Considerar a la ingenuidad como algo con una finalidad es mero desperdicio. Debe conservar su fondo de pureza inútil, resplandeciente entre el embrollo de contenidos psíquicos que nos conforman hasta el hartazgo. A veces, incluso, no debemos ni siquiera advertir que existe. Saltará cuando, por ejemplo, ante la confidencia ambigua que nos hace un compañero de trabajo, nosotros desconozcamos verdaderamente el fin que persigue con ese acto: si hace mención a una intención clara que sólo entenderá un interlocutor situado plenamente en el contexto o si simplemente se trata de una anécdota que busca contribuir a llenar un espacio de tiempo preciso de cierta conversación trivial. La manifestación de un rostro desprovisto de ideas que tendremos como reacción ante aquellas palabras, nos devolverá a una primigenia cualidad del lenguaje: la de posibilidad infinita. Quitamos los prejuicios y las convicciones personales, que están dadas por nuestras relaciones sociales y afectan el modo en el cual dictamos juicios de valor. Remontamos por el cauce de enlaces para acudir a ese no-lugar donde el lenguaje surge diáfano y cargado de potencias. Sí, sólo se trata de un instante, y puede que regresemos nuevamente de él como si cualquier cosa. Pero el plano propio (por excelencia) de la filosofía, ese curioso pensar sobre el pensar, de la pregunta por el por qué, viene dado por una huida del pueril escenario, donde "he aprendido que el mundo es así, y no puedo cambiarlo", representado hasta en los más mínimos gestos de mi mano cuando sólo creo que estoy alejando una mosca que pasa por mi lugar. No se trata de una abulia del pensamiento, de un estado catatónico ni espiritual. Es sentir plenamente la maraña que nos conforma pero desde otra perspectiva, bocanada de aire fresco capaz de resignificar la trama de la realidad; conciencia de que ante nuestros ojos los trucos, atajos, frustraciones ideológicas de nuestra educación y del inconsciente biológico que nos precede no constriñen nuestra capacidad de crear nuevas alternativas. Si habría que situar en algún espacio a la ingenuidad, sería uno fuera del enajenante molde que utilizamos de manera cotidiana: la búsqueda de útiles, de cosas "x" que nos permitan llegar a "y". Por el contrario, sería una especie de interregno, suspendido entre la causalidad y la intencionalidad, impasse en el que el pensamiento se resiste a ser tratado como mero instrumento y puede mirarse a sí mismo recuperando su capacidad de asombrarse ante lo nuevo.
30 de mayo de 2016
20 de mayo de 2016
Los últimos días del sitio de Tenochtitlan
Y todo esto pasó con nosotros.
Nosotros lo vimos,
nosotros lo admiramos.
Con esta lamentosa y triste suerte
nos vimos angustiados.
En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas,
y cuando las bebimos,
es como si bebiéramos agua de salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
Con los escudos fue su resguardo, pero
ni con escudos puede ser sostenida su soledad.
Hemos comido palos de colorín,
hemos masticado grama salitrosa,
piedras de adobe, lagartijas,
ratones, tierra en polvo, gusanos . . .
Comimos la carne apenas,
sobre el fuego estaba puesta.
Cuando estaba cocida la carne,
de allí la arrebataban,
en el fuego mismo, la comían.
Se nos puso precio.
Precio del joven, del sacerdote,
del niño y de la doncella.
Basta: de un pobre era el precio
sólo dos puñados de maíz,
sólo diez tortas de mosco;
sólo era nuestro precio veinte tortas de grama salitrosa.
Oro, jades, mantas ricas,
plumajes de quetzal,
todo eso que es precioso,
en nada fue estimado . . .
En Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista, introducción, selección y notas de Miguel León-Portilla, traducción de textos nahuas por Ángel Ma. Garibay K.
