da el cuarto para acabar mi día y llegar a cenar y a dormir.

Pero de ahí en fuera recibir la quincena es algo muy gratificante. Buena recompensa después de los resfríados continuos, el cansancio diurno, las personas que te cuelgan la llamada cuando les hablas, la burla de ciertos amigos que aseguran que "sus principios los salvaran de laborar algún día en un trabajo tan malo como ese"...

Nunca creí tener una conclusión como esta, en la cual el factor económico es el que hace la diferencia. Lo sé, lo sé, digan lo que quieran. Emulen a los extramistas de siempre: acúsenme de capitalista, de vendido, etc, etc... Sólo déjenme decirles que lo que gano lo destino para dos cosas principalmente:

1. para ayudar a pagar algunos gastos a mis superiores domésticos...

2. para comprarme libros y ocuparme de gastos diversos por concepto de la carrera...

Pues bien, que de la lectura de esta entrada se pueden comprobar las siguientes cuestiones [ambas, lo acepto, como casi todo lo que escribo acá, triviales]:

1. que he abusado de las enumeraciones y

2. que se pueden conjuntar ciertos temas como son: Justificaciones innecesarias de porque-trabajo-en-donde-trabajo, lluvias inesperadas en agosto, llamadas telefónicas, lo-mucho-que-me-importa-seguir-una-imagen-en-mi-carrera, resfríados que se pudieron evitar ¡ah chu!, cansancios cotidianos...

* Y una extra [para variar]: el que un bloggero inevitablemente termina hablando de situaciones personales tarde o temprano, emulando una especie de diario o bitácora personal... ¡agh!

Como sea. Baste por el día de hoy. Que este sediento-luminoso debe de hacer tarea y prepararse para una jornada desgastante el día de mañana. ¡Ah chu! [Maldito resfríado...]

19 de agosto de 2009



[...]

Silencio la tierra va a dar a luz un árbol
Tengo cartas secretas en la caja del cráneo
Tengo un carbón doliente en el fondo del pecho
Y conduzco mi pecho a la boca
Y la boca a la puerta del sueño
El mundo se me entra por los ojos
Se me entra por las manos se me entra por los pies
Me entra por la boca y se me sale
En insectos celestes o nubes de palabras por los poros
Silencio la tierra va a dar a luz un árbol…

Vicente Huidobro
Altazor, I, 642- 651

18 de agosto de 2009

Constatando la otredad...



De vez en cuando, al salir de casa por la mañana, hay que echar un vistazo a la primera plana de los periódicos... para constatar que la fotografía con el cadaver de un hombre que aparece en la portada no es un retrato nuestro... Luego entonces, podemos seguir adelante con nuestras vidas...

28 de julio de 2009

Cuando la tarde...


Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas,
sus puertas invisibles,
para que el polvo, el humo, la ceniza,
impalpables, oscuros,
lentos como el trabajo de la muerte
en el cuerpo del niño,
vayan creciendo;
cuando la tarde, al fin, ha recogido
el último destello de luz, la última nube,
el reflejo olvidado y el ruido interrumpido,
la noche surge silenciosamente
de ranuras secretas,
de rincones ocultos,
de bocas entreabiertas,
de ojos insomnes.

La noche surge con el humo denso
del cigarrillo y de la chimenea.
La noche surge envuelta en su manto de polvo.
El polvo asciende, lento.
Y de un cielo impasible,
cada vez más cercano y más compacto,
llueve ceniza.

Cuando la noche de humo, de polvo y de ceniza
envuelve la ciudad, los hombres quedan
suspensos un instante,
porque ha nacido en ellos, con la noche, el deseo.


Xavier Villaurrutia

9 de julio de 2009

Porque después de todo Mafalda era consciente de que la eudaimonia (felicidad) es algo que no hay que dejar afuera de la puerta.

2 de julio de 2009

Epitafios


"...Y no tengan miedo"

Epitafio de Jorge Luis Borges

* * *

"Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar"

Epitafio de Vicente Huidobro

* * *

Rarezas mías aparte, confieso que lo único que me gusta de cuando tengo que acudir a un cementerio ya sea por obligación o compromiso, es leer los diversos epitafios se encuentran en las criptas. Cuando los hay, claro está.
Lástima que en México la mayoría son epitafios de índole religiosa: citas bíblicas, mensajes de los familiares al difunto, que en Stricto sensu no son auténticos epitafios ya que en mi opinión el epitafio es un acto individual y no un homenaje de parte de los deudos.

Pasa que, como la mayoría de los seres humanos morimos un día indeterminado, bajo circunstancias que nos son desconocidas, todo lo referente a como afrontar ese momento es algo siempre repentino. Pocos son los que meditan y piensan sobre su futura muerte. Así, los epitafios no son algo común. Pocos son a los que se les ocurre realizarlos.