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Versos
7 de mayo de 2016
El amor no se dice
María Luisa Puga
Los ojos abiertos, redondos de abiertos y todo a la mano. Nariz, frente, boca, tan cerca, tan tuya, tan tú que yo me perdía, me sumía, me negaba a mí misma y no era una entrega. Es absurda la entrega. Es unión, es fusión, es vivir sin mentira ni frases amables, corteses o dulces. O dulces. El amor no se dice. Se hace. Y la cara refleja la vida que sientes y duele y alivia y roza, acaricia o quema o asusta o deslumbra o se apaga, despierta, te acerca, te lleva, te toca, te ocupa y te mueres, al fin, se te muere la idea que tanto querías y creías que eras tú. Y pensar que luego se enciende un cigarrillo.
En Las posibilidades del odio (novela).
31 de enero de 2016
El sufrimiento
José Revueltas
El mundo puede ser inconmensurable; pueden existir países y montañas y ríos y ciudadanos. Pero el sufrimiento humano, aún el más grande, el sufrimiento que no tenga medida, puede caber en sólo un pedacito de la tierra, en un pedacito pequeño, donde quepan un pie o una mirada.
en La conjetura.
26 de enero de 2016
El infierno
Italo Calvino
"(...) El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”
en Las ciudades invisibles.
1 de noviembre de 2015
Un lago
Vicente Huidobro
Me olvidaba deciros que también hay un lago y que este lago se aleja según la dirección del viento. A veces llega hasta a perderse de vista, a veces pasa largos años ausente y vuelve de otro color. A veces tiene hambre y maldice a los hombres que no naufragan a la hora debida. Otras veces camina en cuatro patas y roe durante horas y horas los despojos de tanta tragedia acumulados en sus orillas o los reflejos de quién sabe qué tiempos secretos.
En Temblor de cielo.
16 de mayo de 2015
Orgullo de lector
Gaston Bachelard
En cuanto a nosotros, aficionados a la lectura feliz, no leemos ni releemos más que lo que nos gusta, con un pequeño orgullo de lector mezclado con mucho entusiasmo. Mientras el orgullo suele desarrollarse por lo general en un sentimiento avasallador que pesa sobre todo el psiquismo, la punta de orgullo que nace de la adhesión a una dicha de imagen, es siempre discreta, secreta. Está en nosotros, simples lectores, para nosotros, únicamente para nosotros. Es un orgullo de cámara. Nadie sabe que revivimos, leyendo, nuestras tentaciones de ser poetas. Todo lector un poco apasionado por la lectura, alienta y reprime, leyendo, un deseo de ser escritor. Cuando la página leída es demasiado bella la modestia reprime ese deseo. Pero el deseo renace. De todas maneras, todo lector que relee una obra que ama, sabe que las páginas amadas le conciernen.
En La póetica del espacio.
15
Rubén Bonifaz Nuño
No me ilusiono, admito, es de mi gusto,
que soy un hombre igual a todos.
Trabajo en algo, cobro
mi sueldo insuficiente; me divierto
cuando puedo, o me aburro hasta morirme;
hablo, me callo a veces, pido
mi comida, y a ratos
quisiera ser feliz gloriosamente,
y hago el amor, o voy y vengo
sin nadie que me siga. Tengo un perro
y algunas cosas mías.
En general, no estoy conforme
ni me resigno. Quiero mi derecho,
de hombre común, a deshacerme
la frente contra el muro, a golpearme,
en plena lucidez, contra los ojos
cerrados de las puertas; o de plano
y porque sí, a treparme en una silla,
en cualquier calle, a lo mariachi,
y cantar las cosas que me placen.
También, monumental, hago mi juego
en serio con las gentes,
según las reglas, y reclamo
mis ganancias y pérdidas, y busco
la revancha, o perdono
por generoso o por flojera.
Manos de hombre tengo; manos
para tomar, de las cosas que existen,
lo que por hombre se me debe,
y, por lo que yo debo, hacer algunas
de las cosas que faltan.
Y reconozco que me importa
ser pobre, y que me humilla,
y que lo disimulo por orgullo.
Tú, compañero, cómplice que llevo
dentro de todos, junto a mí, lo sabes.
Hermano de trabajos que caminas
en hombres y mujeres, apretado
como la carne contra el hueso,
y vives, sudas y alborotas
en mí y conmigo y para mí y contigo.
De Fuego de pobres (1961)
1 de mayo de 2015
Donde se aquietan la lluvia amarga y un par de brazos
Trac,
trac. Enciende la luz del cuarto de baño, y lo primero que encuentra es su
reflejo, señalado en buena parte por unos ojos rojos que se fijan en el cristal
empañado como preguntándose acerca de la inclemente madrugada que no parece
terminar nunca. Apenas veintiséis años y ya no puede dormir, pensando en la
cercanía de las enfermedades, las preocupaciones económicas y las perspectivas
laborales que no llenan sus expectativas. Hace calor afuera, más allá del
mosquitero presencias ocultas palpitan inquietas a causa de la pantalla de luz,
aguardando la invitación para mejor colarse a la ceremonia del insomnio. Los dedos
flacos y pálidos parten por la mitad aquel rostro, apareciendo un anaquel repleto
de botellas, jabones, frascos y cajas humedecidas. ¿Habrá alguien que gobierne
esos movimientos nerviosos o simplemente han cobrado vida propia? No está
seguro, pues su cabeza ya había volado siguiendo la hebra que configuran
pensamientos difusos, sostenidos apenas por la certeza de una cura, mínimo
alivio para destellos de neurosis, picaduras de insectos invisibles habitantes
de los rincones del alma. Todo él se expande por la habitación de azulejos
floridos, al compás de una cierta respiración, mientras las yemas de los dedos
leen etiquetas, rugosas prescripciones, objetos que se estorban en el preciso
momento de su inutilidad recobrada, para desvanecerse en una estela de materia
informe. Por fin llega a la cajita huraña, escondida tras restos de cotonetes y
navajas de rasurar oxidadas. En su interior se agitan dos pastillas milagrosas,
que hasta ahora permanecían en su largo sueño aséptico, como gobernando un
tiempo desconocedor de vehemencias y palpitaciones. ¡Están aquí!, exclama
jubiloso, y por un momento olvida la complejidad en ciernes que lo ha traído
dando vuelcos, adelantándose a la pacificación, donde el yo se desvanece y todo
se reintegra al mar calmo, fuera de cualquier experiencia, incapaz de
percepciones clasificatorias, deseoso de desvanecerse en llamaradas oscuras,
olvido y solo olvido de ser- estar. Con las manos quietas vuelve la puerta
hecha de espejos, las sinapsis abrazan su recobrado dominio en conciencias
claras y duraderas, donde cabeza-torax-miembros reconcilian su frenesí para ser
conducto donde naufragará la sustancia activadora del sueño, cual nave cóncava
ofrendada a la tormenta para apaciguar la furia de un dios enloquecido. Libación
en agua de grifo, vaso de vidrio que se alza para reflejar a su manera los
destellos crepusculares de una mente enferma, a punto de apagarse para no más
pensar. Mañana persigue formas irregulares en las nubes, porque no hay otra
cosa que comer en casa. Hoy, tan solo queda tiempo para dormir.
23 de junio de 2014
Infortunio
No pudo dormir esa noche.
Hasta el día de ayer se había desenvuelto con gracia; su vida era despreocupada, hacía lo que le gustaba y sentía que de ese trabajo obtenía todo lo necesario para ser feliz. Más aún: amaba y lo amaban.
Todo era bueno, pero después llegó esa voz aguda acompañada de una sombra, murmurándole al oído. Se percató de su forma ominosa cuando ya era demasiado tarde. Le había dicho: "oye, ¿ya viste que aquel tiene más cosas que tú y es por lo tanto más feliz?"
Desde aquel momento todo le sabe amargo. Los objetos que le rodean tienen un cariz insuficiente, como si alguien les hubiera extraído gran parte de la sustancia que los conforma, y solo fueran láminas de cartón colocadas a su alrededor que su mano pudiera desbaratar al menor contacto.
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