¿Pero por qué o para qué se hacen los epitafios? ¿Para seguir vivo de alguna forma y ayudar a recordar de nuestra existencia a los que nos sobreviven? ¿Para dejar constancia de que existimos en este mundo? ¿Para expresar el pensamiento que el ahora ocupante de la tumba tuvo en vida? ¿Para hacer de una tumba algo más que un monumento poco práctico que contiene nuestros restos descompuestos a pocos metros de profundidad en la tierra? ¿O sólo para constatar que vivimos en el absurdo?

Lo que es un hecho es que el epitafio será leído mínimamente una vez: por el que habrá de labrarlo en la lápida o por el familiar quien ejecute la última voluntad del fallecido mandando poner la inscripción.
En la mente de aquellos dos personajes resonaran por un momento las oraciones que él difunto tuvo a bien pensar y meditar años antes de morir.

El contenido de los epitafios también varía. Al ser una actividad subjetiva expresa el pensamiento acerca de la muerte que cada particular se formo en vida. Podemos hacer un epitafio que pretenda aportar un pensamiento, que busque revelar una especie de sabiduría para que al leerlo otros aprendan de ella. Temas usuales de este tipo que muchos usan: la brevedad de la vida, lo inevitable y natural de la muerte, etc., etc.…
Hacer un verso, mostrando las cualidades poéticas del que lo compone. Por ejemplo este, muy cursi y malo que a mí se me ocurre para ilustrar el tipo: La vida, una aurora/ la muerte, un crepúsculo.
Que sea humorístico, esto es que trate de quitarle lo tenso y solemne al hecho de tener que morirse.
Que se burle de la muerte y la tome como algo sin importancia.
Aquí bien pueden entrar las calaveritas, nuestro estilo particular de hacer una especie de combinación de epitafio, poema, sátira y parodia.

La desventaja de un epitafio sería el pensar que no hacerlo bien le daría un sentido incompleto o vago. Puede que pensamos que si no está bien hecho el que lo lea después no entienda lo que quisimos decir, o que le parezca algo tonto o banal.

Otra desventaja es que pensemos el epitafio no engloba muchas cosas, que no tiene unidad, que necesita decir algo más porque puede ser todo lo contrario, que el epitafio dice mucho menos de lo que el vivo quería. Esto es que resulte muy escueto.
Por lo demás el epitafio a muchos les parece algo estúpido, sin sentido. “Tuviste toda tu vida para decir lo que tenías que decir. ¿Para qué entonces el epitafio?”, me dijo un amigo, el día en que salió a conversación Inter nos el tema de los epitafios. Yo difiero de él. ¿Por qué no seguir hablando, por así decirlo, aunque sea por un instante, después de muerto?

El muerto pareciera sonreírnos, escuchamos su voz, evocamos su recuerdo o simplemente dialogamos con él por un momento… al leer el epitafio inscrito en su lápida. El muerto nos habla, tiene algo que decir aun después de haber pasado a mejor vida.
Como buen loco y ocioso, he hecho y rehecho epitafios para el día en que muera, pero no quedo conforme. No encuentro ningún epitafio que me convenza todavía. Luego el tiempo apremia y crea una desventaja: ¿Y si no logro hacer mi epitafio antes de morir?


He leído y releído acerca de epitafios geniales, escritos por gente famosa en distintos aspectos para darme una idea de cómo hacer el mío: científicos, filósofos, poetas y estadistas. Aunque también hay registrados muy buenos epitafios en las tumbas de las personas comunes y corrientes. Pero sin duda, hay que admitir, que los que hacen los mejores epitafios son los escritores y los humanistas.

Idear un epitafio propio es un ejercicio entretenido e incluso puede que hasta termine resultando agradable. Se descubre mucho acerca de uno mismo en el proceso. Además de que se contamos con la ventaja de tener toda una vida para pensar en cual será el epitafio que más nos convenga. Incluso me atrevo a decir que podemos, en un ejercicio extremo de perfeccionamiento, elegir nuestro epitafio hasta el último momento, en el umbral mismo de nuestra muerte.

Haciendo gala de esta estretagia, pienso en dos hombres que están a punto de batirse en un duelo a muerte. Estos hombres completan su ideal poético de la muerte por honor con el añadido de contar con un epitafio digno que los acompañe en su último descanso. Como todo idealista y perfeccionista, ambos sostienen la convicción de pensar su última frase hasta el último momento.
Antes de enfrentarse y de disparar, conscientes de la probabilidad de que cada uno pierda este último combate, van pensando en el epitafio, pero no se encuentran del todo convencidos.


Momentos después la bala alcanzará a uno de ellos, quien de a poco, muriéndose, va descartando con la velocidad de su vida que se escapa, uno a uno, los posibles epitafios.
Una vez satisfecho por el producto final y con sus últimas fuerzas, el derrotado pronuncia el epitafio elegido a la persona de confianza/ al ser querido que se acerca para asistirlo. Instantes después, muere.


El epitafio elegido en dichas circunstancia podría resultar más puro, honesto y correcto de todos cuanto pudieron haber existido, ya que se elige en un momento propicio, a la vez que preciso.
Yo por mi parte, a estas alturas de la vida, no tengo todavía un epitafio que me convenza.

Y ustedes, si hicieran un epitafio ¿qué diría?